la está usando para despedir » Enrique Dans

Publicado por Emprendimiento en

IMAGE: A futuristic office powered by a glowing AI core contrasts sharply with a dark line of laid-off workers descending toward an exit, symbolizing inequality in the AI era

La inteligencia artificial lleva ya años prometiendo cambiar el trabajo. Pero esta semana, por fin, ha empezado a hacerlo de verdad. Y no en forma de titulares grandilocuentes ni de demostraciones de laboratorio, sino en algo bastante más tangible: despidos. Meta y Microsoft han anunciado importantes recortes de plantilla mientras redoblan sus inversiones en la tecnología, con Meta previendo eliminar alrededor del 10% de su plantilla mientras incrementa agresivamente su gasto en la categoría.

Durante meses, el discurso dominante ha sido el de siempre: la inteligencia artificial como herramienta de apoyo, como complemento, como forma de aumentar la productividad. Nadie hablaba demasiado alto de sustitución, y cuando lo hacía, lo envolvía en matices. Pero mientras tanto, las empresas han estado haciendo números. Y los números no entienden de narrativas tranquilizadoras. De hecho, Snap está recortando un 16% de su plantilla mientras atribuye a la inteligencia artificial mejoras de eficiencia y ahorro de costes.

Lo que estamos empezando a ver ahora es una coincidencia demasiado significativa como para ignorarla: grandes compañías tecnológicas reduciendo plantilla al mismo tiempo que incrementan su inversión en inteligencia artificial. No es una correlación casual: es una decisión estratégica. Es el momento en el que la inteligencia artificial empieza a impactar de verdad en el empleo, mientras en paralelo observamos el fenómeno del «AI-washing«: utilizar la inteligencia artificial como justificación elegante para decisiones que, en muchos casos, responden sobre todo a presión de márgenes y expectativas de inversores.

Pero hay un matiz importante que empieza a aparecer con fuerza, y que cambia completamente el encuadre del problema. No estamos simplemente ante una tecnología que sustituye trabajo. Estamos ante una tecnología que beneficia mucho más a unos trabajadores que a otros.

Un reciente análisis del Financial Times basado en una encuesta a 4,000 trabajadores muestra que más del 60% de los empleados mejor pagados utilizan inteligencia artificial a diario, frente a apenas un 16% de los de menores ingresos. La narrativa de la democratización tecnológica se resquebraja en cuanto se contrasta con los datos: usar inteligencia artificial de forma efectiva requiere educación, habilidades abstractas y familiaridad tecnológica que no están igualmente distribuidas.

La consecuencia es evidente y profundamente incómoda: la inteligencia artificial no está nivelando el terreno de juego, sino inclinándolo aún más. Como señala Daron Acemoglu en ese mismo análisis, el resultado más probable es un aumento de la desigualdad entre trabajo y capital.

Durante décadas, la automatización se cebó principalmente con el trabajo manual. Esta vez es distinto. Lo que está en juego ahora es el trabajo cualificado… pero no de forma homogénea. La inteligencia artificial está amplificando la productividad de los trabajadores más capacitados, mientras deja atrás, o directamente sustituye, a los perfiles más vulnerables o en etapas iniciales de su carrera.

Hay además un efecto que casi nadie está midiendo todavía: la inteligencia artificial está claramente destruyendo los puestos de entrada. Buena parte del trabajo que antes hacían perfiles junior está siendo absorbido por sistemas automatizados. Y sin puestos de entrada, no hay formación. Y sin formación, en diez años, no hay profesionales cualificados.

Y esto conecta con otra señal preocupante: la adopción de la inteligencia artificial no es homogénea ni siquiera dentro de las organizaciones. Es mayor entre trabajadores con más experiencia, más contexto y mayor capacidad de agencia. Dicho de otra manera: la inteligencia artificial no sustituye la inteligencia humana, la amplifica… pero solo para quienes ya la tienen.

A ese desfase entre discurso y realidad se suma otro problema: la regulación sigue varios pasos por detrás. Estamos viendo retrasos en la implementación del AI Act europeo, mientras las compañías y los gobiernos parecen moverse a ritmos completamente distintos. El resultado es un escenario cada vez más claro: las empresas ya han tomado decisiones basadas en inteligencia artificial, los trabajadores empiezan a notar sus efectos… y el debate público sigue planteado como si todo esto perteneciera todavía al futuro.

El discurso público sigue atrapado en una especie de negación educada. Se habla de reskilling, de adaptación, de nuevas oportunidades. Todo eso puede acabar siendo cierto, pero hoy funciona más como anestesia que como diagnóstico. Porque al mismo tiempo que se habla de transición ordenada, muchos empleados dentro de las propias compañías empiezan a alertar de los efectos reales de esta carrera.

Durante años hemos discutido si la inteligencia artificial cambiaría el trabajo. Esa discusión ha terminado. La cuestión ahora es otra, mucho más incómoda: no solo cuánto empleo va a desaparecer, sino quién se va a beneficiar realmente del surplus de productividad que la inteligencia artificial genera.

Porque si algo empieza a quedar claro, es que esa productividad no se está repartiendo: al contrario, se está concentrando. Y cuando una tecnología aumenta la eficiencia al mismo tiempo que amplía las desigualdades, deja de ser simplemente una innovación, y pasa a ser, inevitablemente, un problema político.


This article is openly available in English on Medium, «AI isn’t just changing work: it’s rewriting who benefits»

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