Hacer ciencia siendo mujer: historia, retos y logros

Hablar de hacer ciencia siendo mujer es asomarse a una historia fascinante y, a la vez, llena de silencios. A lo largo de los siglos, las mujeres han observado el cielo, preparado remedios, formulado teorías y liderado proyectos científicos de primer nivel, pero muchas veces su nombre no quedó registrado o se minimizó su aportación. Hoy sabemos que sin ellas la ciencia simplemente no se entiende, aunque todavía queden muchas barreras por derribar.
En las últimas décadas, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (11 de febrero) ha servido como altavoz para reclamar esa memoria histórica, visibilizar a las investigadoras actuales y pedir condiciones reales de igualdad. No basta con que haya más niñas interesadas por la física o la biología: hace falta que puedan avanzar en su carrera sin techos de cristal, sin sesgos y con apoyo institucional. Y, sobre todo, hace falta contar bien su historia.
Raíces antiguas: mujeres que hicieron ciencia antes de llamarla así
Si miramos a las sociedades mesoamericanas, encontramos una participación femenina en el conocimiento que hoy llamaríamos científico mucho más rica de lo que suelen reflejar los libros de texto. Entre los pueblos nahuas existían las ticitl y las tepahtiani, especialistas en el cuidado del cuerpo y la salud que combinaban herbolaria, observación clínica y prácticas rituales. Eran mujeres que conocían a fondo las plantas medicinales, registraban de forma empírica qué funcionaba y qué no, y atendían partos y enfermedades con una pericia que hoy relacionaríamos con la medicina tradicional y la farmacología.
En las culturas mayas, las protagonistas fueron las ajkʼij, sacerdotisas guardianas del calendario. Su labor iba mucho más allá de lo religioso: realizaban una astronomía aplicada, siguiendo con enorme precisión los ciclos solares y lunares para organizar ceremonias, partos y prácticas de sanación. Al observar patrones de aparición de enfermedades según la época del año, desarrollaron una especie de epidemiología ritualizada. Además, prestaban atención a lluvias, sequías y cambios ambientales, lo que equivalía a una meteorología práctica muy útil para planificar la siembra y prever impactos en la salud de la comunidad.
El gran problema es que, pese a la importancia de esta actividad, no conservamos casi ningún nombre propio de estas mujeres. Las fuentes coloniales que han llegado hasta hoy —como el Códice Florentino o las crónicas de fray Bernardino de Sahagún— describen con detalle las tareas, técnicas y especializaciones de estas figuras femeninas, pero las tratan como un colectivo anónimo. El conocimiento que producían se consideraba doméstico o ritual, no racional ni “científico” según los criterios de la época colonial, y eso contribuyó a su invisibilización.
Ese sesgo no es menor: al no reconocerlas como autoras individuales, se borró su agencia intelectual y se relegó su saber a un plano secundario. Recuperar hoy esa presencia temprana de mujeres en la ciencia no es solo un gesto simbólico, sino un recordatorio de que la ciencia nunca fue exclusivamente masculina, por mucho que los relatos oficiales lo hayan presentado así durante siglos.
Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia: por qué importa
Desde 2015, la Asamblea General de Naciones Unidas celebra cada 11 de febrero el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Esta fecha nace con una doble intención muy clara: por un lado, reconocer la aportación pasada y presente de las mujeres científicas; por otro, promover de forma activa la igualdad de género en todos los ámbitos relacionados con la investigación y la tecnología.
Este día sirve para recordar que la ciencia la hacen personas muy diversas, y que si solo escuchamos las voces de una parte de la población nos estamos perdiendo talento, perspectivas y soluciones. Al mismo tiempo, quiere ser un impulso para las nuevas generaciones: niñas y adolescentes que quizá se plantean estudiar matemáticas, ingeniería, biomedicina o cualquier rama de las ciencias, pero todavía reciben mensajes contradictorios sobre si ese es “su” sitio.
Los datos recientes ilustran luces y sombras. El informe “Científicas en Cifras 2023” del Ministerio de Ciencia e Innovación en España señala que las mujeres son ya el 42% del personal investigador en el país, un porcentaje notable que refleja un avance importante en las últimas décadas. Sin embargo, cuando miramos al sector empresarial, solo el 31% de los puestos de investigación los ocupan mujeres, y las posiciones de dirección o liderazgo siguen estando, mayoritariamente, en manos masculinas.
Todo esto muestra que no basta con que haya más mujeres dentro del sistema: hay que garantizar que puedan acceder a los cargos de mayor responsabilidad y que no se queden atrapadas en escalones intermedios. El 11F, en ese sentido, es una fecha simbólica para evaluar avances, detectar frenos y renovar el compromiso con políticas activas de igualdad.
Mujeres que cambiaron la ciencia reciente: referentes imprescindibles
En pleno siglo XXI, contamos con modelos femeninos muy potentes que han transformado áreas enteras del conocimiento. Dos de ellas, Jane Goodall y Julieta Fierro, se han convertido en auténticos iconos tanto por su trabajo científico como por su labor de divulgación y defensa de la igualdad.
Jane Goodall, etóloga británica, revolucionó nuestra visión del comportamiento animal con sus investigaciones sobre los chimpancés. Observando pacientemente su vida cotidiana, demostró que también ellos usan herramientas, algo que durante mucho tiempo se había considerado una característica exclusiva del ser humano. Con este hallazgo rompió uno de los mitos más asentados de la ciencia moderna y abrió un debate profundo sobre qué significa ser humano, cómo definimos la inteligencia y de qué manera nos relacionamos con otras especies.
Además de sus descubrimientos, Goodall se destacó por su activismo en favor de la conservación de la naturaleza y el bienestar animal. Solía recordar que cada acción cotidiana deja huella y que debemos decidir qué tipo de impacto queremos tener en el mundo. Su figura demuestra que hacer ciencia siendo mujer también puede significar liderar movimientos globales y generar cambios sociales profundos.
Por su parte, la astrónoma mexicana Julieta Fierro fue una de las grandes divulgadoras científicas en lengua española. Profesora, investigadora y comunicadora incansable, dedicó buena parte de su carrera a acercar la astronomía y la física a públicos muy distintos: alumnado de primaria, personas mayores, comunidades rurales, radioescuchas, telespectadores… Su manera clara y entusiasta de explicar conceptos complejos la convirtió en una figura muy querida.
Fierro defendió con firmeza la creación de espacios para las mujeres en la ciencia en México y subrayaba a menudo que la ciencia es, a la vez, una forma de comprender la naturaleza y de asumir que no poseemos verdades absolutas. Según ella, acercarse a la ciencia nos hace más libres y más felices, porque nos enseña a cuestionar, a dudar con criterio y a disfrutar del conocimiento.
Desigualdades actuales en las carreras científicas
Que hoy podamos hablar de tantos referentes femeninos no significa que la igualdad esté conseguida. Las cifras revelan una brecha persistente en la presencia de mujeres a medida que se asciende en la escala académica y profesional. Ocurre en muchos países y ámbitos, desde las universidades hasta los centros de investigación y las empresas tecnológicas.
En México, por ejemplo, los datos de la Academia Mexicana de Ciencias muestran que solo el 16,72% de las personas que integran la sección de Ciencias Exactas son mujeres. En este grupo entran disciplinas como física, astronomía o matemáticas, áreas que todavía arrastran una fuerte etiqueta de “carreras de hombres”. En Ciencias Naturales —medicina, biología y afines— la presencia femenina sube al 34,14%, y es en Humanidades donde se alcanza un nivel cercano al 50%.
Estas diferencias indican que los estereotipos de género siguen condicionando las decisiones académicas y profesionales. No es casualidad que donde se asocia el éxito con la lógica, la abstracción o la tecnología haya menos mujeres presentes, mientras que en ámbitos percibidos como “de cuidado” o “más humanistas” la proporción sea mayor. Y, aun así, incluso en los campos donde las mujeres son muchas, su avance hacia los puestos top es más lento.
En el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) de México se aprecia un patrón similar: en 2018 las mujeres eran el 37% del total; en 2024, el porcentaje subió al 40%, lo que señala un progreso. Sin embargo, si miramos por niveles, la cosa cambia: en categorías iniciales (Candidatura y Nivel I) la paridad está casi conseguida, pero conforme se pasa a Nivel II, Nivel III y Emérito, la presencia femenina se reduce gradualmente.
Es decir, las mujeres entran en el sistema, pero les cuesta mucho más llegar a la cúpula. Este fenómeno se conoce como “tubería que gotea” o leaky pipeline: en cada tramo de la carrera científica se pierden investigadoras por múltiples razones, desde la falta de apoyos hasta la sobrecarga de cuidados o los sesgos en las evaluaciones.
Carga de cuidados y ritmo de la carrera científica
Una de las causas más claras de este enlentecimiento de la carrera científica de las mujeres es la desigual distribución del trabajo de cuidados. Cuidar de niñas y niños, personas mayores, familiares con discapacidad o simplemente sostener la logística diaria del hogar implica una inversión de tiempo y energía que no suele estar repartida de forma equitativa.
Un diagnóstico de la Coordinación para la Igualdad de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México muestra cifras muy elocuentes: los hombres declaran dedicar unas 34,8 horas semanales a tareas de cuidados, mientras que las mujeres reportan 57,6 horas. Esa diferencia de 22,8 horas a la semana, acumulada a lo largo de un año, supone alrededor de 1.185,6 horas adicionales que ellas dedicaron al cuidado y que ellos pudieron invertir, potencialmente, en investigar, escribir artículos, asistir a congresos o hacer currículum.
Cuando medimos la productividad científica con indicadores que ignoran esta realidad —número de publicaciones, impacto de las revistas, proyectos liderados, estancias en el extranjero—, estamos comparando trayectorias construidas en condiciones muy distintas. Por eso cobra tanto sentido hablar de evaluaciones con perspectiva de género: no se trata de “regalar puntos”, sino de no penalizar a quienes han tenido que compatibilizar la ciencia con una carga de cuidados desproporcionada.
En paralelo, la maternidad suele plantear dificultades adicionales: interrupciones de la carrera, menor movilidad geográfica, problemas para asistir a congresos o redes de colaboración que se fraguan en horarios imposibles de compatibilizar con la vida familiar. Sin políticas claras de conciliación y corresponsabilidad, el sistema científico termina expulsando talento femenino o manteniéndolo en posición secundaria.
Sesgos, tópicos y la importancia de la paridad
A la desigualdad en los cuidados se suman los sesgos de género que operan, muchas veces de forma inconsciente, en procesos de selección, promoción y reconocimiento. Uno de los ejemplos más citados es el caso experimental conocido como “Jennifer y John”: cuando se pidió a evaluadores que valoraran el currículum idéntico de una persona, cambiando solo el nombre (masculino o femenino), el candidato “John” fue sistemáticamente mejor puntuado y considerado más contratable que “Jennifer”.
Estos sesgos también se reflejan en comentarios del tipo “a ese puesto se lo dieron por ser mujer”, una frase que se escucha a menudo cuando se aplican medidas de paridad o acciones afirmativas. Lo llamativo es que, durante siglos, infinidad de plazas, cátedras y cargos se otorgaron a hombres, en buena parte, precisamente por serlo, sin que nadie cuestionara que ese fuera un criterio injusto. Algunos de ellos eran brillantes y extremadamente competentes; otros, claramente, no tanto.
La paridad de género, bien entendida, no pretende sustituir el mérito ni convertirse en un criterio eterno, sino funcionar como una medida correctiva y temporal destinada a compensar una desigualdad histórica. El objetivo es llegar a un punto en el que podamos evaluar a las personas según su capacidad, trayectoria y talento, sin que el género incline la balanza a favor de nadie.
En un país como México, donde las mujeres representan alrededor del 51% de la población, resulta razonable esperar que tengan acceso a las mismas oportunidades en investigación, liderazgo y toma de decisiones. La clave está en que desde la educación más temprana niñas y niños reciban el mismo respeto, la misma calidad de enseñanza y las mismas expectativas de éxito. Si a las niñas se les anima tanto como a los niños a preguntar, cacharrear, programar o resolver problemas matemáticos, será mucho más probable que más tarde compitan en igualdad de condiciones.
Iniciativas para visibilizar a las mujeres científicas
Para combatir la menor visibilidad de las mujeres científicas no basta con buena voluntad: hacen falta proyectos específicos que pongan sus nombres, biografías y logros en el centro. Una de esas iniciativas es la plataforma digital “Mujeres con ciencia”, impulsada desde la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y coordinada por Marta Macho Stadler.
La Cátedra de Cultura Científica tiene como misión principal la difusión social de la ciencia, no obras concretas de igualdad de género o derechos humanos. Sin embargo, quienes trabajan y colaboran con ella entienden que promover la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres en el ámbito científico encaja de lleno con su razón de ser: una sociedad más culta científicamente tiende a ser más libre, más crítica y más justa.
“Mujeres con ciencia” nace precisamente con la idea de aumentar la presencia pública de las investigadoras. Publica biografías, entrevistas, efemérides, reseñas de eventos y todo tipo de contenidos que ponen el foco en mujeres que hacen o hicieron ciencia y tecnología en contextos muy diversos. Desde pioneras históricas que lucharon contra un entorno totalmente hostil hasta jóvenes que hoy lideran proyectos punteros.
Sus impulsores son plenamente conscientes de la modestia de la iniciativa: en un océano tan vasto como internet, un medio digital no va a cambiar el mundo por sí solo. Pero también tienen claro que la inacción no es una opción. Cada historia contada suma, cada referente visible puede marcar la diferencia para una niña o una estudiante que está buscando su camino.
En esa misma línea, muchos museos y centros de ciencia han empezado a organizar exposiciones específicas sobre la huella de las mujeres en la ciencia. Estas muestras invitan al público a emprender un recorrido inmersivo por las aportaciones de figuras pioneras que han transformado la física, la química, la biología, las matemáticas, la ingeniería y otras áreas. Suelen ser proyectos colaborativos que se nutren de las colecciones y la experiencia de museos científicos de distintos países, de modo que el resultado es un mosaico internacional y diverso.
Descubrimientos de mujeres que han marcado la ciencia moderna
Más allá de los ejemplos clásicos que todo el mundo conoce, como Marie Curie, el trabajo de muchas científicas ha tenido un impacto decisivo en la ciencia moderna y, sin embargo, no siempre figura en el relato popular. Algunos campos donde sus contribuciones han sido clave son la medicina, la genética, la oncología o la virología.
En el terreno de los antibióticos, la bioquímica británica Dorothy Crowfoot Hodgkin utilizó la cristalografía de rayos X para descifrar la estructura de moléculas fundamentales como la penicilina y la vitamina B12. Ese conocimiento detallado de la estructura química resultó esencial para desarrollar medicamentos más eficaces y seguros, convirtiéndose en un pilar de la medicina moderna.
En biología molecular y herencia genética, la australiana Maud Menten contribuyó de forma crucial al estudio de las enzimas. La ecuación de Michaelis-Menten, que lleva su apellido, sigue siendo una herramienta básica para entender cómo reaccionan las enzimas y cómo se regulan los procesos bioquímicos del organismo. Sin este tipo de avances, la genética y la biología molecular actuales serían muy distintas.
La investigación del cáncer también ha estado profundamente marcada por el trabajo de mujeres. La oncóloga estadounidense Mary-Claire King identificó el gen BRCA1, fuertemente asociado al cáncer de mama hereditario. Este descubrimiento ha sido decisivo para el diagnóstico precoz, el asesoramiento genético y el diseño de estrategias de prevención y tratamiento que han salvado y mejorado muchas vidas.
En el ámbito de las enfermedades infecciosas, la inmunóloga francesa Françoise Barré-Sinoussi fue una de las co-descubridoras del virus VIH, causante del sida. Gracias a su trabajo y al de su equipo, se pudieron desarrollar pruebas de detección fiables y, con el tiempo, terapias antirretrovirales que han transformado el VIH de una sentencia de muerte casi segura a una enfermedad crónica tratable en gran parte del mundo.
Retos y logros de las investigadoras en la actualidad
Hoy, las mujeres representan alrededor del 29% de las personas dedicadas a la investigación a nivel global, según datos internacionales. Es un porcentaje todavía bajo, pero muy superior al de hace unas décadas. En España, su presencia alcanza aproximadamente el 41%, por encima de la media de la Unión Europea, situada en torno al 38%.
Este avance, sin embargo, es desigual. Las mujeres siguen estando especialmente infrarrepresentadas en campos como la ingeniería, la informática o ciertas ramas de la tecnología. Y, como ocurre en otros países, tienen peor acceso a puestos de liderazgo en universidades, centros de investigación, empresas tecnológicas y organismos internacionales. La famosa “brecha de cristal” se nota tanto en los despachos como en los salarios y en la visibilidad mediática.
Pese a todo, los últimos años han traído también logros muy significativos. Cada vez hay más mujeres que reciben premios científicos de gran prestigio, incluidos Nobel y reconocimientos de academias nacionales. Además, los medios de comunicación empiezan a darles mayor espacio, lo que contribuye a que su trabajo sea conocido por el gran público y no solo por la comunidad científica.
En paralelo, han surgido muchas iniciativas para apoyar el talento femenino en ciencia, como redes de mentoras, asociaciones profesionales, programas de becas o premios específicos. Entre ellos destaca el programa internacional “For Women in Science”, impulsado por la Fundación L’Oréal y la UNESCO, que reconoce, visibiliza y financia proyectos liderados por científicas en todo el mundo.
En España, este programa ha alcanzado ya su XIX edición y concede cada año cinco galardones de 15.000 euros a investigadoras menores de 40 años cuyos proyectos se centran en Ciencias de la Vida y Medioambiente. Desde su puesta en marcha, ha apoyado a 87 científicas con ayudas que suman cerca de 1,5 millones de euros. Este tipo de apoyos económicos y simbólicos puede ser determinante en etapas clave de la carrera, cuando un empujón extra permite consolidar grupos, iniciar líneas nuevas o mantenerse en la investigación en momentos de dificultad.
El papel de las universidades y los datos de participación
Las universidades son un escenario clave para entender cómo se concreta la desigualdad de género en la ciencia. En la Universidad de Sevilla, por ejemplo, se organizó un encuentro de medio centenar de investigadoras en el Rectorado para conmemorar el 11 de febrero y hacer visible el papel de la mujer en la actividad científica bajo el lema “Soy mujer y hago ciencia”.
Según el informe más reciente de su Unidad para la Igualdad (con datos de 2016), la institución cuenta con 1.596 mujeres dentro de su Personal Docente e Investigador, lo que equivale a un 38% del total. Sin embargo, la distribución por categorías muestra matices importantes: solo en las posiciones de catedrática de escuela universitaria, ayudante doctora y profesora sustituta interina las mujeres superan el 50%. En el profesorado contratado doctor alcanzan el 40%, y en las titulares de escuela universitaria también hay presencia relevante, pero el porcentaje desciende en los puestos de mayor jerarquía.
Si miramos la actividad innovadora, entre 2006 y 2016 se registraron en la Universidad de Sevilla 320 patentes impulsadas por mujeres, lo que supone un 28% del total. En ese mismo periodo se crearon 11 spin-offs lideradas por ellas, equivalentes al 20% de las nuevas empresas surgidas desde la propia universidad. De nuevo, la participación existe y es significativa, pero aún lejos de un equilibrio real.
La experiencia de universidades como la de Sevilla se replica, con matices, en muchos otros centros europeos y latinoamericanos: más mujeres en etapas tempranas y medias, menos en la cúspide; participación notable en patentes y empresas de base tecnológica, pero todavía minoritaria. Por eso es tan importante que las propias instituciones impulsen políticas activas de igualdad: planes de igualdad, formación en género para tribunales y comisiones, medidas de conciliación y protocolos contra el acoso y la discriminación.
En paralelo, quienes toman decisiones en la formación científica —ministerios, agencias financiadoras, universidades, centros de investigación— necesitan garantizar espacios de trabajo seguros e inclusivos. También es urgente reforzar la divulgación científica en todos los niveles educativos (primaria, secundaria y bachillerato) y en todas las regiones, no solo en los grandes núcleos urbanos o en contextos privilegiados. Si las niñas de zonas rurales o barrios vulnerables nunca ven una científica de cerca, es más difícil que se imaginen en ese lugar.
Mirando al conjunto, se aprecia un cambio importante: hoy México tiene a una científica en la presidencia de la República, ocupando el mayor cargo político del país. Es un símbolo potente del camino recorrido y del potencial transformador de que más mujeres con formación científica lleguen a espacios de poder. Sin embargo, este hito no borra las desigualdades todavía presentes, sino que debería servir como acicate para seguir abriendo camino a las nuevas generaciones.
El recorrido histórico desde las ticitl nahuas y las ajkʼij mayas hasta las rectoras, presidentas, directoras de laboratorio y líderes de grandes proyectos internacionales muestra que las mujeres han estado siempre ahí, construyendo conocimiento desde múltiples frentes. La tarea pendiente es que su trabajo deje de ser excepcional o anecdótico y pase a ser visto como parte natural del paisaje científico, con iguales derechos, responsabilidades y reconocimiento. Solo así la ciencia podrá aprovechar todo el talento disponible y responder mejor a los desafíos complejos de nuestras sociedades.