«Decían que las bombas no llegarían a la Ciudad Vieja de Jerusalén, pero lo hicieron»

Publicado por Emprendimiento en

El siguiente testimonio procede de Harout Bedrossian, responsable de desarrollo de recursos de Caritas Jerusalén, que presenció un bombardeo cerca de su casa, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, el pasado viernes 20 de marzo, apenas unas semanas después del inicio de la guerra. En sus propias palabras, describe la conmoción de ese momento y lo que significa ser un civil que viven en medio de todo lo que está sucediendo.

El viernes por la tarde, 20 de marzo de 2026, estaba en casa con mi hija cuando las sirenas resonaron en Jerusalén.

Mi hija no dudó. Corrió directamente a su habitación, el único lugar en el que aún cree que puede protegerse.

Me acerqué a la ventana. De repente, una explosión ensordecedora sacudió el aire. Estaba tan cerca, fue tan violenta, que sentí como si me atravesara el cuerpo. Las paredes temblaron.

Luego vino la caída. Metralla. A solo unos metros —quince, no más— de nuestro edificio.

Primero se elevó el humo, espeso y asfixiante. Luego el polvo, que lo envolvió todo. Después, el estruendo: metal y piedra estrellándose contra el suelo, esparciéndose por el aparcamiento de abajo. Cayó entre el barrio armenio y el barrio judío, cerca de la Abadía de la Dormición y del Muro de Al-Bouraq, tan cerca de lugares llenos de oración, historia y gente que simplemente intenta seguir viviendo.

Una compañera mía, que vive justo al lado de donde cayeron algunos fragmentos, desconcertada, intentaba comprender lo que acababa de suceder frente a su casa. Si el impacto hubiera sido unos metros más a la derecha, los coches se habrían incendiado. Si hubiera sido pocos metros más atrás, las casas —nuestras casas— podrían haber quedado destruidas.

Pero, de alguna manera, nadie resultó herido. La gente lo llamará suerte. Algunos lo llamarán milagro.

Sin embargo, allí de pie frente a lo sucedido, no podía aferrarme a esas palabras. Lo único que sentía era lo frágil que es esa línea que separa lo que sucedió y lo habría podido suceder, lo efímera y arbitraria que le parecía.

Dicen que es poco probable que la Ciudad Vieja resulte afectada. Dicen que aquí no sucederá, no cerca de la mezquita de Al-Aqsa. Dicen estas cosas para ayudarnos a creer que estamos a salvo. Pero hoy, esas palabras no significaban nada. Porque sí que sucedió.

Y mientras permanecía allí, con el humo aún en el aire y mi hija detrás de una puerta cerrada, tratando de sentirse a salvo, una verdad se impuso en lo más profundo de mi ser: aquí no hay lugares seguros.

Ver fuente