¿Dónde será más letal la próxima ola de calor en Europa? La geografía invisible del riesgo climático

Publicado por Emprendimiento en

Cada verano se baten nuevos récords térmicos en Europa. Sin embargo, la temperatura máxima registrada no explica por sí sola el verdadero impacto de una ola de calor. Dos ciudades con valores similares pueden experimentar consecuencias sanitarias completamente diferentes.

La diferencia está en la vulnerabilidad.

Un reciente análisis de The Economist, basado en modelos epidemiológicos aplicados a 854 ciudades europeas, estima que una ola de calor de apenas tres días podría provocar alrededor de 12.000 muertes adicionales en Europa. Pero estas víctimas no se repartirían de forma homogénea: algunas ciudades multiplicarían por cuatro o cinco el riesgo de mortalidad respecto a otras con temperaturas semejantes.

Este dato revela una realidad que la biohabitabilidad lleva años señalando: no es únicamente el clima lo que mata, sino la forma en que diseñamos nuestras ciudades y edificios.

El riesgo depende tanto del lugar como de las personas

Cuando hablamos de olas de calor solemos imaginar el sur de Europa: Andalucía, Sicilia o Grecia.

Paradójicamente, muchas de las ciudades mediterráneas han desarrollado durante siglos mecanismos de adaptación:

  • calles estrechas y sombreadas;
  • viviendas con elevada inercia térmica;
  • patios interiores;
  • ventilación cruzada;
  • horarios adaptados al calor.

Aunque estas soluciones tradicionales han sido parcialmente sustituidas por modelos urbanos contemporáneos, todavía ofrecen cierta resiliencia.

El problema aparece en muchas ciudades del centro y norte de Europa.

Durante décadas fueron diseñadas pensando en conservar el calor durante el invierno, no en disiparlo durante el verano. Sus edificios suelen disponer de mayor aislamiento orientado al frío, amplias superficies acristaladas y una implantación urbana que dificulta la ventilación natural cuando llegan temperaturas extremas.

A ello se suma un factor decisivo: la población no está fisiológica ni culturalmente tan adaptada a convivir con varios días consecutivos por encima de los 35 °C.

No todas las ciudades soportan igual una ola de calor

Los investigadores utilizan el concepto de mortalidad por exceso de calor, es decir, las muertes adicionales atribuibles al aumento excepcional de las temperaturas.

Este indicador depende de múltiples variables:

  • estructura demográfica;
  • porcentaje de población mayor;
  • enfermedades cardiovasculares y respiratorias;
  • calidad del parque edificatorio;
  • presencia de vegetación urbana;
  • contaminación atmosférica;
  • acceso a espacios climatizados;
  • nivel socioeconómico.

Por ello, dos ciudades con temperaturas idénticas pueden registrar impactos sanitarios radicalmente distintos.

En algunos casos, un incremento de apenas dos o tres grados respecto a la temperatura habitual dispara la mortalidad mucho más que en regiones acostumbradas históricamente al calor.


Anomalía de la temperatura media (°C)

Pronóstico para el período del 24 al 26 de junio de 2026, en relación con las temperaturas registradas en las mismas fechas entre 1979 y 2000.

Sources: University of Maine; National Centres for Environmental Prediction.

El efecto isla de calor multiplica el problema

La mayor parte de la población europea vive en ciudades.

Y precisamente las ciudades amplifican el calor.

El conocido efecto isla de calor urbana provoca que determinadas zonas urbanas permanezcan entre 3 y 8 °C más cálidas que su entorno rural durante la noche.

Esto ocurre porque:

  • el asfalto absorbe radiación solar;
  • el hormigón acumula energía durante el día;
  • escasea la vegetación;
  • disminuye la evaporación;
  • los edificios dificultan la circulación del aire;
  • el tráfico y la climatización expulsan calor adicional.

La consecuencia más peligrosa es que las noches dejan de ser un momento de recuperación fisiológica.

Cuando la temperatura nocturna permanece elevada, el organismo no consigue reducir el estrés térmico acumulado durante el día.

Es precisamente esta ausencia de descanso térmico uno de los factores más relacionados con el incremento de la mortalidad.

Las personas mayores son las más vulnerables

El calor extremo no afecta por igual a toda la población.

Los grupos con mayor riesgo son:

  • personas mayores;
  • bebés;
  • embarazadas;
  • pacientes cardiovasculares;
  • personas con enfermedades respiratorias;
  • trabajadores expuestos al exterior;
  • personas que viven solas.

El envejecimiento reduce la capacidad del organismo para regular la temperatura corporal.

Además, muchas personas mayores perciben peor la sensación de sed o presentan enfermedades que limitan la adaptación fisiológica.

Europa es uno de los continentes más envejecidos del planeta.

Por tanto, el incremento de las temperaturas supone también un importante desafío demográfico y sanitario.

La vivienda también puede salvar vidas

Durante una ola de calor, la vivienda se convierte en el principal refugio.

O en una trampa.

Un edificio mal diseñado puede acumular calor durante varios días consecutivos, alcanzando temperaturas interiores superiores a las exteriores incluso cuando el ambiente comienza a refrescar.

Esto sucede especialmente cuando existen:

  • cubiertas mal protegidas;
  • grandes superficies acristaladas orientadas al oeste;
  • ausencia de protección solar;
  • escasa ventilación cruzada;
  • materiales con poca capacidad para amortiguar los cambios térmicos.

Por el contrario, la arquitectura bioclimática incorpora estrategias pasivas capaces de reducir significativamente la temperatura interior sin recurrir de forma intensiva al aire acondicionado.

Entre ellas destacan:

  • sombreado exterior;
  • ventilación nocturna;
  • cubiertas vegetales;
  • fachadas ventiladas;
  • patios;
  • materiales de elevada inercia térmica;
  • aislamiento correctamente diseñado para el clima local.

Estas soluciones reducen tanto el consumo energético como el riesgo sanitario.

El aire acondicionado no puede ser la única respuesta

Ante cada nueva ola de calor suele aparecer la misma solución: instalar más equipos de climatización.

Sin embargo, confiar exclusivamente en el aire acondicionado plantea numerosos problemas.

Por una parte, incrementa considerablemente el consumo eléctrico durante los picos de demanda.

Por otra, expulsa calor al exterior, agravando el efecto isla de calor.

Además, millones de europeos no pueden asumir el coste económico de mantener refrigeradas sus viviendas durante varios días consecutivos.

La llamada pobreza energética de verano comienza a convertirse en un problema emergente.

La verdadera adaptación pasa por reducir primero la necesidad de refrigeración mediante un diseño urbano y arquitectónico adecuado.

El urbanismo será una herramienta de salud pública

La evidencia científica es cada vez más clara.

La planificación urbana influye directamente en la esperanza de vida durante los episodios extremos.

Incrementar el arbolado urbano, recuperar corredores verdes, reducir superficies asfaltadas, favorecer pavimentos permeables, crear refugios climáticos y mejorar la ventilación entre edificios puede disminuir varios grados la temperatura percibida.

Estos cambios producen beneficios simultáneos:

  • menor mortalidad;
  • mejor calidad del aire;
  • Reducción del consumo energético;
  • incremento de la biodiversidad;
  • Mayor confort urbano.

En otras palabras, el urbanismo también es medicina preventiva.

El cambio climático cambia el mapa del riesgo

Europa está experimentando un calentamiento superior a la media mundial.

Además, las olas de calor aparecen antes, duran más tiempo y afectan a territorios donde históricamente eran poco frecuentes.

Los episodios recientes muestran que ya no se trata de fenómenos excepcionales.

Durante el verano de 2022 se estimaron más de 61.000 muertes relacionadas con el calor en Europa.

Y la actual ola de calor de junio de 2026 ya está provocando un importante exceso de mortalidad en varios países europeos, especialmente entre la población de mayor edad.

La tendencia es clara: las ciudades deberán prepararse para convivir con episodios extremos cada vez más frecuentes.

Biohabitabilidad: diseñar ciudades que protejan la vida

La adaptación climática suele centrarse en infraestructuras, energía o reducción de emisiones.

Pero existe otra dimensión igualmente importante: la salud de quienes habitan los espacios.

La biohabitabilidad propone precisamente esa mirada integrada.

No basta con construir edificios eficientes energéticamente si estos generan sobrecalentamiento en verano.

No basta con plantar árboles si el diseño urbano sigue acumulando calor.

No basta con instalar aire acondicionado si millones de personas continúan viviendo en viviendas incapaces de mantener unas condiciones térmicas saludables.

Las futuras ciudades deberán combinar conocimiento climático, arquitectura bioclimática, salud pública y planificación urbana.

Porque la verdadera pregunta ya no es únicamente cuánto aumentará la temperatura, sino qué ciudades estarán preparadas para proteger a sus habitantes cuando llegue la próxima ola de calor.

La diferencia entre una ciudad resiliente y otra vulnerable puede medirse en miles de vidas. Y esa diferencia no depende solo del clima, sino de las decisiones de diseño, planificación y construcción que tomemos hoy.

¿Qué puede aprender España? Adaptar nuestras ciudades antes de que el calor se convierta en una emergencia permanente

España parte de una aparente ventaja frente a otros países europeos: está acostumbrada al calor. Su clima mediterráneo y continental ha condicionado durante siglos la arquitectura popular, el urbanismo y las formas de habitar. Sin embargo, esa adaptación histórica ya no es suficiente ante un escenario de cambio climático en el que las olas de calor son más frecuentes, intensas y prolongadas.

La experiencia acumulada no inmuniza a nuestras ciudades. De hecho, España se encuentra entre los países europeos con mayor exposición al calor extremo y con una población cada vez más envejecida, dos factores que incrementan significativamente el riesgo sanitario.

El reto ya no consiste únicamente en soportar temperaturas elevadas, sino en rediseñar el entorno construido para convivir con un nuevo régimen climático.

El legado de la arquitectura bioclimática

Buena parte de la arquitectura tradicional española constituye un excelente ejemplo de adaptación al clima.

Las casas encaladas de Andalucía, los patios cordobeses, las calles estrechas de los cascos históricos, los soportales castellanos o las persianas y contraventanas mediterráneas no son únicamente elementos estéticos. Son respuestas inteligentes desarrolladas durante generaciones para reducir la radiación solar, favorecer la ventilación y mantener unas condiciones interiores confortables sin necesidad de consumo energético.

Paradójicamente, muchas de estas soluciones se han ido perdiendo durante las últimas décadas.

La expansión urbana de la segunda mitad del siglo XX priorizó la rapidez constructiva, la estandarización y la rentabilidad económica frente a la adaptación climática. Como resultado, numerosos barrios presentan hoy amplias superficies asfaltadas, escasa vegetación, edificios con fachadas muy expuestas al sol y espacios públicos donde permanecer durante el verano resulta prácticamente imposible.

Recuperar los principios de la arquitectura bioclimática no significa volver al pasado, sino reinterpretar ese conocimiento con las tecnologías actuales.

Las ciudades españolas también sufren el efecto isla de calor

Aunque solemos asociar las olas de calor a las temperaturas máximas diurnas, el verdadero problema aparece durante la noche.

En ciudades como Madrid, Sevilla, Zaragoza, Valencia o Barcelona es frecuente que las temperaturas nocturnas apenas desciendan por debajo de los 25 °C durante los episodios más intensos. Estas noches tropicales —e incluso las cada vez más habituales noches tórridas, por encima de los 30 °C— impiden la recuperación fisiológica del organismo y aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, respiratorias y golpes de calor.

El efecto isla de calor urbana intensifica este fenómeno. Grandes avenidas asfaltadas, fachadas oscuras, cubiertas sin protección y una baja presencia de árboles convierten determinados barrios en auténticos acumuladores de calor.

La diferencia entre un barrio densamente arbolado y otro completamente mineralizado puede alcanzar varios grados centígrados. Esa diferencia puede parecer pequeña desde el punto de vista meteorológico, pero desde la perspectiva de la salud pública resulta decisiva.

El parque residencial español necesita adaptarse

España cuenta con millones de viviendas construidas antes de la existencia de criterios modernos de eficiencia energética y confort de verano.

Muchas de ellas presentan problemas comunes:

  • cubiertas mal aisladas;
  • fachadas con elevada exposición solar;
  • ausencia de protección exterior en ventanas;
  • ventilación insuficiente;
  • escasa inercia térmica efectiva en rehabilitaciones recientes.

Además, algunas intervenciones destinadas a mejorar el comportamiento energético durante el invierno han prestado poca atención al riesgo de sobrecalentamiento estival.

Una vivienda muy bien aislada puede convertirse en un espacio incómodo si no incorpora estrategias adecuadas de ventilación, control solar y disipación del calor acumulado.

Por ello, la rehabilitación energética del futuro deberá evaluar simultáneamente el comportamiento durante el invierno y durante el verano.

Más árboles, menos asfalto

La naturaleza constituye una de las infraestructuras más eficaces frente al calor.

Los árboles reducen la temperatura mediante sombra y evapotranspiración, mejoran la calidad del aire, disminuyen el ruido urbano y aumentan el bienestar psicológico de la población.

Diversos estudios muestran que una adecuada red de infraestructura verde puede reducir varios grados la temperatura superficial de determinados barrios durante los episodios de calor extremo.

Pero no basta con plantar árboles de forma aislada.

Es necesario planificar corredores verdes que conecten parques, calles y espacios públicos, facilitando tanto la biodiversidad como la ventilación urbana. Del mismo modo, sustituir superficies impermeables por pavimentos drenantes o incorporar cubiertas y fachadas vegetales contribuye a disminuir la acumulación de calor y mejora la resiliencia frente a fenómenos extremos.

La biohabitabilidad debe incorporarse a las políticas públicas

El calor extremo ya no puede abordarse únicamente desde la gestión de emergencias sanitarias. Debe convertirse en un criterio estructural del diseño urbano, la arquitectura y la rehabilitación del parque edificatorio.

En este sentido, la biohabitabilidad ofrece un marco especialmente útil porque integra salud, confort, materiales, calidad ambiental y adaptación climática en una misma estrategia.

Diseñar edificios saludables implica considerar aspectos como la orientación, la protección solar, la ventilación natural, la selección de materiales, la humedad, la calidad del aire interior y el confort térmico durante todo el año. Del mismo modo, planificar ciudades biohabitables supone crear espacios públicos donde las personas puedan refugiarse del calor, desplazarse caminando con sombra suficiente y acceder a zonas verdes cercanas.

España dispone de conocimiento técnico, profesionales especializados y una rica tradición de arquitectura adaptada al clima. El desafío consiste ahora en trasladar ese conocimiento a las políticas urbanas, la normativa edificatoria y los programas de rehabilitación.

Porque la adaptación al calor ya no es una cuestión de confort. Es una cuestión de salud pública, de equidad social y, cada vez más, de resiliencia frente al cambio climático.

Si las previsiones científicas se cumplen, las ciudades que mejor afronten las próximas olas de calor no serán necesariamente las más modernas ni las que dispongan de más aire acondicionado, sino aquellas capaces de recuperar una forma de construir y planificar que sitúe a las personas y al clima en el centro del proyecto urbano. Ese es, precisamente, uno de los principios fundamentales de la biohabitabilidad.

Preguntas frecuentes

¿Por qué unas ciudades europeas sufren más las olas de calor?

Porque influyen factores como la edad de la población, el efecto isla de calor, la presencia de vegetación, la calidad de la vivienda y el diseño urbano.

¿Qué es la isla de calor urbana?

Es el aumento de temperatura que experimentan las ciudades debido al asfalto, el hormigón, la escasez de árboles y el calor generado por la actividad humana.

¿Cómo puede reducirse el riesgo durante una ola de calor?

Mediante más arbolado urbano, edificios bioclimáticos, sombra, ventilación natural, cubiertas vegetales, refugios climáticos y una planificación urbana orientada a la salud.

¿Qué relación existe entre biohabitabilidad y calor extremo?

La biohabitabilidad promueve edificios y ciudades que mantienen condiciones térmicas saludables, reduciendo la exposición al calor y mejorando el bienestar de las personas.


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