Gas radón: riesgo para la salud, entornos laborales y prevención

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Cuando pensamos en radiación, lo primero que nos viene a la cabeza suelen ser las centrales nucleares, los accidentes o, incluso, la medicina nuclear. Pero la realidad es que la mayor parte de la radiación que recibimos a lo largo de nuestra vida no procede de esas fuentes. Más del 80 % proviene de la naturaleza, y la mitad de esa dosis está relacionada con un gas del que rara vez oímos hablar: el radón.

 Distribución de la dosis recibida por una persona en promedio en un año.

El radón es un gas noble, invisible e inodoro que se forma de manera natural en el subsuelo por la desintegración del uranio presente en las rocas y el suelo. Se acumula en los espacios cerrados como casas, oficinas o escuelas, especialmente en las plantas bajas y sótanos. Aunque al inhalarlo gran parte se exhala, una fracción se queda en los pulmones y al desintegrarse emite radiación alfa que puede dañar el ADN de nuestras células.

En resumen: el radón es natural, no lo vemos, no lo olemos y no produce ningún síntoma inmediato, pero es la principal causa de cáncer de pulmón en personas no fumadoras y la segunda en general, después del tabaco.

El radón fue identificado a principios del siglo XX cuando científicos como Rutherford, Ernst Dorn o Harriet Brooks estudiaban los productos de la desintegración del radio. Descubrieron que existían emanaciones gaseosas radiactivas que terminarían siendo reconocidas como radón.

De sus isótopos, el más importante es el 222Rn, con una vida media de 3,8 días, suficiente para pasar del subsuelo a los edificios. Otros isótopos, como el torón (220Rn), se desintegran mucho más rápido y tienen un impacto más localizado.

Un problema de salud pública

La radiación alfa del radón tiene un gran poder de penetración en el tejido pulmonar. A nivel mundial, se estima que cientos de miles de casos de cáncer de pulmón están asociados a este gas. En España, se calcula que alrededor del 4 % de las muertes por cáncer de pulmón se deben a la exposición al radón: unos 1250 fallecimientos cada año.

El riesgo es aún mayor en fumadores expuestos, ya que el tabaco y el radón actúan de manera sinérgica.

Legislación: avances y retos

El reconocimiento del radón como problema de salud ha ido de la mano de la legislación. Desde la primera directiva europea de 1996 hasta la más reciente normativa española (RD 1029/2022), se ha establecido un nivel de referencia de 300 Bq/m³ de concentración media anual.

Este valor sirve como límite a partir del cual se recomienda tomar medidas correctoras en viviendas y lugares de trabajo. El Código Técnico de la Edificación (CTE) y la Instrucción IS-47 del CSN (que desarrolla parte del RD 1029/2022) también obliga a aplicar medidas preventivas en municipios con mayor riesgo, especialmente en zonas graníticas. En  2022 se publica el RD 1029/2022 “por el que se aprueba el Reglamento sobre protección de la salud contra los riesgos derivados de la exposición a las radiaciones ionizantes”. Este RD sustituye al RD 783/2011 y, al igual que el CTE, incluye el valor de 300 Bq m  de concentración media anual de gas radón en los puestos de trabajo.

Sin embargo, la aplicación práctica de estas normas todavía presenta desafíos: falta de información pública, escaso cumplimiento inicial y necesidad de profesionales cualificados que asesoren en las medidas de mitigación.

Medir es la única manera de conocer el nivel de radón en un edificio

El primer paso para saber si existe riesgo es medirlo. Los mapas de radón nunca deben usarse para decidir sobre un edificio concreto. La única manera fiable es colocar detectores en el interior durante varios meses.

Existen dos tipos de sistemas:

  • Pasivos: pequeños dispositivos que se dejan en una habitación durante meses y luego se analizan en laboratorio. Son los más recomendados para conocer el promedio anual.
  • Activos: equipos electrónicos que registran los niveles de radón en tiempo real y permiten detectar variaciones diarias o estacionales.

En cualquier caso, la normativa exige que los análisis se realicen en laboratorios acreditados bajo la norma ISO 17025, lo que garantiza la calidad y comparabilidad de los resultados.

Detalle de un detector pasivo de radón modelo CR39 de la empresa Radonova Laboratories AB.
 Ejemplos de dos instrumentos de medida de radón en activo más usados: ATMOS (Radonova Laboratories AB) y Alphaguard (Bertin). 

¿Cómo reducir los niveles de radón?

Saber que un edificio tiene niveles elevados de radón no debe ser motivo de alarma inmediata, sino una llamada a la acción. A diferencia de otros contaminantes, el radón sí se puede reducir con medidas relativamente simples y efectivas. La clave está en aplicar la técnica correcta según el tipo de edificio y el nivel de concentración.

En edificios ya construidos las medidas más habituales son:

  • Despresurización del terreno: es el método más eficaz y recomendado. Consiste en instalar un sistema que extraiga el gas radón del subsuelo mediante tuberías y un ventilador, evitando así que penetre en la vivienda.
  • Sellado de grietas y fisuras: aunque no es suficiente por sí solo, es un complemento necesario. El radón aprovecha las pequeñas entradas de aire en suelos y muros, por lo que sellarlas reduce su infiltración.
  • Mejora de la ventilación: aumentar la renovación de aire puede ayudar en algunos casos, pero no siempre es la solución más adecuada. De hecho, un mal diseño de la ventilación puede, incluso, incrementar los niveles de radón al modificar las presiones internas del edificio.
  • Sistemas de ventilación forzada del subsuelo: mediante cámaras de aire o conductos bajo el forjado que permiten que el gas se diluya y salga al exterior de manera controlada.
  • Instalación de barreras antirradón interiores: láminas especiales colocadas sobre el suelo existente, aunque requieren obras y una correcta instalación para ser eficaces.

Por otra parte en el caso de nuevas construcciones, las medidas preventivas resultan más económicas y fáciles de aplicar:

  • Colocar membranas antirradón en la base del edificio, similares a las que se usan contra la humedad.
  • Diseñar cámaras de aire ventiladas bajo el suelo.
  • Prever un sistema de tuberías pasivas que pueda convertirse en activo con la instalación de un ventilador si los niveles lo requieren en el futuro.

En cualquier caso, es fundamental que estas medidas sean diseñadas e instaladas por profesionales. No basta con aplicar soluciones genéricas: cada edificio tiene particularidades de construcción, ventilación y contacto con el terreno que hacen necesario un estudio individualizado.

Una ventaja importante es que, una vez instalados correctamente, los sistemas de mitigación funcionan de manera continua y segura. Además, suelen requerir poco mantenimiento, más allá de revisar periódicamente el ventilador en el caso de sistemas activos.

La inversión económica, que varía según el tipo de solución, debe entenderse como una medida de salud a largo plazo. Al reducir el riesgo de cáncer de pulmón, se está protegiendo a las personas que viven en la vivienda hoy y también a las futuras generaciones.

Algunas conclusiones

El radón es un problema silencioso, pero no irresoluble. Conocer su existencia es el primer paso para reducir su impacto en la salud. A pesar de que todavía es un gran desconocido para la mayoría de la población, poco a poco empieza a ocupar el lugar que merece en las políticas de salud pública.

Algunas ideas clave que conviene recordar:

  • El radón es natural, invisible e inodoro, pero tiene efectos muy reales sobre la salud.
  • Es la segunda causa de cáncer de pulmón en España, y la primera en no fumadores.
  • El riesgo aumenta considerablemente en fumadores, por lo que la combinación tabaco-radón es especialmente peligrosa.
  • La única forma de saber si un edificio tiene radón es midiendo, nunca usando un mapa.
  • Existen soluciones técnicas probadas que permiten reducir los niveles de radón de forma efectiva.

Además de estas ideas, es necesario reforzar la concienciación. Igual que hoy entendemos los riesgos del tabaco o de la contaminación atmosférica, debemos empezar a hablar del radón en términos cotidianos. No se trata de generar miedo, sino de promover la prevención.

La legislación europea y española ha marcado un camino claro, pero la aplicación práctica depende de la colaboración entre administraciones, profesionales y ciudadanía. Las instituciones deben facilitar información clara y accesible, los profesionales han de ofrecer soluciones fiables y adaptadas, y la sociedad debe dar el paso de medir en sus hogares y lugares de trabajo.

El futuro pasa por integrar la prevención frente al radón en el diseño de los edificios, igual que ya se hace con el aislamiento térmico o acústico. Cada vez más arquitectos, ingenieros y técnicos de prevención de riesgos laborales incorporan esta dimensión en sus proyectos.

En definitiva, el radón es un enemigo invisible, pero podemos enfrentarnos a él con conocimiento, tecnología y acción coordinada. Cada medición realizada, cada edificio protegido y cada persona informada supone un paso más hacia el objetivo final: reducir los casos de cáncer de pulmón atribuibles a este gas.


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