El soldado, el dron y la nueva gramática de la guerra » Enrique Dans

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IMAGE: A soldier uses a tablet to coordinate multiple drones over a devastated battlefield, with network overlays suggesting the new algorithmic logic of war

Durante décadas, hemos imaginado la guerra tecnológica como una cuestión de superioridad industrial: aviones cada vez más caros, carros de combate más sofisticados, misiles más precisos y sistemas de mando cada vez más centralizados. Ucrania ha demostrado que esa visión no era completamente falsa, pero sí profundamente incompleta. La guerra del futuro no se está escribiendo únicamente con plataformas de cientos de millones, sino con dispositivos baratos, reemplazables, actualizados en ciclos de semanas y operados por soldados que, en muchos casos, se parecen más a pilotos de videojuegos que a combatientes tradicionales. Como ya apuntaba hace un año, la clave no está solo en el dron, sino en la combinación de bajo coste, escala, inteligencia, producción distribuida y aprendizaje acelerado.

Corea del Sur acaba de dar un paso que debería estudiarse con mucha atención: quiere entrenar a sus aproximadamente 500,000 militares para que el manejo de drones sea tan normal como el de un arma personal. No se trata de crear una unidad de élite, sino de convertir el dron en una capacidad universal, distribuida por ejército, marina, fuerza aérea e infantería de marina. El plan incluye unos 11,000 drones de entrenamiento en 2026, alrededor de 60,000 para 2029, más de 20,000 drones baratos y prescindibles, municiones merodeadoras y sistemas antidron basados en láseres y microondas.

La decisión surcoreana no puede entenderse sin dos factores. El primero es Corea del Norte, que observa el conflicto ucraniano no como un conflicto lejano, sino como un laboratorio al que ha enviado soldados, instructores y posiblemente doctrina. El segundo es la demografía: el ejército surcoreano se ha reducido un 20% en seis años, hasta unos 450,000 efectivos, mientras la población masculina en edad de reclutamiento cae rápidamente en el país con una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo. Cuando faltan soldados, la tentación de sustituir masa humana por automatización deja de ser una fantasía futurista y se convierte en política pública.

Pero cuidado: entrenar a 500,000 personas no equivale a tener 500,000 operadores útiles. El cuello de botella no está únicamente en comprar drones, sino en disponer de instructores, suboficiales, componentes no chinos, cadenas de suministro fiables y una doctrina capaz de absorber una tecnología que cambia más deprisa que los procesos de adquisición militar. Ucrania ha podido hacerlo porque está en guerra, porque existe una movilización social extraordinaria y porque el aprendizaje vuelve del frente en cuestión de días. Corea del Sur, como cualquier democracia en paz, tiene leyes, ministerios, certificaciones, presupuestos y burocracia.

Lo verdaderamente nuevo no es que haya drones en el campo de batalla. Lo nuevo es que están reescribiendo sus reglas físicas. En Ucrania, la llamada kill zone, esa franja en la que moverse equivale prácticamente a ser inmediatamente detectado y atacado, ha pasado de unos pocos kilómetros a quince, veinte o incluso más. La concentración de sensores, drones FPV, municiones merodeadoras, guerra electrónica y enlaces por fibra óptica ha convertido la movilidad, tradicionalmente una ventaja, en un riesgo. El frente no se mueve porque todo lo que se mueve puede ser visto.

Eso altera la economía de la guerra. Un dron barato puede destruir un tanque, inutilizar una pieza de artillería, perseguir a un soldado o forzar a un convoy a detenerse. El prestigio del sistema caro se enfrenta a la brutal aritmética de la saturación. Un misil antiaéreo de millones contra un dron de unos cientos o miles de dólares es una ecuación perdedora si se repite suficientes veces. La defensa ya no consiste solo en blindaje, sino en sensores, interferencias, redes, camuflaje, redundancia, producción masiva y capacidad de iterar antes que el enemigo. El concepto se resume con una idea incómoda: los drones ganan batallas, pero los componentes ganan guerras.

Taiwán lo ha entendido también. Frente a China, no puede competir simétricamente en número de barcos, aviones o misiles, pero sí puede intentar construir una defensa distribuida, barata, autónoma y difícil de neutralizar. Su apuesta por fabricar drones propios, reducir dependencia de China y convertirse incluso en proveedor para Estados Unidos muestra que el dron ya no es solo un arma: es política industrial, soberanía tecnológica y estrategia geopolítica condensadas en una hélice, una cámara y una batería.

El problema más inquietante aparece cuando el operador humano empieza a desaparecer del bucle. Informaciones recientes describen pruebas ucranianas con drones completamente autónomos capaces de atacar sin enlace de vídeo ni decisión humana inmediata. Aunque siguen siendo casos relativamente excepcionales, marcan una frontera moral y jurídica enormemente peligrosa. El Comité Internacional de la Cruz Roja lleva tiempo advirtiendo que los sistemas autónomos pueden erosionar el control humano significativo, la distinción entre combatientes y civiles, la proporcionalidad y la rendición de cuentas.

La guerra mediante drones democratiza ciertas capacidades, pero no democratiza necesariamente la responsabilidad. ¿Quién responde por un ataque autónomo equivocado? ¿El operador que fijó la zona? ¿El programador? ¿El comandante? ¿El proveedor del modelo de visión artificial? ¿El Estado? En la guerra clásica, las reglas ya eran difíciles de aplicar. En la guerra algorítmica, pueden convertirse directamente en inútiles.

Los ejércitos del futuro se parecerán menos a organizaciones basadas en plataformas y más a ecosistemas de software, hardware barato, talleres, datos, operadores, instructores y ciclos de aprendizaje. La superioridad no vendrá solo de tener mejores armas, sino de actualizar más deprisa, producir más cerca, perder menos tiempo en adquisiciones absurdas y entender que cada soldado puede ser completamente multifuncional: nodo sensor, piloto, analista y objetivo.

La gran pregunta no es si los drones cambiarán la guerra: ya lo han hecho, y la prueba está ahí, a las puertas de Europa. La pregunta es si nuestras instituciones, nuestros tratados, nuestras doctrinas militares y nuestras democracias serán capaces de cambiar a la misma velocidad, o si debemos repensar completamente el diseño de nuestros ejércitos. Porque si no lo hacen, las reglas de la guerra no las escribirán los parlamentos ni los convenios internacionales, sino los algoritmos, los talleres improvisados y el zumbido de miles de máquinas baratas sobre el frente de batalla.

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