Cómo ayudar y acompañar a niños hiperactivos en casa y en la escuela

Publicado por Emprendimiento en

niños hiperactivos en el aula

Los límites mal planteados pueden ser perjudiciales. Si la vaguería extrema es una mala consejera, también debemos tener muy en cuenta la actitud que tienen los estudiantes hiperactivos. En ellos, el nivel de nerviosismo y de actividad sobrepasa todos los límites habituales para su edad, ocasionando diferentes tipos de problemas académicos, sociales, emocionales y familiares. ¿Qué ocurre cuando hay niños en las escuelas con tal cantidad de inquietud? Está claro que puede pasar de todo, por lo que lo mejor será ponerse manos a la obra con el fin de comprender qué les sucede, apoyarles, controlarlos de forma respetuosa y mejorar su calidad de vida.

Sin embargo, aunque las personas que se encuentran alrededor de estos niños pueden echarles una mano, también es cierto que son ellos mismos los que pueden mejorar de manera progresiva. De hecho, si reciben un diagnóstico adecuado, un tratamiento correcto y hacen los esfuerzos suficientes con la ayuda de adultos de referencia, conseguirán una gran cantidad de éxito, pudiendo controlarse en movimientos decisivos que incluso podrían marcar su vida, su autoestima y su futuro académico y profesional.

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Qué es la hiperactividad y cómo afecta al niño

Cuando hablamos de niños muy movidos es importante diferenciar entre un niño inquieto y un niño con un posible trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). El TDAH hace que a los niños les cueste más desarrollar las habilidades necesarias para controlar la atención, el comportamiento, las emociones y la actividad. No se trata de mala educación ni de falta de interés, sino de un desarrollo diferente de los mecanismos de autocontrol.

En el día a día, los niños con TDAH pueden mostrar dificultades para prestar atención, parecer despistados o distraídos, dar la impresión de que no escuchan, tener problemas para seguir instrucciones, perder cosas con frecuencia, necesitar recordatorios constantes o parecer que se esfuerzan poco en las tareas escolares a pesar de que, en realidad, les cuesta mucho más concentrarse que a otros compañeros.

En el plano motor, la hiperactividad supone un exceso de movimiento y una gran inquietud corporal. El niño puede levantarse continuamente, moverse en la silla, trepar, saltar o armar jaleo cuando toca jugar tranquilamente, hacer las cosas con prisas, cometer errores por descuido o dar la sensación de que nunca para. A medida que crecen, la hiperactividad motriz suele hacerse más sutil, pero permanece como una gran inquietud interna que dificulta centrarse en una tarea.

La impulsividad también es habitual: interrumpir mucho, hablar de forma atropellada, hacer cosas sin pensar, tener dificultad para esperar turnos o compartir, y mostrar explosiones emocionales cuando algo les frustra. Todo ello no solo afecta a sus estudios, sino también a su autoestima, a sus relaciones con otros niños y a la convivencia en casa y en la escuela.

Emocionalmente, muchos niños con hiperactividad o TDAH muestran un desarrollo más inmaduro que sus iguales, aunque su capacidad intelectual sea completamente normal. Es frecuente observar baja autoestima, sentimientos negativos hacia sí mismos, cambios bruscos de humor, necesidad constante de llamar la atención y dificultades para tolerar la frustración, lo que puede llevar a conflictos familiares y escolares si no se comprende lo que les ocurre.

Qué hacer si sospecháis que vuestro hijo es hiperactivo

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Si sospecháis que tenéis un niño hiperactivo, sería recomendable que os pusierais manos a la obra cuanto antes, incluso contactando con el centro educativo, con el fin de atajar el problema en la medida de lo posible. Que un niño sea muy movido o despistado no significa necesariamente que tenga TDAH, por lo que es importante no etiquetar sin información, pero sí observar y buscar ayuda especializada cuando la conducta afecta al rendimiento o a la convivencia.

Las tareas no sólo se hacen en casa. Si lográis que los profesores utilicen todos los recursos que tienen a su disposición, que se coordinen con la familia y sigan pautas comunes, el camino hacia la mejoría será mucho más llevadero. Resulta muy útil que el centro abra la puerta a adaptaciones metodológicas, apoyos en el aula, registros de seguimiento y comunicación fluida con los cuidadores.

Por supuesto, no olvidéis llevar a los estudiantes al médico. Lo ideal es que el niño sea valorado por pediatría, neuropediatría, psiquiatría infantil o psicología especializada, que podrán descartar otras dificultades y plantear un plan de intervención. Todo con el fin de que no sólo mejore su calidad de vida, sino también las notas que obtengan en sus estudios, su manera de relacionarse y su bienestar emocional.

En algunos casos se recomendará una combinación de tratamiento farmacológico y terapia conductual o cognitivo-conductual. Los medicamentos, siempre pautados y supervisados por un profesional, pueden ayudar a regular la atención y la impulsividad, mientras que la terapia enseña al niño estrategias de autocontrol, planificación, resolución de problemas, habilidades sociales y técnicas para manejar sus emociones.

La intervención no se centra solo en el menor: muchas veces incluye también formación a padres y docentes, de forma que el entorno sea más comprensivo, predecible y consistente. Cuando familia y escuela trabajan en la misma línea y confían en las capacidades del niño, el pronóstico mejora notablemente y el impacto del TDAH o de la hiperactividad en el futuro se reduce de manera significativa.

Cómo pueden ayudar los padres en casa

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La manera en la que los padres responden al comportamiento de sus hijos es tan importante como cualquier otra parte del tratamiento. La crianza y la educación en casa pueden mejorar o empeorar los síntomas. Es fundamental que los adultos aprendan sobre el TDAH, entiendan cómo afecta en concreto a su hijo y apliquen normas claras, cariño y estructura en el día a día.

Puede ayudar mucho establecer rutinas estables (horas fijas para levantarse, comer, hacer los deberes y dormir), reducir los estímulos que distraen (televisión, pantallas o ruidos fuertes mientras estudia), organizar la casa con lugares fijos para mochilas, libros y juguetes, y desglosar las tareas en pasos pequeños con instrucciones breves y concretas.

El uso de refuerzos positivos es clave: felicitar los esfuerzos, reconocer las conductas adecuadas, ofrecer pequeñas recompensas por objetivos alcanzables y evitar centrarse únicamente en lo que hace mal. Estos niños suelen recibir muchas críticas a lo largo del día, por lo que cualquier gesto que refuerce sus logros, por pequeños que sean, protege su autoestima y les motiva a seguir intentándolo.

También es importante cuidar el ambiente emocional. Escuchar al niño, hablar abiertamente de lo que le ocurre sin culpas ni etiquetas negativas, enseñarle a identificar cómo se siente y a buscar estrategias de calma (respirar, pedir ayuda, retirarse un momento) le ayuda a desarrollar resiliencia. Reservar unos minutos diarios de tiempo exclusivo con él, sin pantallas ni distracciones, refuerza el vínculo y le transmite que es valioso más allá de sus dificultades.

Por último, conviene que los propios padres se cuiden: buscar apoyo en otros familiares, profesionales o grupos de madres y padres, aprender técnicas de gestión del estrés y permitirse descansar cuando sea posible. Criar a un niño hiperactivo puede ser exigente, pero con información, paciencia y acompañamiento adecuado es posible construir un hogar más tranquilo y favorecer que el niño llegue a desarrollar todo su potencial personal y académico.

Comprender qué es realmente la hiperactividad, pedir ayuda profesional cuando haga falta, coordinarse con la escuela y aplicar en casa pautas consistentes pero afectuosas permite que estos estudiantes transformen su energía y sus nervios en aprendizaje, creatividad y crecimiento, mejorando no solo sus resultados escolares, sino también su salud física y emocional a largo plazo.


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