No espero, me ruralizo – EcoHabitar

Publicado por Emprendimiento en

¿Cómo ruralizarse? Tengo una profesión liberal, algo de libertad económica y la ambición de disfrutar una vida en la que puedes conectarte y desconectarte a placer. No espero, me ruralizo, me instalo en un pueblo, uno de esos tantos que hay repartidos por la geografía española, los que se emborronan fugazmente desde la ventanilla del AVE.

Bueno, me sincero, en realidad yo ya soy de pueblo. Yo fui de pueblo.

Como la inmensa mayoría de los jóvenes rurales yo abandoné mi pueblo a los 18 años para formarme. “Tienes que estudiar, trabajar en el campo es muy duro hijo mío” decían, desde mis abuelos hasta la vecina de la esquina. No faltaba razón, pero no porque el trabajo en el campo sea duro, que con todos los avances tecnológicos es mucho más llevadero, sino porque la voracidad del mercado y la producción necesaria para abastecerlo ha eliminado gran parte de la mano de obra que el campo necesitaba, así que hay que buscarse las castañas, las castañas tecnológicas.

Volver al pueblo

Las pequeñas poblaciones siguen ofreciendo a sus vástagos en sacrificio a la ciudad. La necesidad de formación para encontrar una salida laboral genera una bolsa de jóvenes migrantes en edades de conocer su pareja, su estilo de vida y su forma de pensar. 

A algunos nos tira volver a casa, a la mayoría les seduce la ciudad. Aunque también es cierto que algún urbanita (de esos pobres que no tienen pueblo) sufre algún desvarío rural y apuesta por ruralizarse.

Una vez uno se hace adulto la vecina de la esquina le va a decir “qué solicos estamos en el pueblo, qué inviernos más largos”. Entonces parece que tienes que volver, que tu sitio era el pueblo. Yo tuve la suerte de elegir una profesión liberal que me ha permitido la apuesta de desarrollarla desde “mi pueblo”. “El arquitecto del pueblo” me dicen (si, es que en los pueblos se dice todo, pero en eso entraremos más adelante).

Vamos a ser prácticos, no se puede venir al pueblo de cualquier manera. No os voy a contar toda mi experiencia (saldrían demasiados artículos que no creo que interesaran tanto), pero parte de ella puede hacer entender cómo he acabado instalándome en una zona rural. La crisis, hablo de la olvidada crisis de 2008, me hizo escapar, pero escapar hasta de la península. Y la crisis, otra vez, me hizo volver a la casilla de salida. En ese regreso fui tomando pequeñas oportunidades laborales que encontraba y aproveché para tantear el terreno y entender si los servicios que yo pudiera ofrecer se iban a consumir en la zona. Uno no llega y planta la sombrilla, puedes encontrar piedras que te la tumben. La suerte de poder hacer una lectura previa, de conocer el lugar y “la parroquia” es una garantía.

Vista aérea del pueblo de Quinto, Zaragoza.

La comunidad, Luis Ángel, Elena…

Y aquí sí que voy con que “en el pueblo se dice todo”. 

Uno tiene que asumir que un pueblo es una única comunidad. Independientemente de su tamaño será fácil que la práctica totalidad de los habitantes te conozca. ¿Y este acoso, se sienta conmigo en el tresillo de la salita? Pues no. Como en cualquier comunidad, cada uno tiene su particular forma de comunicarse con los demás y de establecer los límites que necesite. 

No sé si este principio se ajusta solo a mi experiencia personal, pero cada persona pertenece a la comunidad todo lo que ella quiere y viceversa; no van a hablar de uno más que lo pueda hacer un portero de un barrio consolidado de una ciudad. Al igual que en la vida de barrio, puede que compres en la tienda de Luis Ángel o que tomes café en el bar de Elena. Eso sí, esto también hará que los clientes vayan al estudio de Rubén para hacerse una casa. 

Además, las comunidades tienen sus propias dinámicas y hay que saber leerlas y trabajar con ellas. No puedo ir a instalarme con un puesto para vender chanclas en las estepas de Belchite. Si yo aporto mis servicios y mi calidad personal al entorno donde vivo, este también me lo va a aportar. Bailar con estas identidades y hacerlas tuyas es lo que permitirá tu arraigo.

“Entonces, me tendré que hacer uno más de ellos y sacrificar toda mi vida de la ciudad”. No nos engañemos, la vida contemporánea y el capitalismo se ha meteorizado por todo el territorio y en el bar de la plaza también escuchan reguetón. 

Aunque es cierto que los sacrificios se hacen. La película de estreno está a 47 minutos en coche, tu artista favorito cantará a 238 km de distancia y el paquete de esa tienda de internet que te dice que te lo entrega en 24 horas tardará algo más.

Un futuro distinto al ruralizarse

¿Veníamos a conectarnos y desconectarnos a placer, no? Va, en serio, nos vamos a encontrar con algunos problemas para acceder a servicios sanitarios o servicios especializados. Cada día desaparecen más gremios del medio rural, cierran tiendas y cajeros. Los pueblos afrontan un futuro distinto donde solo les salvarán las telecomunicaciones.

No es algo muy distinto a la ciudad en la que tu médico de cabecera también está a más de 15 minutos de tu casa. Además, hay administraciones que parece que se lo tomarán en serio y aplicarán los mínimos de 100/30/30 (100 megas, 30 minutos a los servicios básicos y 30 km a una vía de alta capacidad).

Encontrar la vivienda… te acompañarán…

Volviendo al asunto. “Si me quiero ruralizar necesito una choza”. Y aquí topamos con uno de los problemas más acuciantes del medio rural. Veamos oportunidades donde otros ven problemas. La mayor parte de los pequeños municipios cuentan con un gran parque inmobiliario de vivienda cerrada. Muchas de esas viviendas están abandonadas, sus propietarios son herederos que viven a kilómetros de distancia, o son segundas o terceras residencias que acaban teniendo un uso residual.

Allá donde quieras instalarte, hay un ayuntamiento dispuesto a acompañarte para encontrar a los propietarios de esa vivienda abandonada de la que te has encaprichado, también podrás recurrir a la vecina de la esquina. No hay administración local que pierda la oportunidad de asentar una nueva familia en el municipio, de ello depende, en muchas ocasiones, mantener el colegio, el médico o la entidad financiera. No tienen porqué amueblarte la casa con muebles de roble, pero no te van a dejar solo.

Dejémonos de idealizaciones. La típica casa de pueblo no es un palacio. Gran parte de los pobladores “autóctonos” tienden a la nueva construcción abandonando las viejas viviendas. Dependiendo del desarrollo económico de la población las edificaciones ofrecerán una calidad u otra, y serán más o menos susceptibles de una reforma. “Entonces, me hago mi casa”. Pues la autopromoción (no esperes promoción privada si hablamos de un pueblo pequeño de verdad) es un camino largo y algo cansado. Para una instalación inmediata lo más rápido es un alquiler, aunque no es una opción muy común en el medio rural. 


Te puede interesar:
El reto habitacional del medio rural


Cómo nos desplazamos, a pie, en bicicleta…

“Vale, pues ahora me quiero mover ¿cómo me desplazo?” En el pueblo no lo dudes, a pie. Entre pueblos, hasta con bicicleta. Pero lo más seguro es que necesites disponer de un vehículo y de permiso para conducirlo (que la Guardia Civil también te conocerá). Hay zonas rurales donde se ha hecho una apuesta por la comunicación con transporte colectivo. Pero muchos pueblos no tienen esa suerte y sus habitantes deben tener coche propio o pedir favores a vecinos y familiares. En la ciudad los tiempos de transporte son importantes, y, sinceramente, en el pueblo no mejoran, pero se disfrutan.

Conexión y desconexión, no siempre tecnológica

Residir en un pueblo es toda una experiencia de vida. No es radicalmente distinto a una ciudad, pero te da la oportunidad de que tu forma de vida tenga toda la calidad humana que quieras aportarle. Hay pueblos con una conexión con la naturaleza vibrante, otros más industrializados ávidos de mano de obra especializada, hay pueblos que solo son para respirar y bañarte del azul celeste de su cielo. Hay municipios de gran actividad social y otros donde los libros te pueden acompañar.

Cada día quedan menos municipios desconectados, sin telecomunicaciones o vías de acceso medio-decentes, donde las oportunidades laborales van floreciendo como las amapolas en los márgenes de los caminos. Los medios se hacen eco, diariamente, de la demanda de mano de obra en medios rurales.

Yo me alegro cada vez que termino un trabajo para mis vecinos y estos agradecen la mejora que ha producido en su vida. Disfruto de lo que aprendo día a día, con la tranquilidad de saber que compenso aportando parte de mi conocimiento y experiencia en una comunidad pequeña y cercana.

Lo que prácticamente todo municipio rural te ofrecerá será “soltar el acelerador” acudir a los recados a pie, saludando a Elvira o parando tres minutos a hablar con Manuel, y volver con un recado terminado y más humano. Sentarte en el sofá por las noches y sentirte ruralizado. Aunque luego el reloj te vibrará en la muñeca para mandarte a la cama, que en los pueblos también se madruga.  

Quinto

El desarrollo del municipio se produjo a finales del siglo XIX, de donde son la mayor parte de sus construcciones. Desde el año 2000 el municipio ha ido perdiendo población, más de 500 habitantes en cuestión de 30 años. En la actualidad, el casco antiguo cuenta con 681 inmuebles, hay casi 80 construcciones en estado de abandono y otro 14%, aproximadamente, son solares, disgregados por el municipio. El tipo de construcción humilde y la situación de un buen número de construcciones en situaciones de herencia hacen difícil la intervención municipal y, también, dificultan la actividad particular en estos inmuebles.…

Rubén Tul Borroy. Arquitecto independiente, postgrado en arquitectura y energías renovables, concejal de urbanismo de Quinto. Una población de unos 1.900 habitantes al este de la ciudad de Zaragoza.


Artículo publicado en la revista EcoHabitarnº 74, en verano de 2022


Contenidos relacionados


Ver fuente