La bioconstrucción en el reequilibrio territorial. Parte 1
Hablemos de despoblación. Existen muchas formas de habitar; a lo largo de nuestra historia hemos pasado de habitar el espacio como tribus nómadas cerca de la naturaleza a formar gigantescas agrupaciones como las ciudades, sin apenas contacto con el medio que las rodea, con los cambios en el territorio que conlleva.
De la visión antropocéntrica (el ser humano en el centro de todo) del territorio, surge el concepto de paisaje, ya que hoy la totalidad de lo que conocemos como territorio es también paisaje, está alterado por el ser humano.
La evolución de nuestra especie nos condujo a la deforestación y explotación de los bosques con la finalidad, primero, de facilitar la caza y la recolección, luego para su transformación en superficies agrícolas (de carácter extensivo) y, finalmente, como combustible y para usos industriales. Pero esta evolución no sólo cambió la silvicultura y la agricultura, sino también nuestra forma de vida.
Con el desarrollo industrial vino asociado un desarrollo económico y, con él, una mejora de las infraestructuras y de los servicios, fundamentalmente en las zonas de grandes urbes.
Las ciudades se fueron alimentando de jornaleros que dejaban su vida y su campo en busca de progreso. Empezó entonces a haber mayores desigualdades entre las zonas urbanas y las zonas rurales, tanto en lo referente a población como en lo referente a desarrollo; la España interior comenzó su proceso de vaciado. A comienzos del siglo XX, un tercio de españoles residía en núcleos urbanos, mientras que hacia 1980 casi dos tercios habitaban en ellos (Instituto Geográfico Nacional, 2019).
Emigración–inmigración. Segundas generaciones
Tras diversas variaciones demográficas, a finales del siglo XX se produce otro hito; unido a un descenso de la natalidad, es el momento en el que la segunda generación de emigrados, en su mayoría decide permanecer donde ha crecido o bien regresa a la vida en el pueblo. Y comienza a aparecer una pequeña dispersión de la población.
A principios de este siglo se produce un gran fenómeno de inmigración que en la actualidad ya va por la segunda generación, asentando de este modo población que ata lazos con el territorio.
Este proceso se ve reflejado en el mapa 1 de crecimiento real de la población1; vemos que las provincias de interior son las más desfavorecidas. Hay una España que crece y otra que decrece.

El crecimiento absoluto
Si observamos (tabla 1) la proyección estimada por el INE (Instituto Nacional de Estadística, 2018) a nivel autonómico, comprobamos de nuevo cómo la tendencia de los próximos 15 años sigue siendo la desigualdad territorial, aumentando la población en once comunidades y disminuyendo en ocho.

Estos mapas y gráficos nos indican un crecimiento provincial y autonómico, pero no debemos olvidar que dentro de la provincia también se producen desigualdades de población entre su capital y el resto de municipios. La brecha entre grandes urbes y municipios de provincias comienza a hacerse más profunda.
La tercera generación, o bien deja de tener contacto frecuente con las zonas rurales, ya que sus progenitores apenas regresan, o ya crece en las zonas rurales. Se genera así, por una parte un desapego definitivo por la vida rural y por otra un halo de esperanza, ya que de nuevo esa población joven tendrá que salir a estudiar, pero parte de ella lo hará con la intención de regresar.
El territorio: ecosistemas, flujos energéticos, materiales y relaciones
Volviendo al territorio, hemos formado sobre él una red de infraestructuras viarias, de comunicación, de explotación de recursos (canalización y concentración de aguas, de gas, centrales eléctricas…), explotaciones agrícolas y poblaciones con la que se ha creado un tejido.
En este tejido aparecen como hitos los grandes focos de población resultado del proceso demográfico descrito y, asociados a estos paisajes urbanos, aparecen los paisajes periurbanos, que son el límite entre la ciudad y el resto del paisaje, donde la influencia urbana es superior a la rural y donde los flujos son más complejos por la variedad de usos que se dan.
Todos ellos se pueden entender como ecosistemas, con sus flujos energéticos, materiales y relaciones, pero forman parte de un mismo sistema.
Las zonas periurbanas debilitan las zonas rurales y alejan las viviendas de los lugares de trabajo, aumentando el transporte. Serían buenas zonas para desarrollar asentamientos ecosociales, integrando vivienda y trabajo y formando parte de los planes urbanísticos de la urbe.
Zonas urbanas frente a zonas rurales
Hemos tomado el territorio como únicamente nuestro, pero dentro de ese “nuestro” hay diferencias, ya que dentro de ese tejido aparecen lugares más protagonistas que otros. Hablamos sin duda de las zonas urbanas frente a las zonas rurales.
Como se ha comentado, en determinadas regiones se produce una concentración de población. Es también relevante el papel que juega la geografía, las provincias más pobladas cuentan con mar, con alguna excepción, y el resto no tienen costa, la llamada España interior. Concretando, Cataluña, Comunidad de Madrid y Comunidad Valenciana suman un 40,77% de la población total según censo de 2018, y en términos de densidad podemos comparar los 829,84 hab/km2 de la Comunidad de Madrid con los 9,01 hab/km2 de la provincia de Teruel (Instituto Nacional de Estadística, 2019).
Las elevadas densidades tienen ligados un elevado consumo de recursos que hay que obtener de lugares alejados de la urbe y una inmensa generación de residuos diaria que también hay que transportar fuera de la ciudad. Por poner un ejemplo, Madrid genera diariamente 3,4 toneladas de residuos (Parque Tecnológico de Valdemingómez, 2019).

El abandono por parte de las instituciones y del sector político
Como ya hemos dicho, esto es el resultado directo del proceso socioeconómico durante nuestra historia reciente, pero también se debe a un abandono por parte de las instituciones y del sector político en las últimas décadas. Los vastos territorios sin apenas población no suman electoralmente y son difíciles de gestionar, por lo que quedan relegados a un segundo plano. Por contra, la densidad de los núcleos urbanos facilita la implantación de infraestructuras y servicios, además de agrupar a un mayor número de población a la que complacer.
Tomamos las palabras del catedrático de Ecología y presidente de WWF España, Francisco Díaz (Díaz Pineda, Paisaje y Terrritorio, 2003):
“En general, las presiones que sufre habitualmente el paisaje cultural mediterráneo guardan relación con el debilitamiento de la interacción socioeconomía rural-paisaje cultural, mantenida hasta ahora gracias a unos condicionantes económicos que han cambiado drásticamente en la Unión Europea: intensificación agraria, abandono rural, deficiencias en la organización del turismo y esparcimiento al aire libre, alteración directa e indirecta de hábitats seminaturales asociados a estos paisajes, deficiente planteamiento, explotación y terminación de los proyectos mineros (canteras, vertederos, escombreras), expansión urbana incontrolada, estandarización arquitectónica”.
La ciudad necesita del campo y de sus gentes
En estas zonas metropolitanas, donde se aglomeran los edificios plurifamiliares y multitud de servicios, se produce un abandono de la relación con tus vecinos, se pierde el sentido de comunidad, así como una pérdida de contacto con la naturaleza y una desconexión con la realidad. Esa realidad es que la ciudad necesita del campo y de sus gentes para mantenerse, ya que el sector primario se encarga de alimentarnos a todos.
La naturaleza es la base de nuestra subsistencia, y la falta de consciencia de la población genera la insostenibilidad del sistema. Esta falta de conocimiento se ve alimentada por la publicidad y los lobbies de las grandes multinacionales que, por beneficio propio, sesgan información y nos hacen creer que no hay otra opción posible a este sistema económico. Como comenta Ana Etchenique (Castro, 2015): “La batalla es cultural”.
Los jóvenes de zonas rurales prefieren buscar una salida fuera de la zona
Los abusos que los trabajadores del campo reciben por parte del Mercado son causa de lucha (como se suele decir: hacer la compra también es un acto político), ya que los intermediarios disparan los precios, y esto no hace sino ir menoscabando poco a poco la energía de agricultores y ganaderos. Así las cosas, los jóvenes de zonas rurales prefieren buscar una salida fuera del sector, y dichas zonas van envejeciendo poco a poco.
Se puede ser feliz y tener una vida personal y profesional plena
Por otra parte, los medios de comunicación tampoco ayudan, transmitiendo el concepto de calles vacías, casas derruidas y población envejecida. No ven la otra cara; la de gente con ganas de quedarse y de regresar, ya que ese es su hogar; la de emprendedores que dinamizan y reactivan económicamente; tampoco aparece el potencial que tienen estas zonas, ni la calidad de vida, la cercanía a la naturaleza o el sentimiento de comunidad que se respira. Muchos, desde las grandes urbes, ignoran que se puede ser feliz y tener una vida tanto personal como profesional plena. Como comenta la escritora y veterinaria María Sánchez (Sánchez, Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural. 2019):
“El medio rural de este país sigue siendo ese desconocido al que no terminamos de acercarnos. Seguimos escribiendo de nuestro medio rural desde las grandes ciudades, cayendo en la idealización, en esa postal plana y bucólica que no termina de romperse (…). Es maravilloso ver que el medio rural “está de moda”, pero produce impotencia asistir a una ola de columnistas de verano y de fin de semana sin relación ni una preocupación seria por nuestro medio rural. Porque aquí partimos de más abajo. Los habitantes de los pueblos son ciudadanos de segunda. No tiemblo al escribirlo. Desde las ciudades hemos visto como algo normal que la gente de nuestros pueblos no tenga el mismo acceso a los servicios básicos. Sanidad, educación, cultura, infraestructuras. A los que, a pesar de todo, se quieren quedar, los hemos dejado solos. Y lo que menos necesitan esos hombres y mujeres del campo es una literatura “rural” que los rescate.
Porque no necesitan ser salvados. Necesitan colegios, buenas carreteras centros de salud. Tambien necesitan que la administración los ayude y los apoye, que no los maltrate. Y necesitan medidas para poder elegir, para no tener que irse a la fuerza”.

Querer volver y volver a querer
En los últimos años se empieza a gestar un movimiento de orgullo rural, que nos impulsa a “querer volver” y a “volver a querer” a nuestras raíces. Hay muchos factores importantes a la hora de revertir la despoblación (infraestructuras, vivienda, trabajo, educación…), pero el principal es querer vivir en una zona rural, y para ello, se tienen que conocer sus inconvenientes, pero también todas sus oportunidades y ventajas.
La intención de este documento es ofrecer un nuevo enfoque sobre la cada vez más nombrada despoblación que sufre nuestro país en sus zonas rurales.
El objetivo no es presentar un panorama desolador de nuestra realidad, sino dar datos fehacientes del punto de partida, para así poder comenzar a trazar un nuevo camino.
¿Qué hay de todos esos lugares que fueron habitados, en los que sucedieron historias, pero que hoy son nutriente de esas grandes urbes? Sin duda, siguen con vida y están llenos de oportunidades, y será nuestra labor encontrarlas.
La bioconstrucción ante el problema de la despoblación
Podemos imaginar el territorio como un papel en blanco, vacío, sobre el que se han ido tejiendo redes humanas a lo largo de los siglos. Podemos dibujar esas redes, y su representación gráfica actual nos transportará a una red que más bien se parece a una tela de araña.
Después de vaciar los pueblos, comienza a producirse una segunda despoblación; ahora son las pequeñas y medianas ciudades las que pierden población, incapaces de luchar contra una economía globalizada en la que la industria es sustituida por multinacionales de servicios, produciéndose una metropolización, siendo estas metrópolis voraces arañas. El mal entendido progreso basado en estas economías roba población joven, dejando el sector primario desamparado.
Se produce una centralización tanto poblacional como de infraestructuras y empleo, así como una separación productiva: el sector servicios e industrial se encuentran en estas metrópolis, mientras que en el resto del territorio se dedica principalmente al sector primario. Aparecen también las ciudades dormitorio, los centros de negocios o los centros de ocio, aumentando los transportes y las distancias entre usos. Esto nos convierte en una sociedad con zonificación de funciones, recordándonos al “Habitar, Circular, Trabajar y Recrear” de Le Corbusier en su Carta de Atenas, que podemos considerar insuficiente si no hay una buena trabazón entre ellas.
En la siguiente parte hablamos sobre lo que puede aportar la bioconstrucción ante el problema de la despoblación.
La bioconstrucción en el reequilibrio territorial. Parte 2
Alba Fuertes. Arquitecta. Máster en Bioconstrucción por el I.E.B.
Artículo publicado en la revista EcoHabitar nº 65 en primavera de 2020



