necesita dejar de quemar cosas » Enrique Dans

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IMAGE: Europe is swapping one gas dependency for another. Russian pipeline gas is on its way out. Under the new EU regulation, imports phase out by end of 2027 and fall to zero by 2028. But US LNG supplied around 5 bcm to the EU in 2019. By 2025 that figure was already over 80 bcm. IEEFA projects it climbs to ~115 bcm by 2030, when the US could account for roughly 80% of EU LNG imports

Hay una forma bastante sencilla de entender buena parte de la geopolítica de los dos últimos siglos: seguir el rastro de aquello que se quema. Carbón, petróleo, gas. Quien controla los combustibles fósiles controla rutas, precios, alianzas, guerras, inflación y política exterior. Europa creyó durante años que había encontrado una solución razonable: comprar gas barato a Rusia mediante gasoductos que garantizaban suministro estable para su industria. La teoría era que la interdependencia económica haría imposible el conflicto. Hasta que Rusia invadió Ucrania y convirtió esa dependencia en un arma.

La reacción europea fue rápida, pero no necesariamente inteligente: sustituir tuberías rusas por barcos metaneros estadounidenses. Según el Consejo de la Unión Europea, Estados Unidos ya es el principal proveedor de LNG para Europa, y según IEEFA, podría llegar a representar cerca del 80% de las importaciones europeas de gas natural licuado en 2030. Hemos simplemente cambiado una dependencia por otra, y pasado de depender del sinvergüenza de Putin a depender del idiota de Trump. Un logro diplomático de primera magnitud. Antes el problema llegaba por tubería desde Siberia, ahora cruza el Atlántico en barcos y sale muchísimo más caro. Y que Nord Stream saltase por los aires en beneficio evidente de ciertos actores no deja de ser un detalle que conviene recordar, aunque la evidencia disponible no permita señalar a nadie con el dedo.

Eso no significa automáticamente que Estados Unidos quiera que la guerra de Ucrania nunca termine para seguir vendiendo gas. La realidad geopolítica es bastante más compleja. Sí es evidente que las empresas energéticas estadounidenses están obteniendo enormes beneficios del nuevo mapa energético europeo, igual que resulta evidente que la destrucción de Nord Stream eliminó físicamente la principal infraestructura de interdependencia energética entre Europa y Rusia. Pero una cosa es reconocer incentivos económicos y estratégicos, y otra muy distinta convertirlos en pruebas concluyentes de una conspiración.

La cuestión importante no es quién nos vende el gas. La cuestión importante es por qué seguimos necesitando tanto gas. Porque mientras Europa dependa estructuralmente de importar combustibles fósiles, siempre habrá alguien al otro lado con capacidad de presión política, económica o estratégica. Rusia, Estados Unidos, Qatar o Argelia: cambia el proveedor, pero no la vulnerabilidad.

Por eso la transición energética no es solo una cuestión climática. Es una cuestión de soberanía. Chatham House lo resume muy bien: las renovables y la electrificación son la verdadera base de la seguridad energética europea. Un panel solar en un tejado español no puede ser utilizado como arma geopolítica de la misma manera que un gasoducto. Una bomba de calor reduce importaciones. Una red inteligente disminuye exposición a mercados internacionales. Un sistema eléctrico basado en renovables, almacenamiento y flexibilidad desplaza el poder desde los productores de combustible hacia la tecnología y la ingeniería.

Y aquí conviene desmontar otro mito: la energía nuclear tampoco resuelve este problema. En realidad, lo prolonga. La nuclear actual es extraordinariamente cara frente a la solar y la eólica. El último informe de Lazard vuelve a mostrar que las renovables son, con diferencia, la forma más barata de nueva generación eléctrica. Mientras la solar y la eólica siguen reduciendo costes gracias a curvas de aprendizaje y economías de escala, la nuclear occidental acumula retrasos, sobrecostes y proyectos prácticamente imposibles de financiar sin enormes subvenciones públicas. Casos como Flamanville o Hinkley Point C parecen demostrar que cada nueva central nuclear funciona más como un monumento a la complejidad burocrática y financiera que como una solución de futuro. Occidente lleva décadas sin conseguir construir reactores a tiempo ni dentro de presupuesto.

Además, la nuclear encaja mal en un sistema dominado por renovables. Las redes eléctricas modernas necesitan flexibilidad, almacenamiento y capacidad de adaptación a una generación distribuida y variable. Las centrales nucleares, diseñadas para funcionar continuamente como generación de base rígida, desincentivan precisamente esa flexibilidad. Y tampoco ofrecen verdadera independencia estratégica: Europa importa prácticamente todo el uranio que consume. Según Euratom, gran parte del combustible nuclear europeo depende de importaciones y de cadenas de suministro donde Rusia sigue teniendo un peso importante. Cambiar dependencia de gas por dependencia de uranio no parece precisamente una revolución geopolítica ni una decisión que caracterice a alguien especialmente inteligente.

La buena noticia para Europa es que, por primera vez en mucho tiempo, existe una alternativa real. La transición energética no consiste simplemente en sustituir centrales fósiles por otras tecnologías; consiste en cambiar completamente la arquitectura del sistema energético. Pasar de un modelo basado en importar y quemar combustible a otro basado en electricidad renovable, almacenamiento, digitalización, redes inteligentes y eficiencia. Es una transformación tecnológica mucho más parecida a internet que a una central térmica.

Y ahí Europa tiene una oportunidad histórica. Porque no tiene grandes reservas de petróleo o gas, pero sí tiene capacidad industrial, ingeniería, tecnología, regulación y talento. Puede dejar de actuar como cliente cautivo de imperios fósiles y convertirse en líder de un sistema energético distribuido y electrificado. Puede sustituir importaciones por inversión local, volatilidad por estabilidad y dependencia geopolítica por autonomía tecnológica.

La gran pregunta ya no es si Europa debe comprar gas ruso o estadounidense. Esa es la pregunta vieja, fósil, del siglo XX. La pregunta importante es cuánto tiempo más queremos seguir dependiendo de combustible que alguien tiene que enviarnos en barcos o tuberías. Porque mientras sigamos quemando cosas, seguiremos dependiendo de quienes las venden.

El siglo XX se entendió siguiendo el rastro del petróleo. El XXI se entenderá siguiendo el rastro de los electrones. Europa tiene que decidir en cuál quiere vivir.

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