¿El Mundial 2026 fue un ejemplo de sostenibilidad o de greenwashing?
Cuando la Copa Mundial de la FIFA 2026 llegue a su fin, no solo dejará un nuevo campeón y momentos memorables para la historia del futbol. También cerrará con un intenso debate sobre el impacto ambiental del Mundial 2026, un tema que ha cobrado fuerza conforme diversas organizaciones, especialistas y medios han publicado estimaciones que apuntan a que esta podría convertirse en la edición con la mayor huella climática registrada hasta ahora.
El contraste resulta inevitable, pues durante los años previos al torneo la FIFA presentó esta Copa del Mundo como un referente en sostenibilidad. Sin embargo, conforme avanzó la competencia, el discurso comenzó a enfrentarse con una realidad mucho más compleja. Las dimensiones inéditas del torneo, las condiciones bajo las que se desarrolló y las críticas de diversas organizaciones ambientales han abierto una pregunta que trasciende lo deportivo: ¿fueron suficientes las medidas impulsadas por la FIFA para reducir el impacto ambiental del Mundial 2026 o las promesas de sostenibilidad terminaron siendo más un ejercicio de comunicación que un cambio de fondo? Para responderla, conviene revisar primero cuáles fueron los compromisos ambientales que el organismo puso sobre la mesa antes del silbatazo inicial.
Las promesas con las que la FIFA buscó hacer del Mundial 2026 un referente en sostenibilidad
Desde que Estados Unidos, México y Canadá fueron elegidos como sedes de la Copa Mundial 2026, la FIFA aseguró que esta sería la edición más ambiciosa en materia de sostenibilidad. Por primera vez, el proceso de candidatura incorporó requisitos específicos relacionados con la gestión ambiental del evento, la contratación sostenible, la evaluación del impacto ambiental, el respeto a los derechos humanos y la elaboración de estrategias que involucraran a las ciudades anfitrionas. El objetivo, según el organismo, era que la sostenibilidad dejara de ser un elemento complementario para convertirse en un eje transversal de la organización del torneo.
Como parte de esa estrategia, la FIFA también destacó que todos los partidos se disputarían en estadios ya existentes, evitando la construcción de nuevos inmuebles y las emisiones asociadas a este tipo de obras. A ello se sumaron compromisos para que cada sede desarrollara planes ambientales propios, así como la intención de aprovechar el torneo para acelerar proyectos locales relacionados con sostenibilidad. En conjunto, estas medidas fueron presentadas como la evidencia de que el futbol podía evolucionar hacia un modelo de organización más responsable con el medio ambiente y responder a los cuestionamientos que habían acompañado a ediciones anteriores del campeonato.

Sobre el papel, la estrategia parecía capaz de marcar un antes y un después en la historia de los Mundiales. Sin embargo, una vez que el balón comenzó a rodar, también empezaron a aparecer cifras que cuestionaban ese relato. Investigaciones, estimaciones y análisis publicados durante el torneo mostraron que el crecimiento sin precedentes de la competencia terminó generando impactos ambientales que difícilmente podían compensarse con las medidas anunciadas por la FIFA. El resultado fue una conversación que puso en evidencia la enorme huella de carbono del torneo y la insuficiencia de las medidas tomadas por el organismo deportivo. A continuación te presentamos algunos de los principales fallos de la estrategia de la FIFA.
FIFA vs. la realidad: siete razones por las que la sostenibilidad quedó en entredicho
1. La reutilización de estadios no compensó una logística altamente contaminante
Uno de los principales argumentos de la FIFA para defender la sostenibilidad del Mundial 2026 fue que todos los partidos se disputarían en estadios ya existentes, evitando las emisiones derivadas de construir nueva infraestructura. Además, el organismo aseguró haber incorporado criterios ambientales desde la fase de candidatura y trabajado con las ciudades sede para desarrollar planes de sostenibilidad. Sobre el papel, la estrategia representaba un avance importante respecto a ediciones anteriores.
No obstante, especialistas coinciden en que el mayor impacto ambiental del torneo no provino de los estadios, sino de la movilidad. Greenly estima que cerca del 85% de la huella de carbono está relacionada con los desplazamientos entre las 16 sedes distribuidas en tres países. Incluso los viajes del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ejemplifican esta contradicción: durante los primeros 19 días recorrió más de 56 mil kilómetros, generando alrededor de 584 toneladas de CO₂ equivalente, lo que se corresponde con las emisiones anuales de 97 mexicanos.
2. La planificación ambiental terminó dependiendo del aire acondicionado
La FIFA aseguró que el Mundial 2026 sería el primero en incorporar una estrategia integral de sostenibilidad desde su proceso de selección, con evaluaciones de impacto ambiental, planes ambientales para las ciudades anfitrionas y medidas para reducir la huella ecológica del torneo. Sin embargo, las condiciones climáticas extremas obligaron a disputar numerosos encuentros en estadios con sistemas de aire acondicionado de gran capacidad, evidenciando las dificultades de organizar un evento de esta magnitud bajo temperaturas cada vez más elevadas.
De acuerdo con la organización Fossil Free Football, climatizar un solo partido puede requerir cerca de 100 mil kilovatios-hora de electricidad, mientras que los encuentros disputados en estadios climatizados implicaron un consumo energético equivalente al abastecimiento mensual de miles de hogares. Para los críticos, esto refleja una paradoja: combatir el calor provocado por el cambio climático mediante sistemas que incrementan el consumo energético y dependen, en gran medida, de electricidad generada con combustibles fósiles.
3. Un Mundial más grande también significó una mayor huella de carbono
La ampliación del torneo de 32 a 48 selecciones elevó el número de partidos de 64 a 104 y convirtió a la Copa Mundial 2026 en la más extensa de la historia. Aunque el nuevo formato permitió la participación de más países y ofreció más encuentros para los aficionados, también incrementó de forma significativa la operación logística necesaria para trasladar equipos, personal, periodistas y millones de espectadores entre tres países.
Diversos análisis coinciden en que ese crecimiento tuvo un elevado costo ambiental. Greenly calcula que el torneo podría generar alrededor de 7.8 millones de toneladas de CO₂ equivalente, mientras que otras estimaciones sitúan la cifra cerca de los 9 millones de toneladas, casi el doble del promedio de los mundiales disputados entre 2010 y 2022. Más allá de las diferencias metodológicas, todas las proyecciones apuntan a que el aumento de equipos y partidos convirtió esta edición en la más contaminante registrada hasta ahora.

4. Una celebración global que también dejó una montaña de residuos
Aunque el debate sobre el impacto ambiental del Mundial suele centrarse en las emisiones de carbono, los residuos sólidos representan otra de las grandes consecuencias del torneo. La llegada de millones de aficionados implicó un aumento extraordinario en el consumo de alimentos, bebidas, artículos promocionales y productos de un solo uso dentro y fuera de los estadios. A ello se sumó la intensa actividad en hoteles, restaurantes, fan zones y centros de entretenimiento que acompañaron la competencia durante más de un mes. Todo ello incrementó significativamente la presión sobre los sistemas locales de recolección y manejo de residuos.
Tan solo en México, especialistas consultados por El Economista estimaron que las sedes de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey generarían alrededor de 34 mil toneladas adicionales de basura durante el torneo. Este volumen equivale a casi tres días completos de residuos producidos por la capital del país y refleja que el impacto ambiental de un evento de esta magnitud va mucho más allá de las emisiones de gases de efecto invernadero. Para los críticos, este tipo de cifras pone en evidencia que la estrategia de sostenibilidad de la FIFA también quedó corta frente a los desafíos asociados al consumo masivo y la gestión de residuos que genera un Mundial de estas dimensiones.
5. Un Mundial organizado en países con un fuerte peso en las emisiones globales
Otra de las críticas dirigidas al Mundial 2026 tiene que ver con el perfil ambiental de sus tres anfitriones. Organizaciones como Greenpeace recuerdan que Estados Unidos, Canadá y México no solo figuran entre los principales productores históricos de emisiones de gases de efecto invernadero, sino que también mantienen economías estrechamente vinculadas a la extracción, producción y consumo de combustibles fósiles. En ese contexto, sostienen que organizar el evento deportivo más importante del planeta en una región con estas características envía un mensaje contradictorio respecto a las metas globales de descarbonización.
El señalamiento se concentra especialmente en Estados Unidos, considerado el mayor emisor histórico de gases de efecto invernadero y uno de los principales productores de petróleo y gas del mundo. El documento también recuerda que, durante la administración de Donald Trump, el país abandonó compromisos internacionales en materia climática e impulsó políticas para fortalecer la explotación de combustibles fósiles. Si bien los tres países han logrado reducir parte de sus emisiones en las últimas décadas, especialistas advierten que el ritmo de esa transición sigue siendo insuficiente para cumplir con los objetivos climáticos internacionales.

6. Patrocinadores que también alimentan el debate climático
El discurso ambiental del Mundial 2026 también ha sido cuestionado por las empresas que respaldan económicamente el torneo. Organizaciones ambientalistas, entre ellas Greenpeace, señalan que varios de los patrocinadores globales mantienen modelos de negocio asociados con altas emisiones de carbono, un elevado consumo de plásticos o el financiamiento de industrias intensivas en combustibles fósiles. Esta situación ha llevado a diversos especialistas a preguntarse si es posible promover un mensaje de sostenibilidad mientras el campeonato recibe apoyo de compañías ampliamente señaladas por su impacto ambiental.
Entre las empresas mencionadas destacan Aramco, considerada la mayor petrolera del mundo; Coca-Cola, identificada por diversos estudios como uno de los mayores generadores de residuos plásticos; Qatar Airways y American Airlines, cuya actividad depende del transporte aéreo; así como Bank of America, Hyundai, McDonald’s y Dove, también objeto de cuestionamientos por distintos aspectos relacionados con su impacto ambiental. Para los críticos, estas alianzas refuerzan la percepción de que las promesas de sostenibilidad del torneo conviven con intereses económicos que avanzan en sentido contrario a la reducción de emisiones.
7. La FIFA promete avanzar, pero el siguiente Mundial plantea un reto aún mayor
Lejos de disipar las dudas sobre la sostenibilidad de la Copa del Mundo, las decisiones para las próximas ediciones han abierto un nuevo frente de discusión. La FIFA confirmó que el Mundial de 2030 será organizado principalmente por España, Portugal y Marruecos, aunque también incluirá partidos inaugurales en Uruguay, Argentina y Paraguay para conmemorar el centenario del torneo. Esta distribución geográfica hará que equipos, aficionados, medios de comunicación y personal operativo deban desplazarse entre continentes, incrementando aún más las distancias recorridas respecto a la edición de 2026.
Para diversos especialistas, este modelo evidencia uno de los principales límites de la estrategia climática de la FIFA. Aunque el organismo impulse medidas para hacer más eficientes los estadios o mejorar la gestión ambiental de las sedes, será cada vez más difícil reducir la huella de carbono mientras las Copas del Mundo continúen creciendo en número de países anfitriones, partidos y desplazamientos internacionales. Bajo esa lógica, el desafío ya no consiste únicamente en implementar mejores prácticas de sostenibilidad, sino en replantear si el propio formato del torneo es compatible con los objetivos globales de reducción de emisiones.
¿Sostenibilidad o greenwashing? El marcador ambiental del Mundial 2026
La respuesta probablemente dependa de la vara con la que se mida el torneo, pero las cifras disponibles inclinan la balanza hacia una conclusión poco favorable para la FIFA. El organismo presentó la Copa Mundial 2026 como un referente en sostenibilidad, incorporó criterios ambientales desde la candidatura y defendió decisiones como el uso de estadios existentes para demostrar que había aprendido de las críticas dirigidas a Qatar 2022. Sin embargo, las estimaciones sobre emisiones de gases de efecto invernadero, el incremento de los desplazamientos, el mayor número de partidos, el consumo energético y la generación de residuos muestran que, en la práctica, los avances prometidos no lograron compensar el enorme impacto ambiental de un torneo que creció más rápido que sus propias estrategias de mitigación.
En ese contexto, resulta comprensible que diversas organizaciones y especialistas consideren que el discurso ambiental de la FIFA puede percibirse como un caso de greenwashing o blanqueo de imagen: una narrativa de sostenibilidad que no encuentra un respaldo proporcional en los resultados. Si las proyecciones terminan confirmándose, la edición de 2026 pasará a la historia no solo por haber sido la primera organizada por tres países o la más grande jamás disputada, sino también por convertirse en la más contaminante. Y mientras los aficionados recuerdan los goles, las atajadas y los campeones, el marcador que permanecerá encendido para el planeta será otro: el de una Copa del Mundo cuya contaminación terminó robándose el protagonismo.