¿cómo influyen realmente los genes en los estudios?

Publicado por Emprendimiento en

ADN y aprendizaje

Es una de las preguntas más ocultas pero, a la vez, de las que más se cuestionan, sobre todo en los ámbitos más personales. Muchas familias dudan sobre si tal o cual habilidad se habrá heredado de los progenitores, por lo que también debemos tener en cuenta si el ADN tendría algo que ver en los estudios. Esta cuestión no se ha estudiado específicamente en todos sus matices, pero sí de forma indirecta desde la genética, la psicología y las ciencias de la educación. Y sí, el ADN tiene bastante que ver con determinadas habilidades estudiantiles y con cómo se desarrolla la trayectoria académica.

Tened en cuenta que en el ADN de cada persona va impreso buena parte de su carácter y de sus predisposiciones. Y ahí también se incluye su posible facilidad para estudiar, mantener la concentración, memorizar conceptos, organizarse, hacer los trabajos que pongan los docentes o disfrutar aprendiendo. Estas disposiciones influyen después en la manera de afrontar los exámenes, los trabajos que ponen los docentes y la constancia necesaria para sacar un curso adelante. No hay ninguna duda de que este aspecto tiene mucho que ver con los resultados que después obtenga el estudiante, aunque no sea el único factor en juego.

¿Qué dice hoy la ciencia sobre ADN y rendimiento académico?

ADN y habilidades estudiantilesADN y habilidades estudiantiles

Con el avance de la genética se sabe que existen muchísimos genes implicados en el rendimiento escolar, y que ninguno de ellos actúa por separado. La interacción entre estas variantes genéticas está vinculada con aspectos clave para estudiar, como la inteligencia, la memoria, el autocontrol, la motivación y la capacidad de concentración. No hablamos de un único “gen de los estudios”, sino de un conjunto muy amplio de pequeñas variaciones que, sumadas, pueden marcar diferencias.

Algunos trabajos en genética de la educación han identificado más de un millar de variantes genéticas asociadas de forma estadística con la cantidad de años de escolarización completados y con las notas que se obtienen a lo largo de la escolaridad. Cada variante explica una parte muy pequeña de la diferencia entre estudiantes, pero cuando se combinan se observa que las personas con más variantes asociadas al éxito académico tienden a alcanzar mayores niveles educativos y mejores calificaciones medias.

Aun así, se estima que solo entre un 30 % y un 60 % de las diferencias entre alumnos en su rendimiento escolar podrían relacionarse con factores genéticos. El resto tiene que ver con el ambiente y con las experiencias vitales: los centros donde estudian, el apoyo familiar, los recursos económicos, la alimentación, el sueño, la salud mental, las oportunidades extraescolares, las expectativas del profesorado, la cultura del entorno y un largo etcétera.

Por tanto, el ADN ayuda a explicar por qué a algunas personas parece “costarles menos” aprender o concentrarse, pero esos efectos siempre se combinan con las experiencias educativas que vive cada estudiante. La genética predispone, el contexto moldea y, entre ambos, se va construyendo la trayectoria académica.

El ADN y la lectura: por qué algunos niños avanzan más rápido

Genética y habilidades de lecturaGenética y habilidades de lectura

Uno de los campos donde más se ha estudiado la influencia del ADN es el de las habilidades lectoras. Hay investigaciones que muestran que ciertas combinaciones de variantes genéticas se relacionan con la facilidad para aprender a leer, la velocidad lectora y la comprensión de textos. A partir de datos de miles de estudiantes se ha podido calcular lo que se conoce como puntuación de riesgo poligénico, que resume cuántas variantes asociadas a un rasgo tiene una persona.

Esta puntuación combina el efecto de miles de marcadores genéticos para estimar una predisposición global a un determinado resultado educativo, por ejemplo el rendimiento en lectura. En algunos estudios, una puntuación poligénica basada en unas veinte mil variantes de ADN explicaba una parte apreciable de las diferencias entre niños en sus habilidades lectoras, llegando a observarse diferencias de hasta dos cursos escolares entre quienes tenían puntuaciones más altas y más bajas.

Aunque esa proporción pueda parecer modesta, es mayor que la que aportan otras variables clásicas como el género, que explica menos del uno por ciento de la variación en lectura. Por eso, desde la investigación se plantean posibles usos futuros de estas puntuaciones para identificar de forma temprana a los estudiantes que podrían tener dificultades, sobre todo en lectura y escritura, y ofrecerles apoyo antes de que el problema se traduzca en fracaso escolar.

Sin embargo, incluso en estos casos el ADN no actúa aislado. La calidad de la enseñanza de la lectura, la exposición a libros, el tiempo compartido leyendo en familia y el clima emocional del aula pueden potenciar o compensar muchas de estas predisposiciones genéticas. Un niño con cierta desventaja genética en lectura, en un entorno muy estimulante y con apoyos adecuados, puede llegar a rendir igual o mejor que otro con una predisposición favorable pero sin estímulos.

Más allá de la inteligencia: habilidades no cognitivas y personalidad

ADN y motivación académicaADN y motivación académica

Cuando pensamos en ADN y estudios solemos fijarnos en la inteligencia, pero la ciencia ha mostrado que no es el único ingrediente determinante. Rasgos como la motivación, la perseverancia, la constancia, la curiosidad intelectual o el interés por aprender, a menudo llamados habilidades no cognitivas, son tan importantes como las capacidades puramente cognitivas para explicar por qué algunos estudiantes tienen más éxito escolar.

Estos rasgos de personalidad también muestran una componente heredable: hay niños que desde muy pequeños manifiestan mayor gusto por el esfuerzo, mayor tolerancia a la frustración o más interés por los retos intelectuales, y parte de esas diferencias se puede relacionar con variantes en su ADN. A lo largo de los años de escolarización, la influencia de estas predisposiciones no cognitivas tiende a ganar peso y, en la adolescencia, pueden llegar a predecir el rendimiento académico tanto como las variables ligadas a la inteligencia.

Esto ayuda a comprender por qué dos alumnos con una inteligencia similar pueden terminar con resultados muy distintos: quien tiene más autocontrol, organiza mejor su tiempo y mantiene el esfuerzo de forma sostenida acaba acumulando mejores notas y completando más estudios. El ADN puede aportar una base a estas diferencias, pero el modo de educar en casa y en la escuela puede reforzar o debilitar dichas disposiciones, trabajando aspectos como la autorregulación emocional, los hábitos de estudio o la confianza en las propias capacidades.

El papel del entorno y la llamada “crianza genética”

Por otro lado, con esto no queremos decir que el ADN vaya a significar el éxito o el fracaso, según los resultados que hayan conseguido los progenitores. Hay muchos casos en los que los padres han tenido mucho éxito, mientras que los hijos no tienen ninguno, y al contrario. No estaría mal que le echarais un vistazo a los distintos perfiles de estudiantes y familias que podemos encontrar a nuestro alrededor: veréis enseguida que no existe una correspondencia perfecta entre notas de padres e hijos.

Una de las razones es que los genes no actúan en el vacío. Los padres transmiten a sus hijos no solo su ADN, sino también un entorno familiar concreto: nivel educativo, formas de comunicarse, expectativas sobre los estudios, recursos disponibles, estilos de crianza y maneras de apoyar (o no) el aprendizaje. Cuando los padres tienen una fuerte predisposición genética a invertir en educación, por ejemplo porque valoran mucho la lectura o el estudio, es probable que ofrezcan un ambiente muy estimulante a sus hijos.

A este fenómeno se le llama a veces crianza genética. Las variantes genéticas de los progenitores, ligadas a su propio rendimiento académico y a su forma de ver la educación, pueden influir indirectamente en los resultados de los hijos a través de las oportunidades que crean en casa: libros, conversaciones, apoyo con los deberes, elección de colegios, actividades extraescolares y un largo etcétera.

Esto significa que cuando observamos una relación entre el ADN de un niño y sus resultados escolares, una parte de esa relación podría deberse a procesos ambientales indirectos, y no solo a efectos biológicos directos. Incluso entre hermanos que comparten familia pueden darse diferencias, ya que cada hijo tiende a buscar y evocar experiencias distintas según su carácter: unos piden más libros, otros más deporte, y el entorno responde a esas señales.

Limitaciones, ética y uso responsable de la información genética

En definitiva, sabed que el ADN tiene bastante que ver con los resultados y las habilidades de los estudiantes. No es un todo, pero sí uno de los conceptos a tener en cuenta. La próxima vez que veáis las notas que han tenido vuestros hijos, comprobad si ha pasado algo parecido en vuestra familia, pero sin perder de vista que las oportunidades educativas, la calidad de la enseñanza, el apoyo emocional y las circunstancias sociales pueden inclinar la balanza en un sentido u otro.

La investigación en este campo avanza rápido, pero tiene limitaciones importantes. Buena parte de los estudios se han realizado con poblaciones muy concretas, por lo general con ascendencia europea, lo que hace que sus resultados no se puedan extrapolar sin más a todas las culturas o contextos. Además, las puntuaciones poligénicas explican solo una parte de la variabilidad en el rendimiento académico; el resto depende de factores que se pueden modificar mediante políticas educativas y prácticas pedagógicas adecuadas.

Desde el punto de vista ético, es fundamental evitar cualquier uso de la información genética que sirva para etiquetar, limitar o frenar a los estudiantes. El verdadero valor de estos hallazgos no está en seleccionar niños según su ADN, sino en comprender mejor por qué algunos necesitan más apoyo y en diseñar intervenciones personalizadas que combinen la comprensión de las predisposiciones con una mejora real del entorno de aprendizaje.

Mirar la relación entre ADN y habilidades estudiantiles con esta perspectiva permite ver a cada estudiante como una combinación única de predisposiciones biológicas y experiencias, donde la clave no es lo que “trae de serie”, sino lo que familias, docentes y sistemas educativos hacen con ese potencial para que llegue lo más lejos posible.


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