eficiencia o barbarie » Enrique Dans

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IMAGE: Vista de una azotea con unidades de aire acondicionado y paneles solares, bajo un cielo anaranjado que sugiere una intensa ola de calor sobre la ciudad

En 2021 señalé que el parque mundial de equipos de aire acondicionado pasaría de dos mil a seis mil millones de unidades en apenas tres décadas, lo que nos condenaría a un bucle de más calor, mayor demanda eléctrica y mayores emisiones si no mejorábamos su eficiencia.

Cuatro años después, la paradoja india confirma que la desigualdad en el acceso a la refrigeración ya causa miles de muertes cada verano: temperaturas por encima de 50ºC, redes eléctricas colapsadas y solo una cuarta parte de los hogares con algún sistema de enfriamiento. El aire acondicionado ha dejado de ser un lujo y se ha convertido en una tecnología de supervivencia que define quiénes sobreviven a unas olas de calor cada vez más frecuentes.

La Agencia Internacional de la Energía estima que en 2022 la climatización consumió 2,100 TWh, el 7% de la electricidad global y el 3% de las emisiones de dióxido de carbono. Si la tendencia continúa, el número de aparatos superará los 5,500 millones en 2050, y su demanda energética podría triplicarse. Sin embargo, bastaría con adoptar estándares que obliguen a comprar los modelos más eficientes ya disponibles para recortar casi a la mitad ese crecimiento previsto.

Las mejoras vienen de varias direcciones. Los compresores de velocidad variable, los llamados inverters, reducen hasta un 40% el consumo respecto a los equipos de arranque y parada, al modular su potencia entre el 25% y el 100% y alcanzar índices estacionales de eficiencia energética mucho más elevados que los equipos tradicionales. Las bombas de calor de clima frío, impulsadas en los Estados Unidos por el programa Cold-Climate Heat Pump Challenge, mantienen coeficientes de rendimiento de 2,4 a -15º y utilizan refrigerantes con bajo potencial de calentamiento global. Start-ups como Trellis Air separan la deshumidificación del ciclo de enfriamiento mediante desecantes avanzados y prometen recortar hasta un noventa por ciento la factura eléctrica. Y los prototipos ganadores del Global Cooling Prize combinan ciclos híbridos y gestión inteligente para reducir cinco veces el impacto climático de un split convencional.

Lo ocurrido este año en Corea del Sur adelanta lo que veremos en otros mercados: con una penetración cercana al 100%, las ventas de unidades de aire acondicionado crecieron más del 50% porque los hogares sustituyeron aparatos antiguos por modelos mucho más eficientes, aliviando así una red que sufre picos de cien gigavatios en las jornadas más calurosas. La lección es evidente: cuanto antes eleven los países sus requisitos mínimos y ofrezcan incentivos para el reemplazo, más fácil será cerrar la brecha entre la necesidad de refrigeración y la capacidad de la red (y de la atmósfera) para soportarla.

El aire acondicionado del futuro no será opcional, pero sí debe ser obligatoriamente ultraeficiente, con refrigerantes de bajo impacto y preparado para dialogar con la red eléctrica. La tecnología existe, falta la voluntad regulatoria y el apoyo financiero para que la transición no deje atrás a quienes más lo necesitan. La alternativa es la barbarie de un planeta cada vez más inhóspito, plagado de compresores ineficientes y derrochadores. Elegir lo primero depende, literalmente, de que empecemos a cambiar los aparatos que compramos hoy.

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