Anthropic vs. OpenAI y la nueva frontera de las APIs » Enrique Dans
Anthropic ha decidido cortar el acceso de los ingenieros de OpenAI a la API de Claude, tras detectar que la empleaban, sobre todo Claude Code, para comparar y afinar el inminente GPT-5.
La empresa de Dario y Daniela Amodei lo justificó invocando sus términos de servicio, según los cuales está prohibido usar el servicio para construir un producto competidor o para llevar a cabo ingeniería inversa del servicio. Lo que durante años fue praxis habitual en IA, probar lo ajeno para aprender, ha pasado a ser considerado espionaje industrial.
El movimiento evidencia la asimetría entre ambos contendientes. OpenAI, tras su última ronda de 8,300 millones de dólares, alcanza una valoración de unos 300,000 millones, y maneja un ecosistema que supera los 800 millones de usuarios semanales y 5,200 millones de visitas mensuales a ChatGPT. Anthropic, aunque muchísimo más pequeña, ha pasado de valer 61,500 millones a recibir ofertas que la sitúan sobre los 100,000 millones, y presume de 18.9 millones de usuarios mensuales en Claude. El choque, por tanto, no es en absoluto simétrico ni igualitario: hablamos de la startup que todavía juega a David, blindando su honda frente al Goliath de la industria.
¿En qué sobresale cada cual? Anthropic ha convertido a Claude 4 en el referente para desarrolladores: 79% de aciertos en SWE-bench frente a un 55% aproximado de GPT-4.1 y un 63 % de Gemini, y se sitúa también por delante en Terminal-bench. Esa ventaja técnica podría explicar por qué los ingenieros de OpenAI querían tomarle la medida a Claude. Además, OpenAI está preparando GPT-5 para agosto, y las primeras filtraciones hablan de un salto notable precisamente en tareas de programación, lo que podría llevarlo a superar a Claude Sonnet 4. La competencia se libra, por tanto, en el terreno donde hoy se dirime la productividad de las organizaciones: quién escribe código más limpio, más rápido y con menos alucinaciones.
¿Tiene sentido intentar impedir el acceso a rivales? Desde el punto de vista jurídico, Anthropic se resguarda en sus propios términos de servicio, pero desde el pragmatismo, es casi misión imposible: basta crear otra cuenta, usar proxies o recurrir a terceros para seguir testeando modelos. En este caso, claramente, el símbolo cuenta mucho más que la eficacia: se trata de enviar el mensaje de que Claude es lo bastante bueno como para que incluso OpenAI lo necesite y lo qiera emular. Un gesto de marketing tanto como de protección tecnológica.
Tampoco es que sea un episodio aislado u original: Facebook bloqueó a Snapchat de sus APIs cuando vio amenazado su negocio de historias, y Salesforce hizo lo propio con startups dedicadas a la automatización. A medida que las plataformas de inteligencia artificial se convierten en infraestructuras críticas, la tentación de clausurar el «mirador» al vecino irá en aumento. El resultado puede ser una fragmentación de los ecosistemas y una menor reproducibilidad académica, justo lo contrario de lo que la comunidad de investigación ha defendido durante décadas.
Esta jugada de Anthropic, por tanto, funciona como un ensayo general de la próxima fase competitiva: no basta con entrenar modelos cada vez más grandes; también hay que controlar quién se dedica a observarlos y a utilizarlos como sparrings. Pero la historia de internet demuestra que blindar el conocimiento rara vez da ventaja sostenible: al final, las ideas fluyen, los benchmarks aparecen en foros abiertos y la carrera continúa. Si Claude es realmente mejor programando, lo sabremos con o sin permiso expreso de Anthropic, y si GPT-5 le arrebata el cetro, también. La gran pregunta es si en esa pugna por la supremacía algorítmica, los usuarios, sean empresas, desarrolladores o simples ciudadanos, ganaremos al disponer de modelos más potentes, o sólo pasaremos a tener modelos menos interoperables. Por el momento, lo único que nos queda claro es que la inteligencia artificial ya no se pelea en papers, en procesadores o en datos: se pelea a golpe de API y de Términos de Servicio.
