Apología de la biohabitabilidad VI. La casa de los espíritus
Pensamos que habitar es “ocupar completamente un lugar”, tomarlo en “plena posesión”; por regla general despojando, desalojando a otros… A golpe de azada, de excavadora, de cañón… o de sentencia judicial y ejecución hipotecaria.
Decretamos que los otros no existen. No, al menos, de la misma forma en que nosotras existimos.
Decimos que no tienen derechos, como esos colonos judíos robando “legalmente” sus casas a las familias palestinas, en Jerusalén Este.
O, “simplemente”, que no tienen alma, como en las seculares rapiñas colonizadoras…
En los países del Sudeste Asiático, cuando una familia se muda a un terreno para construir su hogar lo primero que hace es levantar la Casa de los Espíritus. Estos pequeños templos se colocan, prácticamente, muy cerca de cada domicilio.
Bellamente decorados son, en el fondo, una manera de disculparse y un elemento mágico. Es el intento de apaciguar a los espíritus del lugar furiosos por haber sido “desplazados”.
Sin esa bonita casa, que los humanos les “regalan” a cambio de la “antigua”, los espíritus revolverían su poder en contra de la familia. Con ella pueden, incluso, llegar a convertirse en espíritus protectores. Por eso, además de templos, estas construcciones son altares en los que cada día se hacen ofrendas.
Así, los sudasiáticos reconocen la tendencia humana a un habitar segregado. La exigencia de “ocupación completa” con el consiguiente “desalojo”, si fuera necesario, de los antiguos moradores. Un habitar que es un tener, más que una forma de ser: habitar en propietario.
En los orígenes de nuestra civilización, el imperio romano fue una de las culturas que más estudió la cuestión de la propiedad de cosas y seres vivos.
En sus leyes, algunas de las cuales todavía nos inspiran, la posesión tomaba tres formas: el usus, o derecho de uso del objeto-ser vivo en cuestión. El fructus, o derecho a disfrutar del beneficio y la utilidad que produzca. Y el abusus, o derecho de destrucción1.
Ninguna propiedad se consideraba total hasta que no se ejercían los tres derechos.
Por eso, el pater familias propietario de su domus, señor de su habitar, podía dar muerte, sin consecuencia alguna, a absolutamente todos los habitantes de su casa: animales, esclavos, esposa… e, incluso, a sus propios hijos.
Lo que, trágicamente, convierte al abusus en el derecho más importante.
El habitar en propietario lleva, paradójicamente, a la destrucción de aquello que gozamos. En lugar de al cuidado…
Des-habitares
En la forma plenipotenciaria del habitar lo decisivo del abusus produce, precisamente, su contrario: un deshabitar como el que hoy amenaza las áreas turísticas de la cuenca Mediterránea, donde ciudadanos ricos que poseen múltiples habitares, convierten a los pueblos y ciudades por los que se han sentido seducidos, en lugares fantasma. En lugares des-habitados.
La manía de la propiedad empuja a hacerse un lugar, como si el mundo fuera tan pequeño que no hubiera espacio para todos (“¡Pues claro que no!, gritan los eugenistas maltusianos, mesándose los pocos cabellos que les quedan. ¡Somos legión!”) .
En la escasez del habitar es evidente que nunca tendremos “suficiente” (“Cariño, ¿para qué quieres comprar otra casa?, preguntaba un amigo a su bella esposa, ¡si ya tenemos muchas!).
La manía de la propiedad entiende el espacio como un contenedor, un lugar para res-guardar las pertenencias. Un vacío delimitado y fijo frente a una bio-esfera cambiante e ilimitada, continuamente co-creada por todos los seres que la habitan.
Cuerpos de todas las formas, colores y tamaños danzando en Inter-conexión.
La idea de ocupar completamente un lugar cerrado es, por otra parte, totalmente ilusoria. Por mucho(s) que desalojemos siempre quedará un resto; alguien incómodo a quien perseguir, con quien pelearse: vecinos, pájaros, murciélagos, arañas, hormigas, ratas, cucarachas, ácaros…; virus, bacterias, protozoos… saliendo y entrando de (en) nuestros propios cuerpos. Y ¿qué decir de la invasión algorítmica que se mete por la luz de los ojos?, ¿o de los químicos y radiaciones que atraviesan las ventanas, las puertas y hasta las paredes?2.
Probablemente, la ilusión de propiedad es la causa principal de la increíble expansión en el negocio del búnker. Esa cajita perfectamente sellada a la que puedo mudarme con todos mis accesorios (amigos incluidos). Desde donde, algún día, contemplaré la destrucción del mundo con mi máscara antigás, y sin derramar una sola lágrima.
Nadie se pregunta ya por la posibilidad del Apocalipsis. Hemos asumido que se trata de una REALIDAD inminente.
La cuestión no es si sucederá o cuándo sucederá. Es QUIÉN se salvará en el Juicio Final. Evidentemente, se salvarán los propietarios de los búnkeres. Amén.
Ahora mientras escribo, se me ocurre que podría acudir a esa industria floreciente a solicitar financiación para este texto.
Pero no lo haré. Juro que nunca me compraré un búnker. ¿Para qué iba a hacerlo?
Ya tengo muchos…
Poetas y bailarinas
Así pues, habitamos el mundo en propietarios, dueños y señoras… hasta la destrucción final.
Sin embargo, Martin Heidegger, el último gran filósofo, afirmó que “El hombre habita en poeta”. ¿Qué quiso decir con esto?
Sin duda, el arte es la expresión más pura de la naturaleza humana. Una manifestación precoz de nuestra esencia, más instintiva que cultural. Antes de andar, las criaturas ya saben bailar, antes de hablar, cantan y antes de escribir, pintan…, como le hubiera gustado hacerlo al propio Pablo Picasso3.
Si a cualquier edad somos capaces de “sumergirnos en el bosque” en lugar de caminar sobre él, de bucearlo como el océano que fue (y todavía es…), no es raro que sintamos esa llamada. Que nos apetezca, desesperadamente, desplegar el cuerpo en el espacio, la voz en el aire, el sentimiento en una ola de calor a través de las venas hasta la punta de los dedos.
Cuando nos relacionamos directamente con el mundo, habitamos la maravilla. Nos encantamos con su belleza y celebramos el gozo de estar vivas.
Habitar en artista es ser antes que tener. Es abrirse a la propia presencia entrelazada con la presencia de otros. Es no tener miedo a sentir. A ser afectada. Es confiar en la fuerza de la vulnerabilidad. Y en la vulnerabilidad de la fuerza. Es un existir expandido, sin la contracción de la seguridad y el control.
Habitar en poeta es ESTAR EN RELACIÓN. O, más bien, SER en relación. Ocupar una posición, pero jamás totalmente. Porque un lugar es siempre una relación. Un movimiento continuo de dar y recibir.
Habitar en poeta es experimentar y celebrar la realidad de nuestra permeabilidad.
Reconocer que estamos continuamente atravesadas, en permanente comunicación, consciente e inconsciente, con una infinidad de seres vivos. Que somos una unidad simbiótica, un ecosistema… La nube de microbios que nos acompaña a todas partes… Que somos otredad, multiplicidad.
Vivimos sostenidas en una urdimbre cuidadosamente entre-tejida por la Tierra a lo largo de miles de millones de años. Una red donde hasta el punto más chiquitito es importante. Ser testigos de esa urdimbre, reconocerla, validarla y aclamarla es habitar en poeta. En artista. Ser plenamente humanas4.
Vivir desde la profunda necesidad de conexión que todos los seres tenemos. Porque la vida es la expresión de una potencia frágil, delicada. No de un dios barbudo que reparte palos y zanahorias. Está indefensa frente a su propia inconmensurabilidad. Preservarla requiere un movimiento continuo. Necesita el espejo de una constante reafirmación: la renovación del amor como dirección y como sentido.
Habitar en relación no es algo estático. Es crearse un lugar inestable, no definitivo. Es una especie de danza a través de la cual nos reconocemos en los espejos de los otros. Por eso, más que una afirmación, habitar es siempre una pregunta. La pregunta por el sentido de la existencia, por el papel que jugamos en un profundo vínculo con los demás. En el fondo, plantea la cuestión de la identidad. De saber ¿quiénes somos? Y, tal vez, también ¿quiénes querríamos ser?
Tekné
Para Heidegger, la técnica moderna, la tecnología, es más que una herramienta. Es una forma de entender el mundo, una cosmovisión, una forma de habitar. O más bien, igual que la propiedad, una forma de deshabitar.
Paseamos por este bosque que es la vida y, en lugar de componer un poema o cantar una canción, calculamos los m3 de madera que podríamos extraer.
La mentalidad técnica está cerrada sobre sí misma. Oculta lo que existe, en lugar de mostrarlo. Convierte todo lo vivo en un mero recurso (¿al servicio de quién?). Destruye la naturaleza para producir un mundo artificial que no sabe danzar. Un orden maquínico, por encima de lo vivo y por debajo de lo humano.
Al parecer, el filósofo alemán estaba convencido de que la cultura occidental se había extraviado debido a un simple error de traducción. Hace falta ser un verdadero poeta para creer, hasta ese punto, en el poder de las palabras.
En sus inicios, el término griego tecné aparecía vinculado a la poiesis: al hacer del artesano, pero también del artista; ambos procesos creativos situados en una continuidad.
En su versión moderna, en cambio, la técnica deviene una violenta negación del habitar en relación. Reduce la naturaleza a una simple materia para trans-formar.
Y lo humano al puro cálculo, a la mera supervivencia depredadora. La técnica nos extrae de lo vivo en un doble sentido: hacia dentro, confinándonos en una ínfima parte de nuestros cuerpos (exactamente, el lóbulo parietal izquierdo del cerebro). Bloqueando y modelando nuestros organismos. Hibridándonos con las máquinas.
Y hacia afuera, construyendo habitáculos cerrados, auténticas cápsulas tecnoesféricas, que nos arrancan de la tierra.
En nuestra forma de entender la propiedad y la tecnología podrían estar las claves para recuperar la armonía con el planeta. Para habitar el mundo en poeta desde la visión del artesano y del artista. Para volver a enraizarnos en la Tierra. Desde ese otro modo de Serbasado en la co-creación, la admiración, el cuidado y un profundo respeto hacia todo lo vivo.
Notas
- «Abusus» es un término latino que se refiere al uso excesivo o indebido de un derecho, especialmente en el contexto del derecho de propiedad. También puede referirse al acto de disponer de una cosa, ya sea vendiéndola, regalándola o destruyéndola. En esencia, implica un abuso o mal uso de un derecho o una propiedad.
︎ - Heiddeger, M (2021) La pregunta por la técnica. Barcelona, Herder (org.1949).
︎ - Según su conocida frase: “Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”.
︎ - Thich Nhat Hanh, el conocido monje budista afirmaba que “no existimos de manera independiente. Somos un Inter-ser. Nuestro papel en el mundo, es ser testigos de la red de la vida”. https://www.garrisoninstitute.org/insight-of-interbeing/
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Artículos de la serie Apología de la biohabitabilidad:
Apología de la habitabilidad como motor regenerativo de la construcción (parte 1). La habitabilidad en crisis
Apología de la habitabilidad como motor regenerativo de la construcción (parte 2). Siete acometidas
Apología de la habitabilidad como motor regenerativo de la construcción (parte 3)
El problema a resolver. La habitabilidad necesita una refundación (parte 4)
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