El día en que el título dejó de protegerte » Enrique Dans

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IMAGE: A white-collar professional and a skilled electrician stand at a crossroads, with artificial intelligence reshaping the office while human hands keep the physical world running.

Durante mucho, mucho tiempo, una parte muy importante de la movilidad social en las sociedades de países desarrollados ha consistido, en cierto sentido, en tratar de alejar a los hijos de los considerados «oficios», o trabajos manuales. El mensaje era sencillo: estudia para no tener que ganarte la vida con las manos, dando implícita y explícitamente a esos oficios una connotación de inferioridad. Sí, trabajar como electricista, carpintero o fontanero podía ser perfectamente respetable e incluso potencialmente muy rentable, pero ser ingeniero, arquitecto o directivo en una compañía parecía siempre más deseable, más seguro y dotado de más prestigio social.

Ahora, la inteligencia artificial está invirtiendo esa jerarquía de una forma sumamente irónica: son precisamente las compañías que prometen automatizar una buena parte del considerado trabajo intelectual las que ahora necesitan ponerse a contratar como si no hubiera un mañana, literalmente por miles, a personas capaces de instalar cables, levantar estructuras, refrigerar o mantener en funcionamiento los descomunales centros de datos que hacen posible esa automatización.

La paradoja es impresionante: precisamente los que construyen las máquinas que están transformando el trabajo de abogados, desarrolladores, consultores, arquitectos o gestores dependen de una serie de profesionales cuyo trabajo exige presencia física, destreza manual, experiencia acumulada, capacidad de improvisación y contacto con una realidad. Se prevé que la demanda de electricistas en los Estados Unidos crezca un 9% entre 2024 y 2034 con unas 81,000 nuevas vacantes anuales, y los fontaneros mantienen también una demanda considerable, en torno a los 44,000 nuevos puestos cada año. Claramente, no es una moda anecdótica, sino un cuello de botella estructural provocado por décadas de desprecio hacia la formación profesional, junto con el consiguiente envejecimiento de las plantillas y la electrificación acelerada de toda la economía.

¿Significa eso que deberíamos aconsejar a nuestros hijos que olviden la ruta de la universidad y se dediquen a ser fontaneros, electricistas o carpinteros? Obviamente, no. Esa conclusión sería tan simplista como la anterior, la que pretendía absurdamente que cualquier título universitario era una especie de póliza de seguro de por vida. El error, claramente, está en pensar en profesiones enteras como supuestos bloques estables que desaparecen o sobreviven de golpe. La tecnología no suele provocar la sustitución de profesiones enteras: más bien sustituye tareas, modifica procesos, elimina capas de trabajo rutinario y cambia la combinación de capacidades que convierten a una persona en valiosa.

La Organización Internacional del Trabajo afirma que uno de cada cuatro empleos está expuesto, de alguna forma, a la inteligencia artificial generativa, pero insiste en decir que la transformación es mucho más probable que la desaparición. Y la OCDE prueba algo muy interesante: que las capacidades actuales de la inteligencia artificial están más próximas a las de los trabajos basados en procesamiento rutinario de información y tareas codificables, y más alejados de aquellos que requieren juicio contextual, responsabilidad, comprensión interpersonal o actuación física en entornos difíciles de prever.

Ahora, eso tampoco convierte a electricistas, carpinteros o fontaneros en inmunes, o al menos, no para siempre: en realidad, tan solo tiende a retrasar y cambiar la naturaleza de la automatización. Podemos asumir como seguro que la robótica va a avanzar muchísimo, pero cambiar una tubería en una vivienda antigua, reparar una avería en un falso techo o adaptar una instalación eléctrica a una obra llena de excepciones de todos los colores es muchísimo más difícil que mover objetos de forma repetitiva en una fábrica. Los entornos no estructurados, la motricidad fina, la variabilidad y la responsabilidad legal siguen siendo barreras formidables. Antes de tratar de sustituir al profesional, la tecnología tenderá a intentar proporcionarle mejores herramientas: diagnóstico automatizado, visión artificial, planificación, presupuestos, documentación, formación aumentada o robots especializados en tareas específicas… nada que no hayamos visto anteriormente.

Y exactamente lo mismo ocurrirá con ingenieros, arquitectos o directivos: sus títulos no van a convertirse de repente en inútiles, aunque es posible que dejen de justificar por sí solo un puesto concreto. Un arquitecto que únicamente produce planos de forma rutinaria competirá con sistemas cada vez mejores mientras que uno que sea capaz de entender restricciones, negociar con clientes, asumir responsabilidades, integrar criterios técnicos, ambientales y sociales y dirigir a pie de obra será, sin ninguna duda, sensiblemente más valioso. Un ingeniero que se limite a calcular lo que una máquina calcula mejor tendrá seguramente problemas, pero uno capaz de formular correctamente un problema, de contrastar resultados y de responder por las consecuencias tendrá más posibilidades. La inteligencia artificial no elimina necesariamente la educación avanzada: elimina buena parte de la comodidad que generalmente tendíamos a asociar con ella.

El consejo razonable para un joven, por tanto, no es buscar profesiones «a prueba de inteligencia artificial», porque probablemente esas profesiones no existen a medio o largo plazo. Es más bien tratar de desarrollar una combinación difícil de sustituir: conocimientos profundos, capacidades prácticas, criterio, habilidades sociales, familiaridad con la tecnología y disposición permanente para seguir aprendiendo a lo largo de su carrera profesional. La mejor opción podría ser, por ejemplo, una ingeniería acompañada de experiencia real en taller, una arquitectura que entienda de materiales y obras, una formación profesional con capacidades digitales y empresariales, o cualquier itinerario que evite la absurda separación entre thinkers y doers, entre pensar y hacer.

Durante demasiado tiempo hemos confundido educación con estatus, y trabajo manual con un supuesto fracaso escolar. Ahora estamos empezando a descubrir que una sociedad puede producir miles de titulados capaces de preparar presentaciones y, al tiempo, no ser capaz de encontrar a nadie capaz de conectar un transformador, reparar una fuga o instalar una aerotermia. La corrección de ese absurdo desequilibrio social es saludable, pero nunca debería llevarnos a pretender sustituir una jerarquía sin sentido por otra nueva, porque ni es sano, ni mucho menos sostenible en el tiempo.

El futuro no va a ser de los universitarios ni de los oficios: será de quienes sepan combinar conocimiento, herramientas y responsabilidad para resolver problemas reales. Y esos problemas, por más que avance la inteligencia artificial, seguirán teniendo la muy molesta e incómoda costumbre de existir fuera de una pantalla.

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