El país que solo limpia el monte cuando ya está ardiendo » Enrique Dans
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Los incendios empiezan en los presupuestos» (pdf), y como la del pasado agosto, trata sobre una realidad que preferimos disfrazar de catástrofe natural: los incendios forestales no comienzan cuando aparece la primera llama, sino mucho antes, cuando se abandona el territorio, se deja acumular la biomasa, desaparecen las actividades rurales y se recortan sistemáticamente los presupuestos destinados al mantenimiento.
La emergencia climática es, por supuesto, el factor que multiplica el riesgo. Las temperaturas más altas, las sequías prolongadas, la vegetación sometida a estrés hídrico y los episodios meteorológicos extremos están convirtiendo amplias zonas de España, Francia y otros países mediterráneos en paisajes cada vez más inflamables. Pero sería demasiado cómodo utilizar el cambio climático como una explicación que nos exime de toda responsabilidad: el clima crea las condiciones, pero la intensidad y la extensión de los incendios dependen en gran medida de cómo gestionamos el territorio.
España lleva décadas, con gobiernos de uno y otro lado, demostrando una extraordinaria incapacidad para entender el valor del mantenimiento. Nos encanta inaugurar infraestructuras, cortar cintas y anunciar inversiones, pero mostramos mucho menos entusiasmo cuando se trata de conservar carreteras, vías ferroviarias, redes hidráulicas o montes. El mantenimiento no resulta fotogénico, no produce grandes titulares y rara vez puede presentarse como una ocurrencia brillante del político de turno. Por eso se aplaza, se recorta o se encomienda a contratos insuficientes, hasta que el deterioro termina por hacerse visible de la peor manera posible.
En el caso de los bosques, ese deterioro se acumula en forma de combustible. El abandono rural, la desaparición de la ganadería extensiva, la falta de limpieza, los cortafuegos degradados, los accesos impracticables y las masas forestales excesivamente homogéneas convierten muchos espacios supuestamente protegidos en auténticos polvorines. Como explicaba en «Crear trabajo tratando de paliar la emergencia climática«, gestionar esos espacios podría convertirse además en una importante fuente de empleo estable, cualificado y distribuido por zonas rurales que llevan décadas perdiendo población.
La tecnología ofrece posibilidades extraordinarias. Ya escribí sobre ellas en «Llenando los bosques de tecnología» y, más recientemente, en «Inteligencia artificial, satélites, drones… estrategias contra los incendios forestales«. Satélites, drones, cámaras térmicas, sensores, modelos meteorológicos y sistemas de inteligencia artificial pueden detectar focos incipientes, anticipar su evolución, identificar las zonas de mayor riesgo y ayudar a asignar recursos con una precisión impensable hace pocos años.
Eso sí, tengamos claro que ningún algoritmo desbroza un monte. La inteligencia artificial nos puede señalar muy bien qué parcelas acumula más combustible, qué caminos deberían recuperarse o dónde conviene crear discontinuidades en la vegetación, pero después hay que enviar equipos, maquinaria o ganado y mantenerlos allí con cierta continuidad. La tecnología puede mejorar la calidad de las decisiones, pero no sustituye a la voluntad política, a los presupuestos ni al trabajo diario sobre el terreno.
La gestión de la biomasa debería entenderse como una política energética, industrial y territorial. Los restos forestales pueden utilizarse, dentro de límites rigurosos, para generar calor, biogás, materiales o energía, mientras se reduce la cantidad de combustible disponible para los incendios. El pastoreo preventivo, las quemas prescritas, los mosaicos agroforestales y la recuperación de actividades rurales no representan una especie de vuelta romántica al pasado, sino una caja de herramientas perfectamente compatible con la observación por satélite, los gemelos digitales y la inteligencia artificial.
Pretender resolver el problema comprando más aviones cuando empieza el verano es como responder al deterioro ferroviario encargando más ambulancias. La extinción es necesaria y comprar más aviones también lo es, pero ahora está llegando cuando la prevención ya ha fracasado. Mientras sigamos considerando el mantenimiento un gasto prescindible, cada nuevo avance tecnológico servirá únicamente para observar con mayor precisión cómo arde aquello que decidimos no cuidar.
Lo verdaderamente inquietante no es que ignoremos cómo reducir el riesgo. Sabemos perfectamente qué hacer. Lo inquietante es que seguimos escogiendo no hacerlo, confiando en que el próximo incendio, el próximo colapso o la próxima tragedia ocurran lo suficientemente lejos, o bajo el mandato de otro.
