El súper poder de leer en familia

Publicado por Emprendimiento en

David Grinberg, Vicepresidente de Comunicaciones

Corporativas de Arcos Dorados Latam

Crecí viendo El Chavo del Ocho, como millones de latinoamericanos. Ese niño que vivía en un barril, en una vecindad donde todos se cuidaban y reían juntos, fue parte de mi infancia. Recuerdo repetir sus frases frente al televisor: “¡eso, eso, eso!” y “sin querer queriendo”. Más que un programa, era un lenguaje común que nos unía como región.

Esa vecindad iba más allá del humor: transmitía pertenencia, cercanía y recuerdos compartidos. Por eso, décadas después, sigue siendo tan relevante y representa algo que hoy parece cada vez más escaso: los momentos compartidos en familia. Si esa vecindad nos unió como espectadores, la lectura puede generar algo similar en la infancia.

Ese mismo espíritu nos inspiró a llevar a El Chavo del Ocho al universo de la lectura, porque cuando un libro llega a un niño no solo cuenta una historia, abre un mundo. Ahí está el verdadero superpoder de leer en familia. Lo que parece un momento simple, un adulto leyendo, un niño escuchando y una página que se pasa fortalece el lenguaje, estimula la imaginación y crea vínculos.

Todavía recuerdo las historias que mi padre me leía antes de dormir. Acostado en la cama, cerraba los ojos y construía imágenes a partir de su voz. Años después repetí ese mismo gesto con mis hijos. Lo que se mantiene no es solo la historia, sino la estructura del vínculo que se forma alrededor de ella: una forma de presencia compartida que se transmite entre generaciones.

Según la UNICEF, leer en voz alta e interactuar con textos es clave en el desarrollo temprano porque fortalece el lenguaje, la comprensión emocional y las habilidades cognitivas. Sin embargo, esos efectos dependen del entorno en el que ocurre la lectura. Ese entorno es el que determina si la práctica se sostiene y se vuelve significativa en la vida cotidiana.

A nivel internacional, uno de los indicadores más utilizados para medir ese entorno es la presencia de al menos tres libros infantiles en el hogar; en México, solo el 39% de los niños menores de cinco años cuenta con ese acceso básico, de acuerdo con la UNESCO. Esto muestra que la discusión sobre lectura infantil no puede limitarse a indicadores educativos, sino que también debe considerar las condiciones concretas de acceso y práctica dentro del hogar.

leer en familia

Ese mismo entorno hoy está atravesado por el lugar predominante de las pantallas en la vida cotidiana. El desafío no es eliminarlas, sino equilibrarlas, porque en ese equilibrio los libros cumplen una función específica: introducir momentos de atención compartida. Como me dijo hace poco Roberto Gómez Fernández, hijo de Roberto Gómez Bolaños: “Podemos seguir viendo pantallas, pero hay que fomentar que los niños lean. Un libro siempre es un vehículo fantástico”.

Desde esa idea de equilibrio, la lectura cobra sentido en la vida cotidiana. Para que ocurra, primero debe ser accesible. Bajo esa idea nació Cajita Feliz Libros de McDonald’s, una iniciativa que acerca libros infantiles a momentos cotidianos en familia. Desde 2012 hasta mayo de este año se han distribuido cerca de 30 millones de libros en hogares latinoamericanos. Más que una cifra, importa lo que sucede después: en casa, cuando una historia se comparte y se convierte en recuerdo, como en mi caso.

Al final, no se trata solo de cuántos libros se entregan, sino de cuántas historias logran conectar a una familia. Tal vez por eso El Chavo del Ocho sigue siendo tan poderoso, no solo por lo que fue, sino por lo que representa, un recuerdo compartido. Latinoamérica creció en esa vecindad.

Hoy, niñas, niños y adultos tienen la posibilidad de construir una vecindad propia a través de la lectura: un espacio de atención compartida donde la historia organiza el encuentro y la experiencia se vuelve memorable. Algo que, con el tiempo, no se recuerde solo por los libros, sino por las personas con quienes se compartió.

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