la SEC abre la puerta a la cadena de bloques para transformar los mercados (y todo lo demás) » Enrique Dans

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IMAGE: The U.S. Capitol in warm orange tones blending into bright blue blockchain cubes on a dark circuit-board background, with the words “PROJECT CRYPTO” underneath

La Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) acaba de presentar «Project Crypto«, una iniciativa que persigue trasladar la infraestructura de los mercados financieros a la cadena de bloques, con el objetivo declarado de «desatar todo el potencial del on-chain software en nuestros mercados de valores».

El presidente de la SEC, Paul Atkins, definió el proyecto como la brújula que guiará a la Administración Trump en su empeño por convertir a Estados Unidos en «la capital cripto del mundo». El movimiento llega acompañado de una agenda regulatoria exhaustiva, tan ambiciosa como favorable a la industria, descrita como «un cambio generacional» en la normativa de valores norteamericana.

La dimensión política actual refuerza además esta narrativa: la industria de las criptomonedas ha inyectado ya más de 26 millones de dólares en el super PAC pro-Trump «MAGA Inc.» durante la primera mitad de 2025, y ha sido uno de los pilares de financiación de la campaña presidencial. El presidente ha correspondido con la primera ley federal sobre stablecoins (la GENIUS Act), con la amenaza de un plazo al Congreso para aprobar la CLARITY Act, con la creación de una «Reserva Estratégica de Bitcoin» y con un informe de 160 páginas que detalla cómo la administración piensa impulsar la industria preservando su naturaleza abierta y la privacidad del usuario. Nada de esto invalida la importancia de la tecnología, pero sí evidencia una transacción política profundamente cuestionable que conviene señalar. La simbiosis es evidente: regulación favorable a cambio de dinero, un círculo virtuoso – o vicioso, o incluso corrupto, según se mire – que acelera más aún la transición del mercado financiero al on-chain.

La hoja de ruta incluye cinco vectores fundamentales: el primero, clarificar, por fin, cuándo un token es un valor mobiliario y cuándo no lo es, y terminar con una regulación absurda que solo perseguía desincentivar toda nueva iniciativa generando incertidumbre. El segundo, redefinir los requisitos de custodia para permitir que los inversores puedan mantener activos digitales bajo su propio control o a través de intermediarios regulados. El tercero, habilitar las llamadas super-apps, aplicaciones que integran trading, pagos, staking o préstamos bajo una única licencia. En este tema, Atkins citó como ejemplo Base, la plataforma todo-en-uno lanzada hace apenas dos semanas por Coinbase. En cuarto lugar, revisar de arriba abajo la arcaica Reg NMS para que los títulos tokenizados puedan negociarse directamente on chain. Y en quinto, introducir una «exención de innovación» que permita a los emprendedores lanzar nuevos modelos de negocio con normas de carácter más principialista y menos prescriptivo: en lugar de imponer reglas minuciosas que describen con exactitud, casi en modo «libro de recetas», qué se puede y qué no se puede hacer (un marco prescriptivo), la SEC anuncia la voluntad de moverse hacia normas abiertas, basadas en principios y objetivos generales.

En la práctica, eso permitiría a los emprendedores lanzar productos o servicios innovadores sin tener que encajar cada característica en un artículo concreto de la normativa. Bastaría con demostrar que el modelo de negocio respeta los grandes principios (protección del inversor, transparencia, prevención del fraude, integridad del mercado, etc.), y si el proyecto cumple esos principios, la forma concreta de implementarlos queda a discreción de la empresa, siempre sujeta a supervisión y a rendición de cuentas ex post.

Un marco principialista ofrece más flexibilidad y reduce las barreras de entrada: abre la puerta a experimentar con, por ejemplo, super-apps financieras, tokens que representen acciones fraccionadas o sistemas de liquidación instantánea, siempre que se salvaguarden los objetivos regulatorios principales. Lo contrario, un marco «prescriptivo», obliga a los innovadores a ceñirse a casillas ya definidas: si el modelo no encaja, sencillamente no puede lanzarse o debe pasar por largos procesos de exención.

Si lo que Atkins promete se materializa, veremos la tokenización generalizada de activos, desde acciones o bonos hasta inmuebles y arte, lo que aportará mayor liquidez y programabilidad a mercados que hoy son fragmentados y opacos. De hecho, el propio presidente de BlackRock, Larry Fink, lleva tiempo caldeando el ambiente al hablar de la tokenización de todos los activos financieros.

Este impulso regulatorio legitima una tendencia que vengo comentando en esta página desde hace ya muchos años: la gradual conversión de cada clic, cada pago y cada transacción en un apunte inmutable dentro de una cadena de bloques distribuida. ¿Por qué es importante? Porque la cadena de bloques, bien entendida, no es sólo una base de datos: es un mecanismo de consenso que incorpora la confianza en el propio diseño del sistema. En una web construida sobre contratos inteligentes, la necesidad de «confiar» en terceros se sustituye por la verificación criptográfica de cada ejecución. Precisamente esa «web de confianza», o Web3, es la evolución que llevo comentando en muchos artículos y en mi libro, «Todo vuelve a cambiar«: todo proceso susceptible de ser automatizado mediante código lo será, y las instituciones que sobrevivan serán aquellas capaces de insertar su lógica de negocio en un smart contract. La implantación de la cadena de bloques en todos los ámbitos imaginables era simplemente cuestión de tiempo y lógica, pero el oportunismo y la corrupción política de un Donald Trump necesitado de dinero para su campaña han acelerado brutalmente su adopción.

El «Project Crypto» supone institucionalizar la posibilidad de que el mercado funcione sin intermediarios cuando estos resulten superfluos. Es un reconocimiento explícito de que la eficiencia, la transparencia y la auditabilidad que proporciona la cadena de bloques pueden (y deben) integrarse en la infraestructura financiera: igual que el famoso Acuerdo de Buttonwood, una reunión bajo un árbol de Wall Street en 1792 en la que se codificó el intercambio de acciones, hoy el código que se despliega en una cadena de bloques descentralizada puede vehicular flujos de miles de millones en microsegundos, con liquidación inmediata y riesgo sistémico drásticamente reducido.

Se puede, por tanto, anticipar un futuro próximo en el que la experiencia de usuario sea tan simple como pulsar un botón en el móvil mientras, por debajo y de modo transparente, cada instrucción queda inscrita en una cadena de bloques pública y auditable. Bajo este paradigma, la compliance deja de ser un ejercicio de fe, y pasa a ser una cuestión de lógica algorítmica. El clearing y la custodia se reducen a operaciones de clave pública, y la rendición de cuentas se plasma en un histórico de transacciones que ningún actor puede alterar a posteriori.

Obviamente, queda mucho por hacer: desde la adopción de estándares comunes (ERC-3643 es solamente el principio) hasta la armonización internacional de marcos regulatorios. Pero la dirección es clara: pasamos de las promesas a las políticas públicas, de los white papers a la normativa. Con «Project Crypto», la SEC envía un mensaje claro e inequívoco: la cadena de bloques no es sólo una curiosidad experimental, sino la columna vertebral de la próxima infraestructura financiera global. Y, como vengo insistiendo desde hace un montón de tiempo en mis clases y conferencias, cuando la tecnología hace que la confianza sea programable (y si un entorno político abiertamente corrupto lo acelera, más aún), el cambio deja de ser opcional para convertirse en inevitable. Celebrémoslo: la tecnología avanza, la confianza se programa y el mundo se transforma. Pero no perdamos de vista que el precio pagado en connivencia política y corrupción puede lastrar, si no lo vigilamos, la legitimidad de esta revolución.

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