La ciudad biohabitable: la salud como proyecto urbano
La salud es el fundamento sobre el que se apoya toda posibilidad de crecimiento personal, social y económico.
No es un bien garantizado ni distribuido de forma equitativa: es una condición dinámica, moldeada por el contexto en el que vivimos. Entre los factores que la determinan –políticos, económicos, culturales, biológicos, conductuales– el más omnipresente es el ambiental.
El ambiente es nuestro primer “espacio de cuidado” o, por el contrario, el primer factor de riesgo. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 25% de las enfermedades en el mundo se atribuyen directamente a factores ambientales modificables, una proporción que seguirá aumentando si no se actúa de forma sistémica y con visión de futuro.
Cuando pensamos en el ambiente, a menudo lo asociamos a bosques y paisajes vírgenes, o, en el otro extremo, al cemento y al tráfico. Pero el ambiente es mucho más: es el aire que respiramos, el agua que bebemos, la comida que ingerimos; son las calles, las viviendas, las infraestructuras, los espacios públicos y privados que recorremos cada día. Es externo e íntimo al mismo tiempo, parte inseparable de nuestra cotidianidad. Todo lo que compromete este equilibrio –la contaminación atmosférica, la degradación del suelo, el ruido, las islas de calor urbanas, los materiales tóxicos– se traduce en riesgos concretos para la salud. Aquí es donde entra en juego la ciudad biohabitable: un modelo urbano que no se limita a reducir daños, sino que diseña el hábitat para prevenir enfermedades y promover activamente el bienestar y la longevidad.
La ciudad como laboratorio de futuro
Más de 4.000 millones de personas –el 55% de la población mundial– ya viven en áreas urbanizadas; para 2050, la proporción alcanzará casi el 70% (ONU). En Europa, la cifra asciende al 75% (World Bank). Las ciudades son, por lo tanto, el escenario donde el desafío es más urgente: la alta densidad de población, las infraestructuras, el tráfico y la impermeabilización del suelo suelen generar condiciones propicias para el estrés crónico, las enfermedades respiratorias y cardiovasculares, así como trastornos metabólicos y mentales.
Un estudio publicado en The Lancet Psychiatry (2023) revela un dato alarmante: antes de los 75 años, una de cada dos personas desarrollará un trastorno mental, con inicio en la mayoría de los casos antes de los 20 años. Pero no es un destino inevitable. La ciudad biohabitable demuestra que existe una alternativa: lugares que curan en lugar de enfermar, que ponen en el centro la calidad del aire, la movilidad activa, los espacios verdes accesibles y multifuncionales, materiales saludables, edificios resilientes al clima y políticas urbanas inspiradas en la salud pública como bien común. En este modelo, la planificación territorial se convierte en una herramienta de prevención, y la relación entre el ser humano y el territorio recupera su dignidad original: la de un vínculo recíproco, vital, que debe cultivarse cada día.
La naturaleza como infraestructura vital de la ciudad biohabitable
La ciencia es inequívoca: el contacto con la naturaleza favorece la salud humana de forma profunda y medible. Reduce el estrés, mejora el estado de ánimo, disminuye la ansiedad y es uno de los medios más poderosos para proteger y fortalecer tanto la salud física como la mental. En una ciudad biohabitable, la naturaleza no es un elemento decorativo, sino una infraestructura vital, al mismo nivel que las calles o las redes de agua.
Una scoping review publicada en el Journal of Global Health (2022), basada en 39 estudios, reveló que el 98% de las intervenciones basadas en la naturaleza (Nature-Based Interventions, NBIs) reporta beneficios para la salud mental, el 83% para la salud física y el 75% para la salud cognitiva. Estas intervenciones incluyen actividades estructuradas o guiadas que fomentan una exposición intencional a espacios verdes o azules –parques, jardines, huertos, riberas de ríos, humedales– diseñadas para generar bienestar. Ejemplos de ello son el forest bathing (baño en el bosque), la horticultura terapéutica, los paseos conscientes y las prescripciones de naturaleza, auténticas prescripciones clínicas de tiempo al aire libre.
El Royal College of Psychiatrists (2024) ha reconocido la naturaleza como un recurso esencial para la salud mental, mientras que una revisión sistemática publicada en Lancet Planetary Health (2023) demostró que las NBIs reducen la ansiedad y la depresión, mejoran la regulación emocional, el sentido de propósito y la calidad de vida, con efectos positivos también en el TDAH, el autismo y las adicciones. Los beneficios no se limitan a las personas: fortalecen el sentido de pertenencia, reducen el aislamiento social y las desigualdades, y previenen el burnout del personal sanitario. La conexión con la naturaleza también estimula comportamientos ecológicos, creando comunidades más resilientes y conscientes en una era de crisis climática.
Reducir las islas de calor urbano
En la ciudad biohabitable, las infraestructuras verdes urbanas –arbolado viario, parques, bosques urbanos, cubiertas y muros vegetales, humedales artificiales– cumplen, además, funciones de seguridad y cohesión social. Estudios realizados en Norteamérica muestran que los edificios de vivienda pública con más vegetación registran un 52% menos de delitos totales y un 56% menos de crímenes violentos que aquellos sin zonas verdes (Wolf, 2010). El verde urbano actúa como catalizador social, favoreciendo el encuentro, la colaboración y el sentido de pertenencia, y aumenta la percepción de felicidad independientemente del nivel de ingresos o de educación.
En el plano ambiental, estas áreas reducen las islas de calor urbano, bajando las temperaturas estivales hasta en 5 °C y protegiendo especialmente a personas mayores y niños. Gracias a su capacidad de absorber el agua de lluvia, las Nature-Based Solutions mejoran la resiliencia hídrica de las ciudades, previniendo inundaciones.
Para los más pequeños, crecer en entornos ricos en naturaleza significa también favorecer el desarrollo cerebral y las capacidades cognitivas, sentando las bases para un futuro más saludable e integrado con el medio ambiente.

Infancia, biodiversidad y asombro: el corazón vital de la ciudad biohabitable
La ciudad biohabitable está pensada para acompañar todas las etapas de la vida, empezando por la infancia. La evidencia científica es clara: vivir en entornos urbanos ricos en naturaleza accesible favorece el desarrollo cognitivo, motor y socioemocional desde los primeros años. Un estudio con más de 5.400 niños europeos (Environment International, 2022) reveló que una mayor exposición a espacios verdes durante el embarazo se asocia con mejores habilidades verbales a los 5 años, mientras que la exposición a partículas finas (PM2.5) en el mismo periodo se vincula con un empeoramiento de la motricidad fina.
La naturaleza protege contra la contaminación, mitiga el calor urbano y estimula la actividad física y las relaciones sociales. Los efectos también son biológicos. Una investigación realizada en Japón (Nature – Scientific Reports, 2025) demostró que, tras solo cuatro sesiones semanales de actividades en prados y bosques, niños en edad preescolar presentaban niveles más bajos de cortisol y amilasa salival (indicadores de estrés), una reducción de síntomas gastrointestinales y una mayor diversidad del microbiota intestinal, un factor clave para un sistema inmunitario equilibrado.
Combatir la soledad
El vínculo entre el verde y la salud mental se prolonga durante toda la vida. Un estudio danés con más de 940.000 personas (2019) mostró que crecer cerca de espacios verdes en los primeros diez años reduce hasta un 55% el riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos en la edad adulta, especialmente en entornos urbanos. La biodiversidad amplifica estos beneficios. Investigadores en Alemania (The Lancet Planetary Health, 2024) descubrieron que vivir en zonas con mayor diversidad de aves reduce significativamente los síntomas depresivos, sobre todo en personas con menores ingresos, independientemente de la cantidad de verde o la densidad de población. Esto confirma el valor de la biodiversidad perceptible –visual y acústica– como factor protector de la salud mental.
La ciudad biohabitable también combate una emergencia silenciosa: la soledad. En un estudio publicado en Environmental Research (2024), pasar solo 1–2 horas semanales en espacios verdes o azules se asoció con un aumento del alivio de la soledad del 69% a los 4 meses y del 110% a los 16 meses. Estos resultados muestran que la naturaleza urbana puede ser una estrategia accesible y no farmacológica para mejorar la salud relacional y comunitaria.
Más allá de los beneficios medibles, la ciudad biohabitable ofrece algo más sutil pero esencial: el asombro (awe). Este sentimiento de admiración ante algo más grande que nosotros –estudiado por Monroy & Keltner (2022)– reduce el estrés y la inflamación, refuerza el sentido de conexión social y aporta un significado más profundo a la vida cotidiana. Las áreas verdes urbanas ricas en biodiversidad –con una amplia variedad de plantas, aves, insectos y hongos– no solo construyen ecosistemas resilientes, también fortalecen nuestro cuerpo y nuestra mente, recordándonos que nuestra salud forma parte inseparable de la salud del planeta.
La ciudad biohabitable como estrategia global de salud y resiliencia
La biodiversidad es un motor de resiliencia: no solo para los ecosistemas, también para nuestro cuerpo y nuestra mente, que forman parte integral de ella. La ciudad biohabitable asume esta conciencia, integrando la naturaleza como infraestructura primaria para el bienestar. Este enfoque se refleja en el movimiento global de las Biophilic Cities, ciudades que sitúan la conexión con la naturaleza en el centro del diseño urbano, las políticas públicas y la vida cotidiana, garantizando que cada ciudadano pueda beneficiarse de ella. En Italia, los primeros signos de este cambio cultural ya son visibles: Verona es la primera ciudad que ha asumido oficialmente la identidad de “Ciudad Biofílica”, comprometiéndose a integrar la naturaleza de forma sistémica en el tejido urbano.
Conexiones ecológicas continuas
Una ciudad biohabitable no se limita a plantar árboles o instalar cubiertas verdes: crea conexiones ecológicas continuas, ofrece experiencias multisensoriales de contacto con la naturaleza y garantiza un acceso equitativo a espacios ricos en biodiversidad, independientemente del barrio o del nivel de ingresos. El objetivo es doble: promover la sostenibilidad ambiental y cuidar la salud mental, física y social de las personas. También en un país como España, que se reconoce en la belleza y la biodiversidad de sus paisajes, la ciudad biohabitable representa una elección estratégica para la salud pública y para el futuro. Se trata de una inversión con visión de futuro: mejora la calidad de vida, refuerza la cohesión social, aumenta la resiliencia climática y ofrece soluciones preventivas económicamente ventajosas y fácilmente escalables. En otras palabras, la ciudad biohabitable es una política de bienestar colectivo, belleza y supervivencia.
Rita White es Psicóloga Ambiental, experta en Biophilic Design y Presidenta de la Academia Italiana de Biofilia (AIB) – www.aibitalia.org
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