hay que clausurarla » Enrique Dans

Publicado por Emprendimiento en

IMAGE: Mark Zuckerberg as a dark, dystopian puppet-master figure controlling rows of phone-absorbed users with strings, surrounded by surveillance imagery and social media reaction icons

La Comisión Europea ha vuelto a hacer lo que demasiadas veces hacen los reguladores ante una industria tóxica: identificar correctamente el problema, describirlo con precisión quirúrgica… y quedarse a mitad de camino. Sus conclusiones preliminares bajo la Digital Services Act señalan que Facebook e Instagram incorporan diseños adictivos que dañan el bienestar físico y mental de los usuarios, especialmente de los menores. La lista resulta grotesca por lo conocida: reproducción automática, desplazamiento infinito, recomendaciones hiperpersonalizadas y controles parentales insuficientes. Bruselas plantea desactivar por defecto el autoplay y el scroll infinito, introducir pausas efectivas y hacer menos adictivos los sistemas de recomendación.

Todo eso está bien. Pero también es insuficiente. Discutir si Meta debe quitar el scroll infinito es como discutir si una tabacalera debe cambiar el color del filtro mientras sigue manipulando la nicotina. El problema no es una funcionalidad concreta. El problema es una compañía cuyo negocio consiste en capturar atención mediante vigilancia masiva, convertirla en perfiles psicológicos y venderla en forma de publicidad. Meta no “tiene” elementos adictivos: Meta es una arquitectura de adicción. No “utiliza” vigilancia: Meta es vigilancia convertida en cuenta de resultados.

Los datos financieros de la propia compañía son la confesión. En 2025, Meta declaró 200,970 millones de dólares de ingresos, impulsados por el aumento de impresiones publicitarias y del precio medio de los anuncios. Traducido: más tiempo delante de la pantalla, más impactos, más subastas, más extracción. La empresa gana más cuanto más consigue mantener a la gente mirando, reaccionando, comparándose, indignándose, comentando, desplazándose sin fin y generando señales de comportamiento. Llamarlo “red social” es un absurdo eufemismo propagandístico.

La FTC estadounidense lo explicó con una claridad que debería avergonzar a cualquier legislador que aún hable de “autorregulación”: las grandes plataformas sociales y de vídeo han practicado una vigilancia masiva de sus usuarios, han monetizado enormes cantidades de información personal y han ofrecido protecciones insuficientes, especialmente para niños y adolescentes. El European Data Protection Board dejó claro que los modelos de “consiente o paga” difícilmente pueden presentarse como consentimiento libre. Dicho de otra manera: el sistema no se sostiene si se aplica la ley de verdad.

Y, por supuesto, Meta lo sabe. Amnistía Internacional documentó cómo los algoritmos de Facebook contribuyeron a amplificar odio y violencia contra los rohingya en Myanmar. En marzo de 2026, un jurado estadounidense encontró responsables a Meta y YouTube por diseño negligente. Y ahora, varios estados norteamericanos reclaman hasta 1.4 billones de dólares en sanciones. No son anécdotas. Son síntomas de una misma enfermedad.

Por eso resulta ridículo seguir pidiendo a Meta que “cambie”. Meta no puede cambiar sin dejar de ser Meta. Si desactiva realmente los mecanismos que maximizan la adicción, reduce su inventario publicitario. Si minimiza la recogida de datos, destruye su capacidad de segmentación. Si devuelve al usuario el control efectivo sobre lo que ve, debilita el motor que convierte vulnerabilidad humana en dinero. Si protege seriamente a los menores, reconoce que su producto es peligroso también para los adultos. Reformarla de verdad sería demolerla.

La discusión sobre menores, edad mínima, verificación de identidad o controles parentales es, en gran parte, una distracción. ¿Por qué seguimos permitiendo que exista una infraestructura diseñada para explotar debilidades cognitivas y emocionales? Una máquina que intoxica la conversación pública, degrada la salud mental, amplifica odio, captura datos, manipula incentivos y llama a todo ello “conectar personas” no merece un plan de mejora. Merece una orden de cierre o multas tan brutales y reiteradas que la hagan económicamente inviable.

La publicidad basada en vigilancia comportamental debería ser ilegal. Las recomendaciones optimizadas exclusivamente para engagement deberían ser auditadas, limitadas o prohibidas. Las plataformas que no puedan funcionar sin perfilar psicológicamente a sus usuarios deberían abandonar el mercado. Y las empresas que reincidan deberían recibir sanciones no pensadas para “corregir su conducta”, sino para impedir que seguir infringiendo sea una línea más en el presupuesto legal.

Lo mismo aplica a los accionistas y sus anunciantes: invertir o anunciarse en redes de Meta es financiar a una compañía cuyo rendimiento depende de la adicción, la vigilancia y la irresponsabilidad sistemática, que contribuye decisiva y activamente a la descomposición de nuestras sociedades. Quien se anuncia ahí o compra esas acciones compra una parte de esa maquinaria y de sus consecuencias. Está lucrándose con una empresa de la que sabe perfectamente el daño que causa, y sigue haciéndolo simplemente porque le resulta rentable. Deberían sentir asco de sí mismos.

Europa tiene ahora una oportunidad: puede seguir negociando pequeños parches absurdos con una compañía que lleva veinte años demostrando que cada uno de esos parches es una excusa para ganar tiempo. O puede admitir lo evidente: que Meta no es una empresa tecnológica con algunos problemas éticos, sino un problema ético convertido en empresa tecnológica. La naturaleza de la bestia no se cambia pidiéndole que muerda con más cuidado. Se le quitan los dientes, se la encierra o se impide que siga saliendo a cazar.


This article is also available in English on my Medium page, «When will Europe realize that with Meta, there can be no half-measures

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