¿siguen sus objetivos realmente alineados con la ciencia?
Recientemente, la iniciativa Science Based Targets (SBTi) ha publicado una actualización de sus normas, una reconfiguración que ha abierto, de nueva cuenta, el debate sobre la credibilidad de los objetivos climáticos corporativos. Bajo el nuevo esquema, SBTi se reinicia en un momento crítico, cuando las empresas enfrentan crecientes presiones regulatorias, financieras y reputacionales para demostrar avances tangibles en descarbonización. Este ajuste no es menor: redefine el equilibrio entre ambición climática y viabilidad operativa, abriendo preguntas clave sobre la integridad del marco.
Para los especialistas en sostenibilidad, el cambio implica una lectura más compleja del progreso ESG. Si bien SBTi se reinicia con el objetivo de ampliar la adopción empresarial, también introduce tensiones respecto a su alineación con la ciencia climática. La discusión ya no gira únicamente en torno a quién establece objetivos, sino a qué tan consistentes son estos con la trayectoria de 1,5°C propuesta por la comunidad científica. En este contexto, entender los matices de la actualización es fundamental para la toma de decisiones estratégicas.
SBTi se reinicia: de la ambición teórica a la viabilidad operativa
El ajuste normativo elimina la exigencia de reducciones lineales rígidas hacia 2030, permitiendo a las empresas redistribuir sus esfuerzos de mitigación a lo largo del tiempo. Anteriormente, se requería una reducción anual de al menos 4,2% en emisiones de Alcance 1 y 2, lo que implicaba recortes acumulados cercanos al 42% para 2030. Este umbral fue considerado, en muchos casos, poco realista.
Con la actualización, algunas empresas podrían reducir ese compromiso a aproximadamente 21% en el mismo periodo. Para el Alcance 3, los objetivos también se flexibilizan, pasando de reducciones superiores al 20% a cerca del 15%. Esta modificación responde a una necesidad práctica: muchas organizaciones no contaban con capacidades técnicas o financieras para cumplir con las metas anteriores.

Desde una perspectiva estratégica, el cambio busca evitar la exclusión de empresas del sistema SBTi. Diversos consultores señalaron que varias organizaciones habían abandonado el proceso debido a la dificultad de cumplir con los requisitos previos. La flexibilización, por tanto, reabre la puerta a actores que habían quedado fuera del marco.
Sin embargo, esta transición hacia objetivos más alcanzables también implica una redefinición del concepto de liderazgo climático. La pregunta central ya no es únicamente quién participa, sino bajo qué nivel de ambición lo hace. Esto reconfigura los criterios de diferenciación dentro del ecosistema ESG.
Impacto para las empresas: entre oportunidad y disrupción estratégica
Para las empresas que aún no habían establecido objetivos, el nuevo marco representa una oportunidad clara. La posibilidad de diseñar trayectorias de reducción menos abruptas facilita la alineación interna y la aprobación por parte de la alta dirección, un obstáculo frecuente en procesos de descarbonización.
No obstante, el cambio introduce un elemento de inequidad temporal. Las empresas que ya habían presentado o validado objetivos bajo las normas anteriores no pueden ajustar sus compromisos retroactivamente. Esto genera tensiones internas, especialmente en organizaciones donde alcanzar dichos objetivos implicó inversiones significativas o negociaciones complejas.
Además, la forma en que se comunicó la actualización ha sido objeto de crítica. La falta de transparencia previa y el anuncio tardío generaron incertidumbre en el mercado. Para los especialistas en RSE, esto pone en evidencia la importancia de la gobernanza en iniciativas globales como SBTi.
Desde el punto de vista operativo, las empresas deberán revisar sus hojas de ruta climáticas. La redistribución de esfuerzos puede liberar recursos en el corto plazo, pero también exige una planificación más rigurosa para evitar concentrar riesgos en etapas futuras del proceso hacia cero emisiones netas.

Alineación con la ciencia: ¿compromiso diluido o pragmatismo necesario?
Uno de los puntos más sensibles del debate es la coherencia de estos cambios con las recomendaciones del IPCC. La ciencia climática establece que es necesario reducir aproximadamente un 43% de las emisiones globales para 2030 para mantener el objetivo de 1,5°C. Bajo este parámetro, la flexibilización de SBTi genera dudas legítimas.
Aunque la iniciativa sostiene que el nivel de ambición general no ha cambiado y que el objetivo de cero emisiones netas para 2050 se mantiene, la redistribución de reducciones implica mayores emisiones acumuladas en el corto plazo. Este factor es crítico, ya que el presupuesto de carbono global depende no solo del destino final, sino de la trayectoria.
En términos prácticos, esto significa que incluso si las empresas cumplen sus objetivos a largo plazo, el retraso en las reducciones iniciales podría dificultar el cumplimiento del objetivo climático global. Algunos expertos advierten que el supuesto de que todos los actores cumplirán sus metas podría ya no ser suficiente para sostener la narrativa de alineación con 1,5°C.
No obstante, también existe un argumento pragmático. Sin una base amplia de empresas comprometidas, la ambición teórica pierde impacto real. Desde esta óptica, SBTi se reinicia como un mecanismo de inclusión que prioriza la participación masiva sobre la exigencia extrema, aunque ello implique concesiones en el corto plazo.

Redefiniendo el estándar de la ambición climática corporativa
El hecho de que SBTi se reinicia marca un punto de inflexión en la evolución de los estándares ESG. La iniciativa parece transitar de un enfoque normativo rígido hacia uno más adaptativo, donde la viabilidad empresarial adquiere mayor peso. Este giro puede fortalecer la adopción global, pero también diluir la percepción de rigor científico.
Para los líderes en sostenibilidad, el desafío será interpretar correctamente este nuevo contexto. Más allá del cumplimiento formal, las empresas deberán evaluar si sus estrategias climáticas siguen siendo coherentes con los límites planetarios. En un entorno donde la credibilidad ESG está bajo escrutinio, la ambición voluntaria podría convertirse en el nuevo diferenciador competitivo.