la Noruega que devuelve el dióxido de carbono al subsuelo » Enrique Dans
Hay algo poético y profundamente irónico en ver a la principal potencia petrolera de Europa taladrar de nuevo el fondo del mar, pero esta vez para empujar el carbono hacia abajo en lugar de extraerlo. Esa inversión del flujo, literalmente «drilling for oil in reverse», resume la apuesta noruega por convertir el viejo yacimiento del mar del Norte en una gigantesca esponja subterránea para el dióxido de carbono europeo.
El proyecto Northern Lights, que ya opera desde la isla de Øygarden, es el primer puerto comercial diseñado para recibir cargamentos de dióxido de carbono licuado. El gas, capturado en origen y mantenido a –26 °C para que viaje en estado líquido, se trasvasa a tanques terrestres y luego se inyecta a 2,600 metros bajo el lecho marino, donde queda atrapado bajo una capa de esquisto que hace de tapón geológico. Sus promotores son compañías como Equinor, Shell y TotalEnergies, estiman que la instalación podrá almacenar al menos cinco millones de toneladas anuales en su primera fase, equivalente a una décima parte de las emisiones anuales de Noruega.
El primer cargamento de 7,500 toneladas procedentes de una cementera de Brevik llegó este verano a bordo del Northern Pioneer, un buque construido ex profeso para transportar dióxido de carbono. Cada viaje consume energía, sí, pero incluso contando esas emisiones, el balance resulta netamente negativo: por cada cien toneladas almacenadas, el sistema emite apenas tres.
Detrás, llegan los contratos comerciales que dan músculo a la operación. Yara enviará 800,000 toneladas anuales desde su planta de amoniaco en Sluiskil a partir de 2026, Ørsted aportará 430,000 toneladas biogénicas desde dos centrales danesas, y la sueca Stockholm Exergi ha firmado para mover hasta 900,000 toneladas al año, un acuerdo que ha impulsado la ampliación de capacidad hasta un mínimo de cinco millones de toneladas y una inversión adicional de 7,500 millones de coronas.
La ecuación económica es, por ahora, una mezcla de dinero público y apuestas industriales. El Gobierno noruego financió el 80% de la primera fase, unos mil millones de dólares, mientras Bruselas aporta 131 millones de euros para escalar el proyecto. Con el precio de la tonelada de dióxido de carbono en la Unión Europea EU ETS rondando los 72€ este verano, almacenar carbono sigue costando más que emitirlo, pero la tendencia es clara: la Comisión prevé un mercado cada vez más estricto y caro para quien no reduzca o capture sus gases, y los sistemas que ponen precio a las emisiones y crean un mercado para ellas son, claramente, uno de los elementos clave en su reducción.
Sin embargo, es crucial separar herramienta y excusa. La captura y almacenamiento no puede convertirse en licencia social para seguir quemando combustibles fósiles. Su lugar es el de «último recurso» para procesos industriales sin alternativa como el cemento, el acero, los químicos, etc. y para generar emisiones negativas con biomasa. Si se usa como coartada para prolongar la era del carbono, como podríamos pensar viendo algunos de los proponentes iniciales, el remedio terminará siendo peor que la enfermedad.
El propio alcance del proyecto lo ilustra: cinco millones de toneladas suponen el 11% de las 44 Mt de dióxido de carbono que emite Noruega y apenas el 0.2% de los 2.5 Gt que lanza la Unión Europea cada año. Para ponerlo en contexto: almacenar esa cifra equivale a retirar aproximadamente 1.1 millones de coches de la carretera, según el conversor de la EPA. Y hablamos solo de la primera ampliación: habrá que multiplicar estos volúmenes por cien para que el impacto se vuelva sistémico… y eso exige una política de incentivos mucho más robusta.
Mientras tanto, otras tecnologías complementarias avanzan: la flota mercante experimenta con velas mecánicas de 45 metros de altura capaces de recortar un entre un 10% y un 20 % el consumo de combustible. No basta, pero cada ahorro de dióxido de carbono cuenta y, sobre todo, reduce la cantidad que luego habría que capturar y enterrar.
La idea es clara: «perforar al revés» es técnicamente posible y políticamente valioso como demostración, pero no sustituye a la reducción directa de emisiones. Noruega ofrece la infraestructura, pero Europa debe decidir si la usa como trampolín hacia la descarbonización real o como alfombra bajo la que esconder su suciedad industrial. La opción correcta, como siempre, dependerá de cuánto estemos dispuestos a pagar (y a exigir) por un futuro libre de combustibles fósiles.
