la oportunidad que la ciencia no puede seguir ignorando; ¿la razón?
La ciencia tiene la capacidad de transformar vidas, pero no todas las preguntas reciben la misma atención ni todos los problemas de salud consiguen convertirse en prioridades de investigación. De hecho, tal como Welcome, una organización que busca que todas las personas se beneficien de la ciencia, ha puesto sobre la mesa cómo intereses comerciales, patrones históricos de financiación y otras dinámicas de poder han influido en qué se estudia, dónde se destinan los recursos y qué conocimientos adquieren mayor relevancia. El resultado es una brecha que también se expresa en la salud pública: mientras algunas enfermedades concentran grandes inversiones, otras que afectan de manera desproporcionada a poblaciones vulnerables permanecen insuficientemente investigadas.
Esta desigualdad no solo determina quién recibe recursos para investigar, sino también quién participa en la definición de los problemas que la ciencia intenta resolver. De acuerdo con un análisis de la Organización Mundial de la Salud, los países de bajos ingresos reciben alrededor de 0.2% de las subvenciones otorgadas por los principales financiadores de investigación biomédica, pese a que en muchos de estos contextos se concentra una elevada carga de enfermedad. Por ello, hablar de equidad en la ciencia implica preguntarse quién establece las prioridades, quién controla los recursos y, sobre todo, si las soluciones desarrolladas responden realmente a las necesidades de las personas.
¿Cómo puede la equidad ayudar a la ciencia?
La equidad puede cambiar la manera en que se entiende la excelencia científica. No se trata únicamente de conseguir que diferentes grupos estén representados en los estudios, sino de revisar quién tiene capacidad para establecer las agendas, asignar recursos y aportar los conocimientos que determinan las soluciones. Cuando las decisiones permanecen concentradas en unos cuantos países, instituciones o grupos, existe el riesgo de investigar aquello que resulta prioritario para quienes poseen el poder y no necesariamente aquello que más necesitan las poblaciones afectadas.
Incorporar una perspectiva de equidad en la ciencia permite ampliar las preguntas, las experiencias y las formas de conocimiento que participan en una investigación. Las personas que viven directamente un problema de salud pueden identificar necesidades que investigadores o financiadores podrían pasar por alto y aportar información sobre si una posible solución funcionaría realmente en su contexto. Esta diversidad de perspectivas no debilita el rigor científico; puede fortalecerlo al cuestionar ideas preconcebidas y abrir nuevas posibilidades de innovación.

El objetivo, por tanto, no es reemplazar la investigación básica ni limitar la libertad científica, sino conseguir que el conocimiento generado tenga mayores posibilidades de convertirse en beneficios reales. Para ello, organizaciones como Wellcome han definido como prioridades tres desafíos globales que presentan importantes brechas de financiación: las enfermedades infecciosas, los efectos del cambio climático sobre la salud y la salud mental. Son problemas de alcance mundial que afectan especialmente a comunidades vulnerables y en los que los sistemas de salud actuales todavía presentan importantes carencias.
Tres maneras en que la equidad puede transformar la investigación científica
1. Redistribuir el poder y los recursos
La primera transformación consiste en revisar quién decide qué merece ser investigado y cómo se distribuyen los recursos. La equidad en la ciencia exige ir más allá de la representación y observar las estructuras de poder que determinan las agendas científicas. Si los países de bajos ingresos reciben apenas una fracción de la financiación biomédica global, resulta difícil que puedan establecer prioridades acordes con sus propias necesidades.
Cambiar esta dinámica implica desplazar el centro de gravedad de la investigación hacia los lugares donde los problemas son más graves y fortalecer las capacidades locales para que sus investigadores puedan liderar sus propias agendas. La iniciativa DELTAS África, respaldada por Wellcome, ejemplifica este enfoque al apoyar redes de investigación lideradas por científicos africanos en más de 50 centros.
2. Incorporar a las comunidades como socias de la investigación
La segunda vía consiste en reconocer que las personas afectadas por un problema de salud también poseen conocimientos indispensables para resolverlo. Su experiencia cotidiana puede revelar obstáculos, necesidades y oportunidades que difícilmente aparecen en los datos obtenidos exclusivamente desde las instituciones científicas.
Wellcome aplica este principio particularmente en su programa de salud mental, donde las personas con experiencia vivida de ansiedad, depresión o psicosis participan como socias en igualdad de condiciones. Su participación comienza desde el diseño de la financiación y llega hasta la selección de proyectos, permitiendo que la investigación responda mejor a las realidades de las comunidades a las que pretende beneficiar.

3. Convertir el descubrimiento en beneficios accesibles
La tercera transformación consiste en asegurar que la innovación científica pueda llegar efectivamente a quienes la necesitan. Un descubrimiento puede ser científicamente extraordinario y, al mismo tiempo, tener un impacto limitado si las personas no pueden acceder a él por barreras económicas, tecnológicas, de infraestructura o de implementación.
Por ello, la equidad en la ciencia funciona como un vínculo entre el descubrimiento y su impacto social. Incorporarla desde el comienzo permite considerar no solo si una solución funciona, sino también si es accesible, asequible y pertinente para diferentes contextos. La excelencia científica adquiere así una dimensión adicional: su capacidad para generar resultados que puedan mejorar realmente la vida de las personas.
¿Quién puede liderar esta transformación hacia una ciencia más equitativa?
Construir una investigación más equitativa requiere modificar las reglas bajo las cuales se financia, diseña y aplica el conocimiento. Las organizaciones financiadoras tienen una responsabilidad particularmente importante porque deciden qué problemas reciben recursos y qué instituciones tienen la oportunidad de desarrollar soluciones. Sin embargo, el cambio también depende de universidades, gobiernos, empresas, centros de investigación y organizaciones de la sociedad civil capaces de abrir espacios para nuevos liderazgos y conocimientos.
Para ello, resulta fundamental invertir en capacidades locales y permitir que los científicos de las regiones donde existen mayores necesidades participen en igualdad de condiciones en la definición de las agendas. El objetivo no debería ser que determinados países funcionen únicamente como lugares donde se recopilan datos, sino que sus investigadores puedan liderar proyectos, formar nuevas generaciones de científicos y desarrollar soluciones adaptadas a sus propias realidades.
También es necesario incorporar a las comunidades en las decisiones. Escuchar a quienes experimentan directamente una problemática permite construir investigaciones más relevantes y creíbles, pero requiere modificar la relación tradicional entre investigadores y participantes. Cuando las personas dejan de ser únicamente sujetos de estudio y se convierten en colaboradoras capaces de influir en las prioridades, el conocimiento científico puede acercarse mucho más a las necesidades que pretende resolver.

La equidad también define el impacto de la ciencia
La pregunta ya no debería ser únicamente cuánto conocimiento es capaz de producir la ciencia, sino para quién y con qué impacto se produce ese conocimiento. Si las prioridades de investigación continúan determinadas principalmente por quienes concentran el financiamiento y el poder de decisión, existe el riesgo de que los avances científicos sigan dejando atrás a las poblaciones que enfrentan las mayores necesidades. Impulsar la equidad en la ciencia significa corregir esa brecha y conseguir que las comunidades más afectadas tengan voz en las soluciones que buscan transformar sus vidas.
Esta responsabilidad corresponde a todos los sectores que participan en el ecosistema científico. Financiadores, gobiernos, empresas, universidades, investigadores y comunidades pueden contribuir a redistribuir el poder, ampliar el liderazgo local y eliminar las barreras que impiden que los descubrimientos lleguen a quienes más los necesitan. La equidad, en este sentido, no representa un límite para la excelencia científica: puede ser precisamente el mecanismo que permita que la ciencia sea más relevante, innovadora y capaz de generar beneficios reales para una mayor parte de la sociedad.