15 DESESTABILIZACIONES A LA CARTILLA DE LOS DERECHOS DE LA MUJERES – MI TRABAJO ES SOCIAL

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“Los derechos de las mujeres en México no se inculcan ni se cumplen por decreto ni por escrito.”

Julio Jiménez Herrera (2025)

Este documento no pretende reflejar la verdad. No es un manifiesto ni un texto normativo. Es un trabajo de investigación que busca convertirse en un instrumento de análisis, reflexión y construcción de posibles rutas de intervención. Su apuesta es clara: generar una postura crítica frente a aquello que solemos dar por sentado.

En particular, se cuestiona una premisa ampliamente aceptada: la idea de que existe un documento oficial que refleja fielmente los derechos de las mujeres y que, por el simple hecho de estar escrito, garantiza su cumplimiento.

En la página 4 de la Cartilla de los Derechos de las Mujeres se lee:

“Hoy es tiempo de que nos miremos como iguales y construyamos juntas y juntos una sociedad mejor.”

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Cuando una realidad se objetiviza o se normaliza —por ejemplo, cuando se asume que la igualdad ya existe— se pierde la capacidad de ver las desigualdades. Desde esta perspectiva, el propósito de 15 desestabilizaciones a la cartilla de los derechos de las mujeres es doble: exhibir los lugares comunes de la desigualdad y poner en evidencia el carácter artificial de la cartilla como dispositivo discursivo.

El concepto de desestabilización remite a perturbar o alterar un estado de aparente estabilidad. En este caso, la estabilidad que produce la noción de “igualdad” y la creencia de que, con fragmentos de ideología y dosis de imaginación, es posible inculcar, respetar y cumplir los derechos de las mujeres. La realidad exige mucho más que eso.

Además, la igualdad funciona como una trampa lingüística y, al mismo tiempo, como un drama de la vida cotidiana y social. ¿Por qué? Porque, aunque se insista desde el discurso ideológico en que las mujeres son iguales, la realidad demuestra lo contrario. Al normalizar la igualdad, se invisibilizan las asimetrías.

Un ejemplo elemental de asimetría es la fuerza física. Cuando se combina con el género, emerge una ecuación brutalmente cotidiana: “Te pego porque soy más fuerte que tú y porque soy hombre”. Esta fórmula revela la complejidad de la condición de las mujeres y expone un lugar común de la agresión: la desigualdad.

Lo mismo ocurre con las asimetrías políticas, sociales, económicas, de salud, culturales e históricas. Todas operan de manera estructural y configuran escenarios profundamente desiguales.

La propuesta central de este documento es visibilizar esas desigualdades. No, las mujeres no son iguales, y esa no es una afirmación provocadora sino una constatación trágica de la vida en sociedad. Las desigualdades estructurales se producen y reproducen según la posición que ocupan las mujeres dentro de instituciones, organizaciones y del entramado social en general.

Otro ejemplo ilustrativo es la estructura organizacional. No es lo mismo ser la CEO de una empresa que la jefa de un departamento o formar parte del personal de limpieza. Aunque todas son mujeres, la palabra no pesa igual. La posibilidad de denunciar una injusticia, de ser escuchada o de incidir cambia radicalmente según el lugar que se ocupe en la estructura. Mientras más abajo se esté, más profunda es la desigualdad.

Las preguntas críticas que atraviesan este trabajo avanzan en dos direcciones: por un lado, buscan activar la reflexión; por otro, descomponer analíticamente los discursos construidos alrededor de la igualdad. Ambas rutas están conectadas con los supuestos de la cartilla y con lo que aquí se denomina desestabilizaciones.

¿Es posible que una cartilla de buenas intenciones logre inculcar, transmitir y garantizar los derechos de las mujeres en un país como México? ¿Vivimos en una sociedad fuerte y organizada o, más bien, en una sociedad frágil, con escasa vida asociativa y movimientos sociales debilitados? ¿En qué condiciones sociales es realmente posible el cumplimiento de los derechos de las mujeres?

El punto de partida debe ser un ejercicio serio de reflexión, análisis y diagnóstico sobre el tipo de sociedad en la que vivimos y aquella en la que aspiramos a vivir. Desde el Trabajo Social, la pregunta es inevitable: ¿estamos profesionalmente preparados para intervenir? ¿Comprendemos la complejidad de la situación de las mujeres en el México actual? ¿Podemos autodenominarnos agentes de transformación sin permitir que la realidad de las mujeres nos cuestione?

La investigación debe asumirse como una condición permanente, realizada de forma ordenada y metódica —pero no dogmática—. Es el vehículo que permite develar la complejidad de la problemática y, en especial, la de aquellas mujeres que viven en contextos de vulnerabilidad. Solo así la investigación puede convertirse en una herramienta para la acción y la intervención social.

Julio Jiménez Herrera, MSW

El contenido aquí presentado expresa exclusivamente la postura y el análisis del autor. Las opiniones vertidas son de su entera responsabilidad y no representan, necesariamente, la posición de ninguna institución, organización o colectivo. La reproducción y difusión de este material se realiza con fines académicos y de reflexión crítica.
Leví Calderón Clemente
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