La educación no se arregla confiscando teléfonos » Enrique Dans
Cuando una sociedad no sabe qué hacer con sus problemas, busca un culpable sencillo. Preferiblemente uno que quepa en una mano, tenga pantalla y emita notificaciones. El smartphone se ha convertido en el chivo expiatorio perfecto de una crisis educativa que viene de mucho antes, tiene causas mucho más profundas y no se resolverá fingiendo que el mundo de nuestros hijos puede dejarse en la puerta del aula.
El interesante artículo de The Atlantic sobre uno de los psicólogos evolutivos más conocidos, Peter Gray, titulado «What if it’s not the phones?», es interesante porque pone palabras académicas desde el punto de vista de la psicología evolutiva a algo que llevo defendiendo prácticamente toda mi carrera: el problema no es la tecnología, sino nuestra incapacidad para educar con ella, entenderla e integrarla con criterio. Gray, que lleva décadas estudiando el juego libre y la autonomía infantil, sostiene ahora algo incómodo: esa necesidad de exploración no desaparece cuando el entorno deja de ser el parque o la calle y pasa a ser también internet. Los niños tienen que aprender a equivocarse, negociar, explorar y tomar decisiones en el mundo en el que realmente crecen, no en el mundo nostálgico que algunos adultos idealizan.
La tesis de Gray choca con la narrativa de Jonathan Haidt en «The anxious generation«, convertida en coartada perfecta para quienes prefieren una prohibición a una conversación difícil. Haidt ha popularizado la idea de que smartphones y redes sociales han «recableado» la infancia y causado una epidemia de enfermedad mental. Gray ve ahí una nueva versión del pánico moral de siempre: ante cualquier problema infantil, la reacción automática de los adultos consiste en retirar otra libertad más. En su crítica a Haidt, insiste en que la literatura científica está lejos de demostrar esa causalidad, y que confundir correlación con explicación es una forma cómoda de dejar de mirar donde deberíamos mirar: a la escuela, a la presión académica y al empobrecimiento del aprendizaje.
Esa idea tampoco me resulta nueva. En 2014, hablando sobre móviles en la escuela, ya defendía que el libro de texto era un artefacto del pasado, un paquete cerrado de información en una época en la que la información es ubicua, y que la educación debía enseñar a buscar, cualificar y utilizar conocimiento. En 2016 escribía que los dispositivos no eran enemigos del aprendizaje, sino aliados poderosos si la educación se definía correctamente, y que prohibirlos solo demostraba miedo a lo nuevo y falta de sentido común. En 2021 volví sobre la misma cuestión: no, la tecnología no provoca terribles trastornos por sí misma; lo que provoca problemas es educar mal y después buscar una excusa cómoda. Y en 2025 lo formulé con claridad: prohibir móviles en adolescentes es el camino más corto hacia una sociedad de ignorantes.
No se trata de negar los riesgos. Las redes sociales tienen modelos de negocio diseñados para capturar atención, explotar impulsos, amplificar basura y convertir la vulnerabilidad en tiempo de pantalla. La cuestión es si la respuesta inteligente consiste en esconder ese entorno o en enseñarlo. El informe de las National Academies sobre redes sociales y salud adolescente reconoce daños posibles para algunos jóvenes y algunos usos, pero también beneficios y apoyo, y recomienda actuar con precisión, no con prohibiciones indiscriminadas. Candice Odgers, en Nature, advierte que la evidencia sobre si el tiempo de pantalla explica la ansiedad y la depresión adolescente es equívoca, y que una historia demasiado simple puede distraernos de las causas reales. El Oxford Internet Institute, tras analizar datos de más de 430,000 adolescentes en Estados Unidos y Reino Unido, encontró muy escasa evidencia de que la relación entre uso de tecnología y problemas de salud mental haya aumentado de manera consistente.
Incluso cuando miramos a la escuela, los datos obligan a pensar, no a gritar. Pew Research Center encontraba en 2025 que la mayor presión declarada por los adolescentes estadounidenses eran las notas, por encima de la apariencia o la integración social. La OCDE advierte de que el uso recreativo de dispositivos en clase se correlaciona negativamente con el rendimiento, pero eso no prueba que el dispositivo sea el problema: prueba que una herramienta sin propósito pedagógico, en un aula mal diseñada, distrae. Igual que distrae una clase absurda o un sistema obsesionado con evaluar memoria.
Lo mismo ocurre con la supuesta “superioridad” de los métodos tradicionales, ahora convenientemente resucitada por algunos países nórdicos que anuncian la vuelta a los libros de texto, al bolígrafo y al papel como si acabaran de descubrir la piedra filosofal de la educación. Suecia, por ejemplo, ha invertido en más libros físicos y menos pantallas, y ha modificado el despliegue de pruebas digitales en primaria bajo el argumento de que los alumnos más pequeños aprenden mejor con materiales impresos. Pero el problema no está en reconocer que escribir a mano, leer en papel o trabajar sin distracciones puede tener valor: claro que lo tiene. El problema está en convertir eso en una cruzada ideológica contra la tecnología y, sobre todo, en medir después el éxito con las mismas metodologías de siempre. Si evalúas con exámenes diseñados para premiar la repetición literal, la memoria de corto plazo y la capacidad de reproducir lo que dicen las páginas del libro, no estás demostrando que el libro sea superior: estás demostrando que el sistema de evaluación sigue atrapado en el libro. Es como juzgar la inteligencia de un alumno por su capacidad para recitar una enciclopedia en la era de la inteligencia artificial. La OCDE, cuando analiza el caso sueco a partir de PISA 2022, no habla de una magia intrínseca del papel, sino de problemas mucho más complejos: interrupciones en el aula, uso pedagógico desigual de las herramientas digitales, seguridad, autonomía local y calidad docente. Confundir “mejores notas en pruebas antiguas” con “mejor aprendizaje” es una de las trampas más peligrosas del debate educativo contemporáneo. No, los niños suecos no son ahora «más listos por usar papel y lápiz, ni aprenden mejor: simplemente siguen funcionando como antes en pruebas memorísticas absurdas diseñadas hace siglos, y que no sirven para medir nada.
La escuela que prohíbe smartphones porque distraen está confesando su fracaso. Está diciendo que no sabe convertir una pantalla en herramienta, enseñar a verificar fuentes, detectar manipulación, proteger la privacidad, entender algoritmos, gestionar la atención o distinguir información de conocimiento. Y eso, en 2026, no es prudencia: es negligencia. Educar no consiste en conservar artificialmente un pasado que ya no existe, sino en preparar a los alumnos para un presente complejo. Pretender formar ciudadanos digitales en aulas analógicas es como enseñar navegación retirando el mar.
Gray no propone abandonar a los niños en internet, del mismo modo que defender el juego libre no significa soltar a un niño en medio de una autopista. Viene a recordar algo más incómodo: crecer implica libertad, exploración, error y aprendizaje, y una infancia permanentemente vigilada, reglada, examinada y protegida de todo riesgo fabrica adultos dependientes, frágiles y manipulables. La tecnología no ha creado la crisis educativa: sólo la ha hecho visible.
La pregunta relevante no es si debemos permitir móviles en clase, sino qué tipo de educación queremos construir alrededor de una realidad en la que esos dispositivos existen, nos acompañan y median nuestra relación con el conocimiento, el trabajo y los demás. Culpar al smartphone es fácil. Cambiar la escuela es muy difícil. Precisamente por eso tantos prefieren lo primero.
