anatomía de un suicidio energético » Enrique Dans

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IMAGE: Donald Trump cuts down offshore wind turbines with a chainsaw as fossil-fuel infrastructure and piles of money loom behind him.

El comienzo de este artículo es prácticamente surrealista, y hace que a cualquiera se le quede cara de idiota: RWE, una compañía energética alemana, devuelve al estado norteamericano todas las concesiones que había recibido para construir parques de energía eólica marina en Nueva York, California y Louisiana, y recibe a cambio $1,220 millones de dólares, de los que se compromete a invertir $900 millones en un 16% de participaciones indirectas en una central de gas, Louisiana LNG, y otros $300 millones en una cartera de otras quince centrales de gas más. ¿La razón que da RWE? Que aunque estaba previsto que produjese más de 7GW con esas centrales eólicas, no ve ninguna posibilidad razonable de obtener permisos para explotar esa energía renovable en los Estados Unidos: el clima regulatorio creado por la administración Trump lo hace completamente imposible.

Es, de hecho, uno de los muchos acuerdos a los que ha llegado la administración Trump con compañías que iban a construir infraestructuras eólicas de cualquier tipo. Antes han pasado por caja Total Energies, que después de todo no deja de ser una maldita petrolera que estará encantada con el trato (recibió $928 millones); Bluepoint Wind y Golden State Wind, con casi $900 millones; Invenergy, con $765 millones por cancelar cuatro concesiones; y Duke Energy, que a cambio de $129 millones reemplazará sus aerogeneradores con energía nuclear y con gas. El total es de más de cuatro mil millones de dólares en recompras. Todo bajo la estúpida y falsa excusa de que la energía eólica no es fiable y que supuestamente precisa de costosos subsidios. Ah, eso sí, y de que al estúpido de Donald Trump los aerogeneradores «le parecen muy feos». Si te cuentan que las decisiones sobre el abastecimiento de energía de un país de toman con criterios como esos, pensarías que te están contando un chiste. Pues no, es real.

El episodio concreto de Total Energies es muy interesante, porque permite precisamente demostrar la palpable incoherencia de toda la cuestión: el estado entra de manera especialmente agresiva en todas las nuevas instalaciones de combustibles fósiles que van a construirse, lo que convierte la narrativa de que no precisan subsidios en una simple tontería sin base alguna. Todo ello sin tener en cuenta que precisamente los combustibles fósiles son, como tales, la tecnología más subsidiada de toda la historia. Pero da igual: es evidente que a los votantes de Trump se les puede engañar con cualquier cosa.

La eólica marina norteamericana ha sido históricamente cara, pero de ahí sólo puede deducirse que su adjudicación y su tramitación han sido ineficientes, no que como tal deba ser cara. De hecho, IRENA ha calculado que más del 90% de los proyectos eólicos llevados a cabo en todo el mundo han sido capaces de producir electricidad sensiblemente por debajo del coste de la energía fósil más barata en todos los mercados. Eso ha hecho, lógicamente, que todos los gobiernos con un mínimo de sentido común hayan corrido a capitalizar una posición lo más fuerte posible en eólica y en solar, que ofrece números aún más favorables. Y mientras todos los países del mundo avanzan hacia las renovables, el ignorante presidente de los Estados Unidos corre en sentido contrario mientras chilla aquello de «¡esta autopista está llena de locos que circulan al revés!!» Pero claro, nada como una buena batalla ideológica basada en la belleza o fealdad de los aerogeneradores en lugar de en la ciencia para engañar al electorado.

Energéticamente, esto no es más que un suicidio. Pero además, no es sólo un suicidio industrial (cerrarse a desarrollar compañías que dominen estas tecnologías) y tecnológico (aceptar que esas tecnologías tendrán que venir de China y otros países), sino también, obviamente, un suicidio climático. Destruir la demanda doméstica es algo que destruye también todos los incentivos para intentar desarrollar tecnología, fabricar, formar trabajadores y generar economías de escala en uno de los mercados más grandes y con mayor crecimiento del mundo. Según la Agencia Internacional de la Energía, se prevé la instalación de alrededor de 4,600GW de energías renovables en el mundo entre 2025 y 2030. Por mucho que el imbécil de Trump lo niegue y entierre la cabeza en la arena para no verlo, la tecnología no va a desaparecer: simplemente se desarrolla en otros países, que podrán además obtenerla más barata. Múltiples ganadores frente a un miserable perdedor.

Por mucho que los Estados Unidos no quieran aprovecharlo, el viento va a seguir soplando, a pesar de todos los absurdos aranceles que le quieran poner. Pero además, Trump conseguirá, a cambio de las limosnas que le dieron las petroleras, perder muchísima competitividad a nivel nacional: mientras China y, en cierta medida no comparable, Europa, siguen generando industria, tecnología, propiedad intelectual y cadenas de suministro, los Estados Unidos seguirán atascados en el «drill, baby, drill». Estados Unidos no está parando la transición energética global hacia las renovables, lo único que está haciendo es detener su participación en ella, pagar su energía mucho más cara en un momento en que se supone que necesitan toda la energía que puedan generar, y dejar de atender la demanda de unos mercados que otros países cubrirán de mil amores. Lo dicho: un auténtico suicidio.

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