cómo la ignorancia trumpista nos mata a todos » Enrique Dans

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IMAGE: A bold, stylized illustration of Donald Trump surrounded by raging wildfires, billowing smokestacks, and dark storm clouds, symbolizing destructive environmental policies

Cada decisión de la administración Trump es una apuesta contra el sentido común, con costos que ya son palpables: más huracanes, más precios desbocados, más aire irrespirable. Y todo porque, sencillamente, el presidente desconoce la emergencia climática y tiene algún tipo de manía personal a los aerogeneradores. Es urgente explicarlo en términos que incluso sus votantes no puedan ignorar.

Cuando Trump declara que ya no aprobará nuevos proyectos eólicos o solares y detiene de golpe el desarrollo de las renovables en su país, está frenando la única vía realista para estabilizar la factura de la luz, frente a una demanda creciente por el consumo de los centros de datos para la inteligencia artificial. . Al recortar los incentivos fiscales con la llamada One Big Beautiful Bill, aplaza decisiones que ya estaban en marcha. Es como desmontar los frenos justo cuando el coche empieza a bajar una pendiente pronunciada: obviamente, te la vas a pegar.

Pero incluso si uno no cree en la ciencia del clima, hay otro aliado evidente de esta resistencia al cambio: la preparación para emergencias. Este año, la temporada de huracanes amenaza con ser más intensa, y la combinación de aguas cálidas y los fuertes recortes en NOAA y FEMA anticipa tragedias evitables. Mientras el huracán Erin, quizá el primer gran reto del verano, se aproxima, la capacidad de previsión y respuesta se debilita: menos recursos, menos personal, menos vigilancia, más riesgos para todos. ¿Cómo es posible negar esto? Simplificando, es como dejar de pagar el seguro justo cuando se avecina un tornado.

En paralelo, Trump da licencia a la contaminación al eximir a algunas centrales de carbón de las normas más básicas, y al detener proyectos renovables en tierras agrícolas a pesar de que ocupan apenas el 0.05% según estudios del USDA, todo bajo el argumento de «proteger al agricultor». Pero esa protección es una ilusión: en realidad, está despojando a los ciudadanos de aire limpio, de energía más barata y de un futuro económico estable. Donald Trump está logrando que la imagen de los Estados Unidos se convierta en tóxica, tanto fuera de su país como para sus propios ciudadanos.

¿No te convence el concepto técnico? Prueba con lo tangible: elecciones fundamentales, como la limitación de proyectos solares y eólicos, implican que tus facturas subirán, que los ciudadanos tendrán menos empleos verdes, y que sus comunidades quedarán expuesta a tormentas que ni se ven venir. Incluso Elon Musk, figura de admiración para muchos libertarios o conservadores, ha salido a defender lo obvio: la energía solar es la única fuente escalable que puede satisfacer las demandas tecnológicas del país. Negarla, incluso para quienes creen en el free market, es ir contra la eficiencia.

No se trata de ideología, sino de supervivencia. No escribo para «fastidiar» a nadie, ni para afearles que voten esto o aquello, ni para demostrar que «ya lo decía yo»: escribo simplemente para intentar que mis lectores reflexionen. Aplazar renovables, desactivar servicios meteorológicos y privilegiar combustibles sucios no es un acto de fortaleza… es un suicidio colectivo. Y aunque a muchos les cueste admitirlo, el coste no es abstracto: es dinero, salud y vida. Apoyar estas políticas es compartir un boleto directo al desastre. Y eso no es patriotismo: es negligencia.

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