No todas las fabs son igual de fabulosas… » Enrique Dans
La pasada pandemia supuso una clara advertencia: las cadenas de suministros de las que depende la economía son frágiles, y la de los chips, cada vez más importantes para todo tipo de industrias y productos, lo es muchísimo más debido a su fortísima concentración en muy pocos países.
Así, terminada la pandemia, y una vez analizados los problemas que llevaron, por ejemplo, a paradas en la producción de factorías de automóviles y de otros productos, fueron varios los gobiernos que se lanzaron a una loca carrera por conseguir que los pocos actores importantes en la producción de chips avanzados se expandiesen construyendo plantas de fabricación de semiconductores, las conocidas como fabs, que permitiesen asegurar el suministro de chips a su industria en caso de disrupciones derivadas de cualquier fenómeno, bien fuese otra pandemia, un posible desastre natural o un hipotético conflicto geopolítico.
Para compañías como TSMC, que concentra entre el 80% y el 90% de la producción de chips avanzados (por debajo de los 8 nanómetros) del mundo; o Samsung, que lidera la producción de chips de memoria y posee una de las pocas plantas de producción capaces de producir chips por debajo de 8 nanómetros, comenzó una fuerte presión para que abriesen nuevas plantas de producción en otros países, todo ello encuadrado en un entorno geopolítico de fortísima presión y sanciones para evitar que los chips que fabricasen pudiesen terminar llegando eventualmente a China.
Esto genera que, por un lado, las compañías traten de aprovechar los importantísimos subsidios y beneficios ofrecidos por algunos gobiernos por radicar sus plantas en ellos, mientras al tiempo consolidan sus planes para mantener la ventaja comparative de sus países de origen: así, el gobierno de Corea del Sur anunció un plan de 470,000 millones de dólares para construir un hub de fabricación de chips avanzados con participación de Samsung y Hynix, y la taiwanesa TSMC aceptó ofertas para construir plantas de producción en países como Alemania, Japón o los Estados Unidos.
Mientras tanto, otros países intentan unirse a la fiesta: India, con una enorme producción de ingenieros de muy alto nivel, anuncia sus planes para convertirse en una potencia global en la fabricación de chips en cinco años y comienza a obtener propuestas para ello; y personajes como Sam Altman tratan de levantar inversiones fastuosas de más de siete billones de dólares con planes aparentemente muy poco realistas para construir una red de fabs capaces de abastecer a las compañías en lo que prevé como una era de la inteligencia artificial que disparará fuertemente su demanda.
China, mientras, reacciona a las restricciones planteadas por los Estados Unidos y sus aliados tratando, por un lado, de destinar fuertes inversiones al desarrollo de la tecnología necesaria para fabricar chips por debajo de 8 nanómetros, incluyendo un importante centro de I+D en Shanghai con participación de Huawei; y por el otro, presionando a su industria local para que utilicen chips de fabricación china y abandonen los fabricados por compañías como Intel o AMD. Y aparentemente, los mercados de este tipo son suficientemente «porosos» como para que China esté logrando adquirir el nivel suficiente como para entrar en la carrera por la fabricación de chips de nueva generación, algo que haría mucho por su industria tecnológica.
En el medio de todos estos movimientos, o más bien en su origen, están los fabricantes de las máquinas necesarias para la fabricación de chips, tales como la europea ASML, que tiene en principio restringidas sus ventas a China, o la japonesa Canon, que parece plantear procesos alternativos y más baratos que podrían eventualmente amenazar el liderazgo de la compañía de los Países Bajos.
Con todos esos factores en juego, resulta que los Estados Unidos están viendo que, a pesar de su fortísima apuesta de más de 6,600 millones de dólares en subsidios y más de 5,000 millones en préstamos blandos para TSMC, los taiwaneses no tienen planes de llevar la fabricación de sus chips más avanzados a su fábrica proyectada en Arizona, fundamentalmente porque afirman que para fabricar ese tipo de chips es fundamental la cercanía de los ingenieros de su centro global de investigación y desarrollo en Taiwan, lo que implica que Arizona iría siempre por detrás y no lograría siquiera abastecer la demanda que le plantea la norteamericana Nvidia. Compañías como Apple o Tesla, por tanto, seguirían viéndose obligadas a comprar directamente a las fábricas de Taiwan.
Samsung, sin embargo, sí parece dispuesta a apostar fuerte, y afirma ser capaz de alcanzar la fabricación de chips de dos nanómetros en 2026 en su planta proyectada en Texas, en lo que sería un intento de rivalizar con TSMC y que podría servir para que los planes del gobierno norteamericano, que son nada menos que producir el 20% de la demanda mundial de chips avanzados a finales de esta década, tuviesen un mínimo viso de realidad.
Un mercado, por tanto, en fortísima evolución y sometido a todo tipo de movimientos políticos. Claramente, las fabs no son algo que pueda simplemente construirse sin más, dependen de muchísimos factores como la disponibilidad de mano de obra cualificada, el acceso a tecnologías de fabricación, la experiencia y la proximidad a centros de investigación y desarrollo, lo que implica que los intentos de los gobiernos por traerlas a centro de sus fronteras tienen un alcance relativamente limitado. Por otro lado, no todas las necesidades de chips se corresponden con chips de última generación: para países como Alemania o Japón, por ejemplo, con una industria automovilística claramente obsoleta que se alimenta de chips muy anticuados, tener una fábrica precisamente de ese tipo de chips puede asegurar que la producción de su industria no se detenga, algo sin duda estratégico para su economía.
Las fabs, en pocas palabras, no son todas igual de fabulosas, y podrías encontrarte con que, tras invertir miles de millones para seducir a las compañías que las construyen, lo único que tienes es una planta capaz de abastecer a las industrias más rezagadas y, por tanto, menos estratégicas. No, fabricar chips avanzados no es, como suponíamos, tan sencillo como poner dinero para ello: es un compromiso sumamente complicado, y decididamente, con muchas más implicaciones y dependencias de las que aparentaba.
