El rol de la iniciativa privada en la educación; caso Fundación Gigante
Por muchos años, en el universo de la responsabilidad social empresarial parecía existir una ruta casi predeterminada: empresas volcadas hacia afuera, diseñando programas para comunidades vulnerables, apoyando causas sociales o impulsando proyectos ambientales. Y aunque ese enfoque sigue siendo fundamental, hoy comienza a sentirse un cambio interesante —y necesario— en la forma en que las organizaciones entienden su impacto.
Cada vez más compañías están reconociendo algo que parecía obvio, pero que no siempre se había abordado con suficiente intención: su primera comunidad es la que está dentro. Sus colaboradores, sus familias, su entorno inmediato. No obstante, entre las diversas iniciativas de bienestar interno que las compañías están impulsando, hoy interesa destacar el gran impacto de aquellas enfocadas en la educación, y es que resulta innegable el importante rol de la iniciativa privada en la educación, pues esta no sólo puede ampliar el acceso a la educación y fortalecer la continuidad académica en comunidades externas, sino que también puede ayudar a combatir las barreras que ponen en riesgo la permanencia y desarrollo escolar entre sus comunidades internas, cuando reconoce que, muchas de las problemáticas que busca combatir, afectan también a sus colaboradores y familias.
Este giro no implica sustituir las acciones externas, sino potenciarlas. Porque cuando una organización construye bienestar desde su núcleo, genera una base más sólida, más creíble y, sobre todo, más sostenible para amplificar su impacto social.
¿Por qué la RSE debería empezar desde adentro?: lo que dicen los datos
Este cambio de enfoque no es una simple tendencia intuitiva, también está respaldado por evidencia. En los últimos años, distintos estudios han puesto sobre la mesa una idea contundente: las empresas que invierten en el bienestar integral de sus colaboradores obtienen beneficios tanto sociales como organizacionales.
Gallup, por ejemplo, ha documentado no sólo pérdidas de hasta 20 millones de dólares por cada 10 mil trabajadores que sufren en el trabajo y, en contraste, cómo cuando los colaboradores perciben que su empresa se preocupa genuinamente por su bienestar tienen hasta cinco veces más probabilidades de estar comprometidos con su trabajo y hasta 51% más oportunidad de prosperar en sus vidas, además de ser 69% menos propensos a buscar otro empleo y 72% menos propensos a experimentar burnout. Más allá de los números, lo que estos datos revelan es un cambio en la naturaleza del vínculo: cuando una organización acompaña a las personas en su vida cotidiana, la relación deja de ser meramente laboral.

Pero hay algo aún más interesante. El bienestar no es un concepto aislado ni superficial. Gallup lo define como un sistema que incluye dimensiones como la estabilidad financiera, las relaciones sociales y el sentido de comunidad. Bajo esta lógica, iniciativas que apoyan a los colaboradores y a sus familias no solo atienden necesidades puntuales, sino que inciden directamente en varias de estas dimensiones al mismo tiempo.
Por su parte, Deloitte advierte que el bienestar no puede reducirse a beneficios o programas aislados. Debe formar parte del diseño mismo de la organización: de su cultura, de su liderazgo y de la forma en que se entiende a las personas que la integran. No es casual que, hoy, grandes empresas destinen en promedio millones de dólares al año a estrategias de bienestar. La cuestión ya no es si invertir o no, sino cómo hacerlo de manera significativa.
Desde una perspectiva más amplia, estudios académicos también han encontrado que las políticas que apoyan el entorno familiar tienen efectos indirectos, pero contundentes en el desempeño laboral, relacionados con el bienestar que generan al colaborador y su núcleo familiar.
Aquí es donde el rol de la iniciativa privada en la educación, la salud u otro eje de apoyo a sus colaboradores se vuelve especialmente relevante, pues, al ayudar al colaborador y su familia desde la empresa, el impacto regresa en forma de compromiso, estabilidad y cohesión interna, mientras que, hacia afuera, se genera desarrollo social y se proyecta una buena reputación corporativa. En este sentido, no es exagerado decir que invertir en programas que impulsen el bienestar de la comunidad interna es una de las formas más efectivas de generar valor compartido.
Un ejemplo claro de este tipo de enfoque es el programa que ha puesto en marcha Fundación Gigante, el cual busca apoyar la permanencia escolar de las hijas e hijos de sus colaboradores.

El Programa de Útiles Escolares de Fundación Gigante: ayuda que acompaña y conecta
El programa de entrega de útiles escolares de Fundación Gigante parte de una comprensión muy concreta de la realidad: para muchas familias, el inicio del ciclo escolar representa un reto económico importante. Uniformes, materiales, inscripciones, más de un menor en edad escolar y la suma de otros gastos recurrentes pueden convertirse en obstáculos para la permanencia escolar.
Frente a esto, la fundación ha decidido intervenir en un punto clave: asegurar que las hijas e hijos de colaboradores cuenten con los materiales básicos necesarios para estudiar. Por eso, mediante la entrega de paquetes de útiles escolares, el programa busca facilitar el acceso a condiciones más equitativas desde el inicio del ciclo.
El impacto de este programa es claro pues desde el inicio de su operación en 2009, han logrado entregar más de 114 mil paquetes de útiles, los cuales, ayudaron a que miles de estudiantes iniciaran en mejores condiciones el ciclo escolar. Tan sólo en 2025, la organización proporcionó más de 10 mil paquetes a las hijas e hijos de sus colaboradores, un apoyo que representa un alivio directo para miles de familias, que pueden redistribuir sus recursos hacia otras necesidades. Estas cifras ayudan a dimensionar cómo el rol de la iniciativa privada en la educación puede estructurarse como un eje estratégico de impacto. No obstante, como suele ocurrir con muchas iniciativas, el verdadero alcance está más allá de los números.
Por un lado, el programa contribuye a la permanencia escolar, al eliminar una barrera básica pero determinante: contar con los materiales necesarios. Por otro, incide en el entorno emocional y familiar. Para madres y padres, este tipo de apoyos no solo representa un beneficio económico, sino también tranquilidad.

Y al interior de la organización, el efecto es igual de relevante. Este tipo de programas fortalecen el vínculo entre empresa y colaborador desde un lugar poco explorado: el reconocimiento de su vida fuera del trabajo. Se genera confianza, cercanía y un sentido de respaldo que difícilmente se construye únicamente desde incentivos tradicionales.
Cuando el impacto social comienza en casa
Lo que evidencian iniciativas como la de Fundación gigante es algo cada vez más evidente: las empresas que comienzan su impacto social desde dentro no están reduciendo su alcance, lo están fortaleciendo, pues, cuando una organización decide acompañar a sus colaboradores en aspectos tan fundamentales como la educación de sus hijos, está construyendo algo más profundo que un programa social. Está generando condiciones para el desarrollo, fortaleciendo su cultura y creando un vínculo que trasciende lo laboral.

Acciones como esta demuestran no sólo que el rol de la iniciativa privada en la educación puede ser una de las vías más efectivas para crear valor compartido, también que para generar impacto sostenible y coherente se puede empezar por lo más cercano y lo más relevante., porque transformar hacia afuera siempre será más potente cuando primero se ha aprendido a transformar hacia adentro.