perder dinero para comprar opciones » Enrique Dans
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «La carrera hacia los números rojos» (pdf), y trata sobre una paradoja que me parece particularmente interesante: cómo algunas de las compañías más rentables, poderosas y generadoras de caja de la historia están decidiendo, de manera perfectamente consciente, llevar sus flujos de caja hacia cero o incluso hacia terreno negativo con tal de no quedarse atrás en la carrera por la inteligencia artificial.
La inversión llevada a cabo por esas compañías es tan elevada que ya supera el 2.1% del PIB de los Estados Unidos, la inversión que dio lugar a su red de ferrocarriles, o diez veces la inversión anual del programa Apollo.
Microsoft, Google, Amazon, Meta y Oracle están gastando cantidades extraordinarias en centros de datos, chips, redes eléctricas, refrigeración y todo tipo de infraestructuras necesarias para entrenar y servir modelos de inteligencia artificial. Según el análisis de The Washington Post a partir de datos de S&P Global Market Intelligence, el free cash flow agregado de esas cinco compañías podría prácticamente desaparecer en 2026 y caer hasta unos 125,000 millones de dólares negativos en 2027. Estamos hablando, por tanto, no de startups financiadas por inversores dispuestos a quemar dinero en busca de crecimiento, sino de auténticas máquinas de generar beneficios que están optando deliberadamente por reinvertirlos a una escala difícil de imaginar.
La pregunta interesante, obviamente, no es si la inteligencia artificial tiene futuro. A estas alturas, discutir eso resulta bastante poco útil. La cuestión es si quienes están poniendo cientos de miles de millones encima de la mesa serán realmente quienes capturen el valor económico que esa tecnología termine generando. La historia de la tecnología está llena de infraestructuras absolutamente transformadoras como los ferrocarriles, la electricidad, las telecomunicaciones, la fibra óptica o internet que cambiaron el mundo sin garantizar necesariamente grandes retornos a todos los que financiaron su construcción. Una cosa es crear muchísimo valor, y otra bastante distinta conseguir apropiarse de él.
El caso de SpaceX lleva esa lógica todavía más lejos y pone a los inversores todavía más nerviosos: tras su entrada en inteligencia artificial, la compañía ha destinado una proporción enorme de su inversión a capacidad de computación y afirma poder recuperar determinadas inversiones en menos de un año alquilándola a terceros, mientras su negocio de inteligencia artificial continúa todavía registrando pérdidas. Es una apuesta enormemente agresiva basada en una hipótesis muy concreta: que la capacidad computacional seguirá siendo suficientemente escasa y valiosa como para justificar construirla antes de saber exactamente para qué va a terminar utilizándose.
Y ahí está, para mí, el aspecto más interesante de toda esta carrera: posiblemente estemos ante un problema clásico de teoría de juegos. Desde el punto de vista colectivo, las grandes tecnológicas podrían estar construyendo demasiada infraestructura, demasiado deprisa y a precios excesivamente elevados. Pero desde el punto de vista individual de cada una de ellas, reducir la inversión puede resultar aún más peligroso. Si la inteligencia artificial termina siendo efectivamente una tecnología de propósito general y determina la próxima gran reorganización de la economía, llegar tarde podría resultar muchísimo más caro que haber invertido demasiado.
Eso convierte buena parte de este gasto no tanto en una inversión convencional como en el precio de una opción estratégica: pagar hoy cantidades gigantescas para asegurarse el derecho a competir mañana, aunque todavía no sepamos si el valor estará fundamentalmente en los modelos, en los agentes, en la nube, en las aplicaciones, en los chips, en la distribución o en alguna combinación que ni siquiera hemos imaginado aún.
¿Estamos ante una burbuja? Perfectamente posible, llevo diciéndolo mucho tiempo: una burbuja es la forma natural de la especie humana de reaccionar ante una tecnología de propósito general, un «todos a por ella». ¿Ante la construcción de la infraestructura que sostendrá la próxima fase de la economía digital? También. Y esas dos cosas, aunque pueda parecer contradictorio, no son en absoluto incompatibles. Muchas de las grandes revoluciones tecnológicas de la historia vinieron acompañadas de enormes excesos de inversión, quiebras y destrucción de capital. Las matemáticas de la inversión en inteligencia artificial son simplemente imposibles.
La cuestión, por tanto, no es simplemente si estas compañías están gastando demasiado. Es bastante más incómoda: cuando nadie sabe todavía cómo va a repartirse el valor de una tecnología potencialmente transformadora, ¿qué resulta más irresponsable para una gran compañía: arriesgarse a perder cantidades enormes intentando estar en primera línea, o proteger cuidadosamente sus beneficios y descubrir unos años después que se quedó fuera de la siguiente gran plataforma tecnológica?
