De la descarbonización a la restauración de la biodiversidad
En este artículo planteamos la necesidad de la descarbonización para la restauración de los ecosistemas. Ya llevábamos una década oyendo hablar del calentamiento global y de los gases de efecto invernadero (GEI). El desinterés generalizado dio paso a que muchos científicos salieran, de la academia a la calle, a advertir de la gravedad de la situación y a que algunas instituciones declararan el estado de emergencia climática.
Algunos poderes fácticos construyeron un negacionismo verosímil, complementario a diversas ideologías neoliberales y neoconservadoras. El rifirrafe entre Greta Thunberg y Donald Trump se viralizó. Las discusiones entre cuñados se mezclaron de bulos y conspiranoias, datos descontextualizados, miedos ocultos e incongruencias existenciales.
Entre tanto, los mecanismos de propaganda de la posverdad no consiguen ocultar la externalización de la guerra estadounidense por los recursos europeos en Ucrania, ni la privatización global del agua, ni la desaparición de la primavera, ni los megaincendios desde Asturias hasta Canadá, ni los pronósticos de carestía alimentaria, ni la inflación por el pánico al fin del petrodólar.
Nos azotan tantas crisis externas que ni nos damos cuenta de las nuevas pastillas que tragamos para paliar la ansiedad interior.
La verdadera tragedia
Y, sin embargo, las terracitas están llenas, la campaña turística promete y en los programas electorales domina el discurso del éxito y de la seguridad.
Los mantras optimistas están bien anclados: cada vez hay más renovables, las estrategias para una Europa neutra en carbono progresan favorablemente, se anuncia un IBEX “sostenible” y la IA (inteligencia artificial) llega en el momento adecuado para salvar el sistema, aunque según sus propias palabras “está programada, no para resultar veraz, sino creible”.
Estamos ciegos, sordos e insensibles ante la verdadera tragedia que se cierne sobre el planeta Tierra.
Si pudiera dramatizar más este mensaje lo haría: estamos asistiendo a una extinción masiva.
En los últimos 40 años la población mundial de insectos ha disminuido un 75% y la de vertebrados un 70%. El 60% de los pájaros se alimenta de insectos y el 50% de los anfibios, de sus larvas. La base de la pirámide trófica se desmorona. El 44% de las personas que se dedican a la agricultura en el mundo tiene una intoxicación aguda al año por el uso de plaguicidas y 11000 personas mueren por ello cada año.
El Atlas de los pesticidas (Amigos de la Tierra) dibuja una distopía ya presente en todos los continentes. Pero el negocio de los biocidas crecerá un 11% este año, hasta alcanzar los 120000 M €. Sólo el 15% de los hábitats europeos está en buen estado de preservación. Sólo el 13% de los océanos está preservado y sólo el 7% de la superficie sobre el nivel del mar. Todos los ejemplares de todas las especies de mamíferos, excluyendo el ser humano y su ganadería, pesan sólo el 4% de toda la biomasa de los mamíferos del planeta. Y no lo vemos.
O viramos drásticamente el rumbo o atracaremos en un mundo muerto
En este artículo quiero gritar que mitigar el cambio climático está muy bien, pero que actuar en favor de la resiliencia de los ecosistemas es aún más urgente y necesario. Que estamos rompiendo los puntos de inflexión del equilibrio planetario, y sabemos que planetas inertes hay muchos, pero planetas con vida, sólo este. Quiero aplaudir todas las medidas de descarbonización de materiales, instituciones, procesos y estilos de vida, pero eso sería mirar al dedo que señala la luna. La luna a la que debemos prestar atención es la regeneración de ecosistemas, la preservación de la biodiversidad en cada lugar, la salvaguarda de todas las formas de vida.
La pérdida de complejidad de la biosfera la estamos viendo en forma de pérdida de población de las especies, pérdida de interconexión entre ecosistemas, pérdida de especialización de estos y pérdida de información genética. O viramos drásticamente el rumbo o atracaremos en un mundo muerto. Voy a intentar aportar, brevemente, cómo la bioconstrucción, además de descarbonizar, puede revertir el curso de extinción y construir fertilidad.
Sabemos que los 4000 millones de toneladas de cemento que se producen cada año en el planeta contribuyen con el 8% de los GEI. Ignoramos que durante su fraguado se alcaliniza hasta un pH de 13, lo que intoxica el agua o el suelo con el que entra en contacto y aumenta la disolución de metales pesados. Tampoco tenemos en cuenta que tanto cemento requiere el 10% del agua dulce del planeta para fraguar.
Comparativa entre una edificación de hormigón y una de madera
Una comparativa basada en el Análisis del Ciclo de Vida de Edgaras Linkevicius (Lithuania) entre edificios de hormigón y madera estructural, otorga una huella de carbono (en 50 años) de 219 kg CO2eq/m² al de hormigón y de 87 kg CO2eq/m² al de madera, suponiendo este último solo el 40% de la huella de carbono que aporta el de hormigón.
El de hormigón consumió 850 litros de agua dulce por m², el de madera 230 l/m², es decir, que consumió solo un 27% del total de agua que consumió el de hormigón.
Y 1519 MJ/m² de energía el de hormigón, frente a 510 MJ/m2 el de madera (solo el 33%).
El de hormigón agotó 1000 kg/m2 de materia no renovable, frente a 327 kg/m² del de madera (solo el 32%).
También hay que contar un dato de ACV-social: en la edificación de hormigón ocurren 855 accidentes laborales por cada millón de m² y en la de madera 11, lo que equivale a menos del 2% frente a los que ocurren cuando se construye con hormigón.
Comparativa
La comparativa de Andrea Monokova (Slovakia) entre un chalet de hormigón y otro de paja ofrece los siguientes resultados de ACV por metro cuadrado (ver tabla).
Vemos que el chalet de paja contamina de media un tercio que el de hormigón, a la vez que su consumo de energía renovable es 5 veces superior. Como nota a tener en cuenta en la construcción con paja es la huella hídrica necesaria para la cosecha de sus materiales, 7 veces superior a la del chalet de hormigón si se le presupone como un cultivo específico para ello, no como un aprovechamiento residual del cultivo del cereal ni un reciclado posterior a fin de vida, lo que, prácticamente, eliminaría la HH.


La falta de concienciación sobre lo que es más grave
En mi propia investigación encuentro una y otra vez que los impactos de la edificación en términos de ecotoxicidad marina, sobre las aguas superficiales o sobre los ríos, son mayores que los relacionados con los GEI. Ante la falta de concienciación sobre lo que es más grave, suelo decir que el potencial de calentamiento global (GWP por sus siglas en inglés), del que tanto hablamos a colación de las políticas de descarbonización, debe servir como punta de lanza de los demás indicadores ambientales, especialmente los relacionados con la pérdida de biodiversidad.
Sabemos que la ecotoxicidad, la acidificación y la eutrofización tienen efecto directo sobre la salud de los ecosistemas, pero aún estamos cuantificándolos. Las leyes europeas como la REACH sobre la toxicidad de materiales (también de construcción) se quedan en pedir a los fabricantes que no contaminen, pero no limita valores específicos.
Qué valores evalúan los sistemas de certificación
Algunos sistemas de certificación de la sostenibilidad de edificios reconocen valores ecológicos cualitativos o acciones de protección o monitorización ambiental, y el ámbito de las infraestructuras verdes y de la gestión de residuos está algo desarrollado, pero el grado de concreción es mínimo. Por ejemplo, en la certificación LEED obtienes la máxima puntuación de biodiversidad con sólo incluir seis tipos de plantas. Resulta banal y ridículo.
Así como el IPCC ya nos ha enseñado lo que implica, en términos de habitabilidad y vulnerabilidad, un escenario de calentamiento de + 1.5 ºC o + 3 ºC y todos nos imaginamos (y estamos viviendo ya) sequías, olas de calor, precipitaciones extremas, etc., y al igual que cuando hace 20 años comprendimos la relación entre el agujero de ozono y el cáncer de piel, necesitamos urgentemente aprender que echar al agua ácidos, nitratos o pesticidas (también presentes en pinturas, barnices, aglomerantes, resinas, plásticos, gomas y otros materiales de construcción) mata organismos fundamentales para el mantenimiento de los ecosistemas, y por tanto para la vida.
Afrontar decisiones. Cómo preferir vivir en un clima semidesértico a no poder vivir
Necesitamos gritar que los materiales naturales, de km0, de muy poca transformación y en el caso de requerir energía para adecuarlos a la obra que sea renovable o mejor de energía animal, son los únicos capaces de mantener la salud de los ecosistemas y detener la pérdida de biodiversidad, aun cuando la escala de intervención del sector de la edificación tenga que reducirse significativamente. Para el clima, para la vida y para nuestra salud mental, tenemos que construir mucho menos y aprovechar mucho mejor lo ya construido.
Cada euro conseguido en los mercados de carbono debe contribuir al desarrollo de acciones de restauración de los ecosistemas. No tenemos tiempo para solucionar problemas de uno en uno, tenemos que afrontar decisiones como preferir vivir en un clima semidesértico a no poder vivir; dilemas para los cuales el optimismo de la neutralidad climática no es suficiente.
Desde publicaciones como esta, además de facilitar la reducción de la huella de carbono, tenemos que llamar a la acción en favor de la vida. No sólo construir mejor cuando sea necesario, sino cuidar el agua, la tierra, la vida. Ecohabitad, benditos, ecohabitad!
Articulo publicado en la revista EcoHabitar nº 78 en verano de 2023
Te puede interesar:
El papel de los materiales geo y bio en la descarbonización del sector de la construcción.
La ecoconstrucción para una vida ecológica, un paso imprescindible para afrontar el cambio climático.
