El algoritmo que no quería niños » Enrique Dans
La tasa de natalidad lleva tiempo desplomándose en prácticamente todo el mundo, y ya no podemos seguir explicándolo únicamente con el precio de la vivienda, la precariedad, el retraso de la emancipación o el cambio en las expectativas profesionales de las mujeres. Todo eso importa, por supuesto. Pero empieza a ser muy difícil ignorar una coincidencia demasiado persistente, bien analizada por el Financial Times en «Why birth rates are falling everywhere all at once«: allí donde el smartphone y las redes sociales se convirtieron en el entorno por defecto de socialización, la formación de parejas, la vida en común y la natalidad empezaron a resentirse de manera acelerada.
Durante años hemos hablado de las redes sociales como máquinas de polarización. Lo eran, y lo son. Sus algoritmos aprendieron que la indignación retenía más que la calma, que el conflicto generaba más clics que el matiz, y que encerrar a cada usuario en una cámara de eco era mucho más rentable que exponerlo a una realidad plural. No fue un accidente: fue diseño. La Royal Society ya advertía que el problema de la desinformación no se resolvía simplemente eliminando contenidos, sino atacando los mecanismos de amplificación que los convertían en virales. En otras palabras: el problema no era solo la mentira, sino la arquitectura que la premiaba.
Ahora empezamos a ver que esa arquitectura no solo deforma la conversación pública. También deforma la vida privada. Un trabajo reciente de Nathan Hudson y Hernan Moscoso-Boedo, de la Universidad de Cincinnati, «The collapse of teen fertility in the digital era«, vincula la expansión de smartphones, banda ancha móvil y 4G con una caída abrupta de la fertilidad adolescente, acompañada por una reducción muy fuerte de la socialización presencial y un desplazamiento hacia el ocio digital. La cuestión no es moralizar sobre los teléfonos, sino entender algo mucho más incómodo: cuando una tecnología captura el tiempo social de una generación, también captura las condiciones en las que se forman las relaciones.
Las redes sociales nos prometieron conexión y nos entregaron sustitutos de la conexión. Nos dieron likes, seguidores, notificaciones, mensajes, stories y reels, pero redujeron los espacios donde las personas se encuentran sin guión, sin filtro, sin comparación permanente y sin estar compitiendo contra una versión optimizada de todos los demás. Para encontrar pareja hay que exponerse a la imperfección, a la conversación torpe, a la presencia física, al aburrimiento compartido, a la vulnerabilidad. Las plataformas, en cambio, han convertido la vida social en un escaparate infinito en el que todo el mundo parece más atractivo, más interesante, más exitoso o más feliz de lo que realmente es.
Eso tiene consecuencias. Si las expectativas sentimentales se forman mirando Instagram o TikTok, se forman contra una realidad trucada. Si el tiempo libre se consume en scrolls infinitos, desaparece el tiempo necesario para conocer a otros. Si el vínculo social se transforma en comparación permanente, la relación real parece siempre insuficiente. Y si el algoritmo aprende que la inseguridad, la ansiedad, el deseo y la indignación retienen al usuario durante más tiempo para que destile más información y se le puedan poner más anuncios, entonces la compañía tiene un incentivo directo para fabricar entornos psicológicamente tóxicos. El problema no es que los jóvenes no quieran tener hijos: es que cada vez hay más jóvenes que ni siquiera llegan a construir las relaciones estables desde las que esa posibilidad podría plantearse.
La evidencia demográfica apunta en esa dirección. The Lancet ya documentó en 2024 la caída global de la fertilidad y sus enormes implicaciones sociales, económicas y geopolíticas Y el artículo del Financial Times va un paso más allá: en muchos países, el problema ya no es que las parejas tengan menos hijos, sino que hay menos parejas. Esa es una diferencia fundamental. Las políticas públicas tradicionales como cheques bebé, permisos parentales, guarderías y beneficios fiscales pueden ayudar a quienes ya tienen un proyecto familiar, pero sirven de poco si una parte creciente de la población vive aislada, frustrada, atrapada en dinámicas de comparación, precariedad emocional y relaciones cada vez más difíciles de iniciar y sostener.
La soledad ya no es un asunto anecdótico. Las autoridades sanitarias de los Estados Unidos la calificaron como una epidemia con efectos profundos sobre la salud y el bienestar. El mismo organismo ha advertido que no podemos concluir que las redes sociales sean suficientemente seguras para niños y adolescentes, y que existen indicios importantes de riesgo para su salud mental. De nuevo, no estamos hablando de tecnofobia, sino de responsabilidad. Ninguna industria debería poder desplegar productos adictivos sobre menores y jóvenes, optimizados mediante experimentación masiva, sin demostrar antes que no destruyen los fundamentos psicológicos y sociales de quienes los utilizan.
Durante mucho tiempo, las plataformas se refugiaron en una coartada cómoda: «solo damos a la gente lo que quiere». Es falso. No nos dan lo que queremos, nos dan lo que maximiza la permanencia. No optimizan para bienestar, conocimiento, amistad, amor o vida comunitaria. Optimizan para tiempo de uso, recurrencia, reacción y monetización publicitaria. Si para conseguirlo tienen que radicalizar, radicalizan. Si tienen que angustiar, angustian. Si tienen que convertir la autoestima en un mecanismo de dependencia, lo hacen. Y si el resultado agregado es una sociedad más sola, más enfadada, más desconfiada y con menos parejas, lo llaman externalidades.
Ahí está la irresponsabilidad central: diseñaron sistemas que intervenían sobre la conducta humana a escala planetaria sin asumir ninguna responsabilidad por sus efectos. Primero rompieron la conversación pública. Después rompieron la confianza. Ahora empezamos a sospechar que también están erosionando las condiciones básicas de la reproducción social. No porque Facebook, Instagram, TikTok o YouTube «causen» por sí solos la caída de la natalidad, sino porque amplifican, aceleran y consolidan todos los factores que la hacen más probable: aislamiento, inseguridad, expectativas irreales, polarización entre hombres y mujeres, ansiedad, deterioro de la salud mental y sustitución de la interacción presencial por consumo algorítmico.
No se trata de pedir a la gente que tenga hijos: esa decisión pertenece a cada persona y a cada pareja. Se trata de algo que va mucho antes: de preguntarnos qué tipo de entorno social estamos construyendo cuando la infraestructura dominante de relación entre personas está diseñada por compañías que ganan más cuanto más tiempo permanecemos mirando una pantalla. Una sociedad en la que la conversación se deteriora, la confianza se erosiona, la intimidad se aplaza y la pareja se vuelve estadísticamente menos probable es una sociedad que ha delegado demasiado en algoritmos que nunca fueron diseñados para cuidarla.
La solución no pasa por prohibir internet ni por idealizar un pasado que tampoco existió: pasa por prohibir la publicidad hipersegmentada, regular los sistemas de recomendación, limitar los patrones adictivos, exigir transparencia real, impedir la explotación conductual de menores, desactivar la amplificación automática de contenidos dañinos y reconstruir espacios de socialización presencial. Pasa también por dejar de aceptar la idea absurda de que la innovación consiste en lanzar productos al mundo y ya si eso estudiar después los daños. La innovación sin responsabilidad no es progreso: es extracción.
Llevo años diciendo que las redes sociales estaban rompiendo la democracia. Luego vimos que estaban rompiendo la verdad compartida. Ahora empezamos a entender que quizá también estén rompiendo algo más profundo: la capacidad de una generación para encontrarse, vincularse, confiar y proyectar una vida en común. Y cuando una tecnología empieza a afectar no solo a lo que pensamos, sino a cómo vivimos, amamos y nos reproducimos, seguir hablando de «engagement» resulta prácticamente obsceno.
This article is also openly available in English on my Medium page if you use this link, «The algorithmic loneliness behind falling birth rates»
