Nvidia y la diferencia entre tener suerte y estar preparado » Enrique Dans

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IMAGE: A futuristic illustration showing Nvidia’s evolution from gaming graphics cards to the infrastructure powering artificial intelligence, with glowing data centers, AI symbols and a central chip connecting past and future

Jordi Benítez ha publicado un articulo en El Debate sobre Nvidia, «El imparable éxito de Nvidia, la empresa tecnológica que vale más en bolsa que cualquier país, excepto EE.UU. y China«, en el que cita varias de las opiniones que le envié. La historia de Nvidia es una de esas que suelen contarse mal porque resulta demasiado tentador reducirla a una caricatura: una empresa de tarjetas gráficas para videojuegos que, de repente, se encontró sentada sobre la mina de oro de la inteligencia artificial. Pero esa lectura es profundamente equivocada. Nvidia no se limitó simplemente a estar en el lugar adecuado en el momento preciso, como escribí en mayo de 2023: llevaba muchos años construyendo ese lugar.

El verdadero acierto de Jensen Huang no fue prever ChatGPT, ni anticipar con precisión el boom de la inteligencia artificial generativa. Nadie lo hizo. Su acierto fue mucho más interesante: apostar durante décadas por una arquitectura de computación paralela que parecía una rareza, una excentricidad propia de gráficos, simulación, videojuegos o supercomputación, y convertirla en una plataforma. CUDA, presentada en 2006 como una arquitectura para utilizar GPUs en computación de propósito general, fue durante años una apuesta incomprendida. Hoy es el foso competitivo más importante de Nvidia: no solo un software, sino una acumulación de librerías, herramientas, documentación, ingenieros formados, código heredado, hábitos y costes de cambio.

Cuando AlexNet ganó ImageNet en 2012 utilizando GPUs, quedó claro que el aprendizaje profundo necesitaba precisamente aquello que Nvidia llevaba años desarrollando: capacidad masiva de cálculo paralelo. Desde entonces, la empresa no ha vendido simplemente chips: ha vendido una forma de trabajar. Por eso AMD puede tener productos competitivos, Intel puede intentarlo una y otra vez, Google puede presumir de sus TPU como Ironwood, Amazon de Trainium e Inferentia, Microsoft de Maia, o incluso OpenAI puede explorar sus propios chips con TSMC. Pero competir con Nvidia no es simplemente fabricar un acelerador: es convencer a toda una industria de que abandone una plataforma que funciona.

Ese es el punto que muchos análisis financieros pasan por alto. Nvidia no es valiosa solo porque sus chips sean muy buenos, sino porque se ha convertido en la capa de infraestructura sobre la que se está construyendo una parte creciente de la economía digital. En febrero de 2024, cuando superó los dos billones de dólares de capitalización, la pregunta era si aquello tenía sentido o era una exageración. En junio de 2024, la cuestión era si aún había recorrido. Hoy, tras unos resultados en los que la compañía declaró ingresos trimestrales récord de 81,600 millones de dólares, un 85% más interanual, y 75,200 millones procedentes de data center, un 92% más, según su propia nota de resultados del primer trimestre fiscal de 2027, la respuesta parece evidente: lo que parecía una anomalía era, en realidad, una reconfiguración de la industria.

Lo interesante, sin embargo, no es solo que Nvidia haya crecido. Lo interesante es lo que su crecimiento revela. Como escribí en julio de 2024, Nvidia no es la causa del cambio de era, sino una de sus consecuencias más visibles. Durante décadas, la computación estuvo dominada por la lógica de la CPU: propósito general, secuencialidad, eficiencia incremental, Ley de Moore. La inteligencia artificial ha cambiado el centro de gravedad hacia otro tipo de máquina: paralela, especializada, distribuida, hambrienta de datos y de energía. En ese mundo, Nvidia representa mucho más que una empresa exitosa: representa el paso de una industria centrada en el ordenador a otra centrada en la infraestructura de aprendizaje.

Ese cambio explica también el carácter simbólico del relevo con Intel, que comenté en noviembre de 2024: Intel fue la compañía que definió la era del PC. Nvidia define, por ahora, la era de la inteligencia artificial. Es la compañía que vende los picos y los tamices en esta fiebre del oro que es la inteligencia artificial. Intel vendía el cerebro del ordenador personal, Nvidia vende las herramientas y las fábricas de inteligencia artificial. La diferencia no es menor. Una fábrica de inteligencia artificial no es un data center convencional con más potencia: es una nueva unidad productiva, una instalación industrial capaz de transformar datos, energía y modelos en capacidades cognitivas automatizadas.

Pero precisamente ahí empiezan los problemas. Nvidia es extraordinaria, sí, pero no invulnerable. Su primera vulnerabilidad es la dependencia de TSMC y, por tanto, de Taiwán. La industria mundial de la IA se ha construido sobre una cadena de suministro con cuellos de botella geopolíticos muy evidentes. La segunda es China. En abril de 2025, Nvidia comunicó a la SEC que el gobierno estadounidense exigía licencia para exportar sus chips H20 a China, Hong Kong y Macao, lo que convirtió una decisión geopolítica en una restricción directa sobre ingresos, inventario y márgenes. La tercera vulnerabilidad es quizá la más interesante: sus mejores clientes tienen incentivos muy fuertes para dejar de depender tanto de ella.

Microsoft, Google, Amazon, Meta y otros hyperscalers no quieren necesariamente matar a Nvidia. Quieren tener alternativas. Quieren reducir costes, negociar mejor, controlar sus cargas de trabajo y evitar que toda su estrategia de IA dependa de los márgenes de un proveedor externo. Eso no significa que vayan a sustituir a Nvidia mañana, pero sí que el mercado tenderá a fragmentarse. Entrenar grandes modelos fundacionales seguirá siendo un terreno natural para Nvidia, pero la inferencia, el edge, los modelos especializados, la robótica, los agentes, los world models y los dispositivos locales abrirán espacios para arquitecturas distintas.

Nvidia lo sabe perfectamente. Por eso no se comporta como una empresa de chips, sino como una empresa de plataformas. Project Digits, que comenté en enero de 2025, no era simplemente un producto curioso para poner inteligencia artificial potente sobre una mesa: era una señal estratégica. Nvidia quiere estar en el data center, en el escritorio, en el edge, en el coche, en el robot, en la fábrica y en la nube. Quiere que la inteligencia artificial se ejecute sobre su pila tecnológica allí donde se produzca. Esa ambición es exactamente la que explica su valoración, pero también la que aumenta las expectativas hasta niveles peligrosos.

¿Puede seguir subiendo en bolsa? Sí. ¿Puede hacerlo indefinidamente por pura narrativa? No. Esa etapa probablemente ha terminado. Nvidia no es una burbuja en el sentido clásico: tiene ingresos reales, márgenes reales, demanda real y una posición competitiva formidable. Pero cotizar como infraestructura imprescindible del futuro implica no fallar. Implica que cada trimestre debe confirmar no solo crecimiento, sino dominio. Implica que cualquier señal de desaceleración, presión en márgenes, retraso en una generación de chips, tensión con China, cuello de botella en TSMC o éxito visible de chips alternativos puede tener un impacto desproporcionado.

La paradoja de Nvidia es que cuanto más imprescindible parece, más incentivos genera para que todos intenten depender menos de ella. Esa es la historia habitual de las grandes plataformas tecnológicas: primero se convierten en estándar, después en peaje, y finalmente en problema estratégico para sus clientes. Microsoft lo fue en el PC, Google en la web, Apple y Google en el móvil, Amazon en la nube y Nvidia lo es ahora en la inteligencia artificial. La diferencia es que Nvidia opera en una capa todavía más material: no en el interfaz, sino en el silicio, la energía, la refrigeración, el suministro, la geopolítica y la capacidad física de fabricar futuro.

Por eso la pregunta relevante no es si Nvidia tuvo suerte. Claro que tuvo suerte: toda gran empresa necesita que el mundo termine moviéndose en la dirección que favorece sus apuestas. La pregunta interesante es por qué fue Nvidia, y no otra, la que estaba preparada cuando esa suerte llegó. Y la respuesta es incómoda para quienes creen que la estrategia consiste en optimizar el trimestre siguiente: Nvidia acertó porque sostuvo durante años una visión que parecía prematura, cara y discutible.

El futuro de Nvidia dependerá de si consigue convertir su actual dominio en una posición todavía más amplia, menos dependiente de un único tipo de carga de trabajo y menos vulnerable a sus propios clientes. Si lo logra, seguirá siendo una de las compañías que definen esta década. Si no, seguirá siendo enorme, pero dejará de parecer inevitable. Y en bolsa, pocas cosas son tan peligrosas como una empresa extraordinaria que ha sido valorada como si fuese inevitable.


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