un riesgo para la sostenibilidad empresarial

Publicado por Emprendimiento en

La conversación sobre sostenibilidad empresarial suele concentrarse en emisiones, gobernanza o cadenas de suministro responsables. Sin embargo, existe un factor interno que frecuentemente permanece invisibilizado y que puede erosionar cualquier estrategia ESG desde dentro: la calidad del liderazgo. Una organización difícilmente puede presumir compromiso social o bienestar laboral si sus estructuras de mando reproducen dinámicas de miedo, desgaste o abuso cotidiano.

El liderazgo tóxico no es únicamente un problema interpersonal ni un desacuerdo entre jefe y colaborador. Se trata de un fenómeno organizacional que, según El Economista, afecta la productividad, deteriora la reputación corporativa y pone en riesgo la permanencia del talento, por lo que comprender el costo del liderazgo tóxico se ha vuelto una prioridad estratégica y no solo un asunto de recursos humanos.

Cuando el liderazgo deja de ser una fortaleza

Un liderazgo basado en el autoritarismo, la intimidación o el control excesivo suele producir efectos que trascienden la incomodidad cotidiana. De acuerdo con Sami Ramírez, autora del libro ¡Auxilio! Tengo un jefe, trabajar con un mal jefe puede convertirse en una experiencia profundamente desgastante, aunque también en una oportunidad para identificar patrones que no deben repetirse dentro de las organizaciones.

“Una mala relación con el jefe despierta un montón de emociones que nadie nos ha enseñado a gestionar. Lo sé porque lo viví en carne propia, y muy poca gente habla de eso”, explica la autora.

Esta afirmación resulta particularmente relevante para las organizaciones comprometidas con la sostenibilidad social. Durante años, ciertas prácticas de mando fueron normalizadas bajo la idea de que la presión constante, la rigidez o el temor eran herramientas legítimas para obtener resultados. No obstante, cada vez es más evidente que el costo del liderazgo tóxico se refleja en agotamiento, pérdida de confianza y debilitamiento de la cultura corporativa.

Más allá del daño individual, las compañías enfrentan consecuencias tangibles: rotación de personal, reducción del compromiso, menor capacidad de innovación y deterioro reputacional. El talento especializado, especialmente entre nuevas generaciones, ya no solo evalúa salarios o beneficios; también observa la calidad del entorno laboral y la coherencia ética del liderazgo.

costo del liderazgo tóxico

Personalidades distintas, conflictos previsibles

Ramírez plantea que no todas las relaciones laborales fallidas derivan necesariamente de malas intenciones. En muchos casos, los conflictos surgen porque las personalidades entre líderes y colaboradores no logran coincidir o entenderse.

La autora identifica cuatro perfiles inspirados en distintos test de personalidad:

  • Guerrero: orientado al control, cómodo con el mando, enfocado en resultados y decisiones rápidas.
  • Mediador: prioriza la confianza, la colaboración y evita confrontaciones innecesarias.
  • Explorador: disfruta el reconocimiento, la interacción social y la motivación colectiva.
  • Guardián: privilegia la estabilidad, la planeación y el orden.

El valor de esta clasificación no radica en etiquetar personas, sino en reconocer que los estilos de interacción influyen directamente en la dinámica laboral. Todos los individuos pueden utilizar rasgos de los cuatro perfiles dependiendo del contexto; sin embargo, cuando un liderazgo desconoce estas diferencias o impone una sola manera de trabajar, las tensiones aumentan.

“Tuve una situación difícil con un jefe y emocionalmente fue complicado para mí y me impactó mucho. En ese momento, no tuve las herramientas o suficientes herramientas para poderlo manejar”, comparte Ramírez.

Para las empresas, esta lectura es especialmente útil. Un líder que interpreta toda diferencia como resistencia o incompetencia puede terminar creando relaciones laborales basadas en desconfianza y control. El costo del liderazgo tóxico comienza muchas veces en esa incapacidad de reconocer la diversidad emocional y conductual dentro de los equipos.

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El costo del liderazgo tóxico y el desgaste emocional

Uno de los aportes más relevantes del libro es poner sobre la mesa el papel de las emociones en el entorno laboral. Tradicionalmente, las organizaciones han privilegiado la racionalidad productiva mientras relegan la dimensión emocional a la esfera privada.

Ramírez sostiene que desde edades tempranas aprendemos a reprimir ciertas emociones y a validar únicamente aquellas asociadas con fortaleza o control:

“Solo hubo una emoción que se volvió una herramienta y nos permitimos usar en sociedad, porque aprendimos que nos servía para protegernos, para parecer fuertes y pedir cosas. Nos convencimos que nos servía para ser respetados y tener el control: el enojo”.

Este aprendizaje cultural tiene implicaciones directas en el liderazgo. Cuando los jefes carecen de herramientas de inteligencia emocional, el enojo puede convertirse en mecanismo recurrente de gestión, generando ambientes hostiles y normalizando dinámicas agresivas.

La autora explica que muchas personas ni siquiera logran identificar con claridad lo que sienten en el trabajo, lo que dificulta establecer límites o pedir ayuda oportunamente. El resultado es un desgaste progresivo que puede derivar en ansiedad, estrés crónico o síndrome de burnout.

Aquí el costo del liderazgo tóxico deja de ser abstracto. Los impactos sobre la salud mental de los colaboradores se traducen en ausentismo, menor productividad y disminución del sentido de pertenencia. Desde una perspectiva de responsabilidad social, ignorar estas consecuencias representa una omisión que compromete tanto el bienestar humano como la sostenibilidad del negocio.

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Ambientes laborales tóxicos: una deuda pendiente de la cultura organizacional

El liderazgo tóxico rara vez opera de manera aislada. Con frecuencia prospera en culturas organizacionales donde los malos tratos se justifican en nombre del desempeño, la presión comercial o la jerarquía. Ramírez advierte que muchas personas tardan en reconocer que enfrentan una relación laboral dañina:

“Las personas que se enfrentan con un jefe tóxico, les toma mucho tiempo darse cuenta. Mantienen la creencia que son fuertes y pueden soportarlos”.

Esta normalización es peligrosa porque prolonga dinámicas que afectan profundamente la innovación y la permanencia del talento. Equipos que trabajan bajo miedo o desgaste emocional difícilmente desarrollan creatividad, confianza o colaboración genuina.

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El problema suele agravarse por una falla estructural en las organizaciones: ascender a personas por sus competencias técnicas sin prepararlas para liderar.

“La mayoría de los jefes ascienden porque hacen un buen trabajo, pero no porque son buenos líderes”, señala la autora.

Esta observación debería funcionar como una alerta para las empresas. El costo del liderazgo tóxico no se reduce únicamente mediante códigos de ética o políticas de bienestar; requiere inversión sistemática en formación de líderes.

Capacitar en inteligencia emocional, comunicación, resolución de conflictos y liderazgo consciente debe entenderse como una estrategia preventiva de sostenibilidad empresarial. Las organizaciones que descuidan este proceso corren el riesgo de convertir el talento directivo en un factor de deterioro interno.

Hoy, la sostenibilidad corporativa exige ampliar la mirada. No basta con reportar indicadores sociales; es necesario revisar cómo se ejerce el poder dentro de las empresas. Porque una organización puede perder reputación, innovación y capital humano mucho antes de detectar que el verdadero problema estaba sentado en la oficina de un jefe.

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