El crecimiento de los bosques en la Unión Europea
La superficie forestal de la Unión Europea no ha dejado de transformarse a lo largo de los siglos, pero en las últimas décadas estamos viviendo un cambio de tendencia muy claro: los bosques europeos crecen más rápido de lo que se talan en la práctica totalidad de los Estados miembros. Detrás de esta aparente buena noticia hay una historia larga, compleja y llena de matices sobre cómo usamos el territorio, cómo manejamos los montes y cómo el cambio climático y la contaminación están influyendo en la productividad forestal.
Hoy en día, los bosques de la UE cubren unos 159 millones de hectáreas, alrededor de un 40 % del territorio comunitario, es decir, unas cuatro veces la superficie de Suecia. Pero no siempre fue así: durante siglos, el uso intensivo del suelo —agricultura, pastoreo, recogida de leñas y hojarasca— redujo de forma drástica la cubierta forestal europea. Afortunadamente, desde el siglo XX la película ha cambiado. Vamos a ver con detalle qué está pasando con el crecimiento de los bosques en la UE, por qué crecen más, cómo se mide ese crecimiento y qué papel juegan la gestión forestal, el clima y las políticas públicas.
Cómo ha cambiado la superficie forestal en la Unión Europea
La historia forestal europea es una sucesión de talas, recuperaciones y cambios de uso. Durante siglos, muchos territorios se deforestaron para abrir tierras de cultivo, obtener combustible y construir infraestructuras. Estudios paleoecológicos y de historia ambiental muestran que gran parte de Europa perdió masa forestal de forma intensa durante los últimos milenios.
A partir del siglo XX, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, se empezó a observar una inversión de la tendencia: los bosques comenzaron a expandirse de nuevo. Este “retorno del bosque” se debe a varios factores, como la modernización de la agricultura (que permite producir más en menos superficie), la despoblación rural y la plantación activa de masas forestales con fines productivos, de protección o de restauración ecológica.
En la actualidad, la superficie forestal de la UE equivale a unos 159 millones de hectáreas, lo que supone cerca del 40 % de la superficie terrestre de la Unión. No obstante, la distribución es muy desigual: Finlandia tiene alrededor de un 74 % de su territorio cubierto por bosques y Suecia en torno al 69 %, mientras que países como Irlanda o los Países Bajos apenas alcanzan un 11 %, y Malta se queda en torno al 1 %.
Desde el año 2000, las estadísticas europeas apuntan a un incremento de la cubierta forestal de alrededor de 8 millones de hectáreas adicionales. Esta expansión incluye tanto repoblaciones planificadas como la recolonización natural de antiguos campos y pastos abandonados, sobre todo en regiones rurales en declive demográfico.
El crecimiento del volumen de madera por hectárea también ha cambiado: la media comunitaria ronda los 162 m³ de madera en pie por hectárea de bosque, con fuertes diferencias nacionales, desde unos 60 m³/ha en España hasta cerca de 390 m³/ha en Luxemburgo. No solo hay más superficie arbolada, sino que cada hectárea tiende a acumular más biomasa que en el pasado.

Crecimiento, existencias de madera y balance entre incrementos y talas
Cuando se habla de “crecimiento del bosque”, no basta con contar hectáreas; lo crucial es entender cuánto volumen de madera y biomasa se añade cada año y cuánto se extrae. Para ello se utilizan conceptos como el incremento anual neto, las cortas de madera y el balance entre ambos.
El incremento anual neto refleja la cantidad de madera que los árboles suman cada año a las existencias de madera en pie, descontando mortalidad natural. En paralelo, las “remociones” o cortas abarcan la madera aprovechada de forma intencionada por las actividades forestales, pero no incluyen daños catastróficos como incendios, vendavales o plagas, que se contabilizan aparte en otros indicadores.
Las cifras disponibles muestran que en 23 de los 24 Estados miembros de la UE con datos recientes, los bosques crecen más de lo que se tala. Esto significa que el incremento anual neto supera sistemáticamente las remociones anuales de madera. Como referencia, en 2019 las extracciones totales de madera en los bosques de la UE se situaron alrededor de los 497 millones de m³ (bajo corteza), mientras que el incremento neto era aún mayor, de forma que la biomasa en pie continuó aumentando.
Este “superávit de crecimiento” varía mucho entre países. Rumanía encabeza la lista con una diferencia de aproximadamente 40 millones de m³ de crecimiento por encima de las cortas en un año reciente. Suecia y Polonia también presentan saldos muy elevados, en torno a los 26 millones de m³ de incremento neto por encima de las extracciones. En el extremo contrario, Estonia es el único país para el que se registró un año con más madera extraída que la que añadieron los árboles a las existencias.
Si se añaden a la ecuación las pérdidas naturales (incendios, viento, plagas, enfermedades), el balance cambia ligeramente, pero la imagen general se mantiene. Por ejemplo, considerando tanto las remociones como las pérdidas naturales, Irlanda lideró el incremento relativo de existencias en un año reciente, con un crecimiento neto del +3,6 %, seguida de Dinamarca con +3,2 %. Estonia, en cambio, presentó un valor cercano al -0,6 % al tener un nivel de aprovechamiento y pérdidas cercano o superior al incremento natural.
Este desfase entre crecimiento y extracción es un indicador que Eurostat utiliza como aproximación al nivel de sostenibilidad de la gestión forestal, ya que sugiere, a grandes rasgos, si el capital de madera se está aumentando o agotando. Eso sí, hay que tomarlo con cautela: no recoge la calidad estructural de los bosques ni su estado ecológico, solo el balance de volumen.


Gestión forestal y funciones múltiples de los bosques europeos
Los bosques de la UE no son un simple almacén de madera: se gestionan buscando un equilibrio entre producción, conservación y usos sociales. La importancia relativa de cada función cambia mucho según el país y la región, pero en conjunto puede decirse que el modelo europeo se orienta desde hace décadas hacia la sostenibilidad y la multifuncionalidad.
En algunas zonas —especialmente en el norte y el este de Europa— el objetivo principal es la producción de madera, con turnos de corta bien definidos y una fuerte mecanización. En otras áreas, en cambio, la prioridad recae en la conservación de la biodiversidad, la protección del suelo y del agua, la prevención de riesgos naturales o el uso recreativo y paisajístico. Esto se refleja en decisiones como la intensidad de entresacas, la elección de especies o la extensión de áreas con gestión limitada.
Desde los años 90 se ha consolidado una tendencia hacia formas de selvicultura “cercanas a la naturaleza” o de “gestión orientada a la conservación”, que apuestan por estructuras más complejas que los antiguos bosques monoespecíficos y regulares. Aunque el modelo dominante sigue siendo, en muchos lugares, el monte de edad uniforme con cortas a hecho con cierta retención de árboles, se observa un giro progresivo hacia entresacas selectivas, regeneración en pequeños claros y mezcla de especies.
Los ciclos de corta varían enormemente según el tipo de bosque y el objetivo productivo. En plantaciones de especies de rápido crecimiento como el eucalipto, ciertos pinos o algunas procedencias de abeto, los turnos pueden situarse entre los 10 y los 30 años. En bosques templados de Centroeuropa, con especies como el haya o los robles, los turnos se alargan a menudo por encima de los 80 años y pueden superar holgadamente los 200 años cuando se buscan diámetros grandes o valores ecológicos específicos.
El tránsito de masas simples y uniformes a bosques más estructuralmente diversos responde tanto a consideraciones ecológicas —mayor resiliencia frente a plagas, sequías o tormentas— como a una creciente demanda social de paisajes forestales más naturales. Aun así, la implantación de estas prácticas varía mucho entre países, propietarios y tipos de monte.

Especies forestales clave y cambios en la composición de los bosques
La elección de las especies arbóreas es una de las decisiones más importantes en selvicultura, ya que determina la productividad, la resistencia a perturbaciones y el tipo de productos obtenidos. Durante siglos, los gestores forestales europeos favorecieron un puñado de especies con alto valor maderable y buena aptitud para usos industriales.
Entre las especies económicamente más relevantes y ampliamente distribuidas en la UE destacan el pino silvestre (Pinus sylvestris), el abeto rojo o pícea común (Picea abies), los robles pedunculado y albar (Quercus robur y Q. petraea) y el haya europea (Fagus sylvatica). Pino y pícea, en particular, se han plantado con profusión tanto dentro como fuera de su área de distribución natural, expandiéndose hacia el oeste y el sur más allá de su rango original.
Históricamente, la preferencia por estas coníferas frente a muchas frondosas se explica por varias razones. Por un lado, son especies con crecimientos relativamente rápidos, capaces de producir madera comercializable en plazos más cortos, lo que permitía atender la creciente demanda de madera asociada al aumento de población y a las fases de reconstrucción tras las guerras. Por otro, soportan mejor suelos degradados y pobres en nutrientes, muy habituales tras siglos de usos intensivos como el pastoreo o la recogida de hojarasca para cama de ganado.
Desde el punto de vista industrial, la madera de pino silvestre y pícea ofrece ventajas claras: fustes rectos, fibras largas y pocos defectos (nudos, torceduras, tensiones internas), lo que facilita su empleo en aserraderos y en la industria de pasta y papel. Su procesado es energéticamente eficiente y sus propiedades físicas encajan bien con los estándares de construcción y transformación europeos.
Por último, también influye la gestión: las coníferas mencionadas responden bien a esquemas selviculturales relativamente simples, lo que en su día resultó muy atractivo para estandarizar técnicas de repoblación y tratamientos a gran escala. Esto llevó a una expansión masiva de pinares y abetales, a menudo en terrenos donde, de manera natural, habrían dominado las hayas o los robles.
En las últimas décadas se aprecia, sin embargo, un giro hacia una mayor presencia de frondosas y masas mixtas en muchas regiones, sobre todo en Europa Central. El aumento de episodios de tormentas, incendios y plagas de insectos, junto con la vulnerabilidad de algunas masas monoespecíficas ante el cambio climático, ha empujado a los gestores a diversificar. Se plantan más hayas, robles u otras frondosas, y se fomenta la mezcla de coníferas y frondosas para aumentar la resiliencia.
Es importante recordar que la composición de especies no siempre es fruto de una decisión de plantación. En el sur de Europa, por ejemplo, buena parte de los bosques recientes proceden de la expansión natural sobre tierras agrícolas abandonadas. En esos casos, las especies que se instalan dependen en gran medida de la disponibilidad de semillas, la capacidad de dispersión, la presión de herbívoros (ungulados como ciervos y corzos, que pueden frenar el establecimiento de frondosas) y las características del suelo. Además, la agricultura histórica expulsó los bosques de las mejores tierras, de modo que muchas masas actuales se asientan en suelos más pobres o en condiciones climáticas más duras.

Por qué están creciendo más los bosques europeos: factores y debate científico
El aumento continuo del volumen de madera en los bosques europeos desde mediados del siglo XX ha despertado un intenso debate sobre sus causas. Las estadísticas de varios países muestran que el crecimiento anual por hectárea (incremento neto) se ha incrementado de manera casi constante durante décadas, aunque en los últimos años parece empezar a estabilizarse en algunas zonas.
Entre las posibles causas se han citado la mejora de los inventarios forestales (que podrían estar midiendo mejor el crecimiento real), el aumento de la concentración de CO₂ atmosférico, los cambios climáticos (inviernos más suaves, temporadas de crecimiento más largas), la deposición de nitrógeno procedente de la contaminación, el abandono de prácticas como el pastoreo extensivo o la recogida de hojarasca, el envejecimiento de las masas y, por supuesto, las modificaciones en la gestión forestal.
La contribución de cada uno de estos factores ha sido muy discutida. Por ejemplo, algunos estudios han matizado el papel directo del CO₂ como fertilizante, señalando que las limitaciones de nutrientes y agua, así como la edad de las masas, restringen el efecto de la “fertilización carbónica” en bosques maduros. Otros trabajos han puesto de relieve la importancia de la deposición de nitrógeno como principal motor del aumento del crecimiento, sobre todo en bosques manejados y relativamente jóvenes.
Los análisis más recientes combinan datos de monitoreo en campo con modelos de simulación y señalan que los principales impulsores del incremento de la productividad forestal en Europa son, de forma combinada, la gestión forestal moderna (mejores tratamientos, repoblaciones, selección de especies y procedencias, aclaras oportunas) y la deposición de nitrógeno, a lo que se suman interacciones entre esta deposición, el aumento de CO₂ y los cambios en el clima.
Todo ello ha hecho que, durante décadas, los bosques europeos hayan actuado como un importante sumidero de carbono: absorbían más CO₂ de la atmósfera mediante la fotosíntesis del que liberaban por descomposición de la materia orgánica y combustión de biomasa. Sin embargo, empiezan a aparecer indicios de “saturación” de este sumidero en algunas regiones, ya sea por el envejecimiento de las masas, por cambios en el clima (sequías, olas de calor) o por incrementos en las extracciones y las perturbaciones.
Conviene destacar que, aunque las talas han aumentado en volumen absoluto en las últimas décadas, lo han hecho más lentamente que el propio crecimiento, de modo que el stock total de madera en pie ha seguido incrementándose desde al menos el final de la Segunda Guerra Mundial. La cuestión para las próximas décadas es si este patrón se mantendrá o si el cambio climático, sumado a una posible intensificación de la bioeconomía basada en la madera, acabará reduciendo la capacidad de los bosques europeos para seguir acumulando carbono.
Ciencia de datos forestales: cómo se mide el crecimiento y el impacto del clima
Detrás de las cifras sobre crecimiento de los bosques europeos hay redes de parcelas experimentales y bases de datos climáticos y forestales muy complejas. Un ejemplo es el uso de parcelas de seguimiento a largo plazo en nueve países europeos, gestionadas por múltiples instituciones y coordinadas desde finales del siglo XIX por organizaciones como la Asociación de Estaciones de Investigación Forestal de Alemania y, más tarde, la Unión Internacional de Organizaciones de Investigación Forestal.
En estas parcelas, con tamaños típicos entre 2000 y 5000 m², se mide periódicamente (cada 3-12 años) el diámetro de todos los árboles a 1,3 m de altura, la altura de una muestra de 30-50 individuos representativos y se registra qué árboles se extraen o mueren. Con estos datos se estiman el volumen de madera por hectárea y su incremento en cada intervalo, utilizando funciones de volumen específicas por especie y modelos alométricos que permiten convertir el volumen en biomasa aérea.
A partir de estas mediciones sucesivas se calcula el incremento periódico anual de biomasa (PAI), lo que permite analizar cómo evoluciona el crecimiento de una masa concreta a lo largo del tiempo. Además, se puede estimar el rendimiento total (biomasa en pie más biomasa extraída o muerta hasta una edad determinada) y la llamada “incremento medio anual” (MAI), que sirve para identificar la edad a la que se maximiza la producción media.
Para conectar estos datos locales con el contexto climático, se utilizan bases de datos como la del JRC MARS de la Comisión Europea, que proporciona información climática diaria a resolución de 25 x 25 km para toda Europa. A partir de estas series se calculan índices como el Climate-Vegetation-Productivity Index (CVP), que integra parámetros como temperatura media anual, amplitud térmica, precipitación anual, duración del periodo de crecimiento y radiación. El CVP se ha empleado históricamente para cartografiar el potencial productivo de los bosques a escala mundial.
Aplicando modelos estadísticos, se puede estudiar la tendencia temporal del CVP en cada punto de la malla climática desde 1975, clasificando las zonas según si las condiciones para el crecimiento forestal mejoran, empeoran o permanecen estables. Esto ofrece una visión espacial de cómo está cambiando el “clima productivo” de los bosques europeos, distinguiendo áreas con mejoras moderadas, fuertes o con deterioro de las condiciones.
En paralelo, se emplean ecuaciones de crecimiento como la función de Hugershoff, que describe la evolución típica del incremento anual en función de la edad (fase de aceleración, pico máximo y disminución posterior). Mediante la transformación logarítmica de esta función es posible ajustar modelos lineales mixtos que incorporan efectos fijos (edad, año de establecimiento de la masa, tendencia temporal) y efectos aleatorios para reflejar diferencias entre especies, ensayos o parcelas. Así se pueden comparar, por ejemplo, las tendencias de crecimiento de especies como el pino silvestre, la pícea, el haya o los robles en distintos contextos climáticos.
Este tipo de análisis permite incluso evaluar cómo varía el crecimiento de una misma especie —por ejemplo, pino silvestre, presente en muchas regiones europeas— en zonas donde el índice CVP ha mejorado mucho, ha mejorado poco, no ha cambiado o ha empeorado, ofreciendo una imagen matizada de los efectos del clima sobre la productividad.
En conjunto, toda esta información dibuja un panorama en el que los bosques europeos han ganado superficie, volumen y productividad en las últimas décadas, impulsados por la gestión, los aportes de nitrógeno atmosférico y unas condiciones climáticas que, hasta ahora, han sido en muchos lugares favorables al crecimiento. Al mismo tiempo, aumentan las señales de alerta relacionadas con sequías, incendios, tormentas y plagas, así como las presiones para aprovechar más madera dentro de la transición hacia una bioeconomía baja en carbono. Mantener ese equilibrio delicado entre producir, conservar y proteger el clima será uno de los grandes retos forestales de la UE en los próximos años.