Abundancia. De lo necesario a lo superfluo

Publicado por Emprendimiento en

A veces me da por pensar que mi infancia, con ser feliz, fue la de un niño de una familia más bien pobre, con dificultades para llegar a fin de mes y salir adelante. Sin embargo, cuando lo pienso mejor, me digo ¡qué tontería!, pero si no me faltaba de nada.

Vivía en una hermosa granja en el campo, todos los días había comida en la mesa, en gran parte del huerto, tenía buenos amigos y un mundo que se extendía delante de mí en el que todavía era posible jugar sin grandes preocupaciones: apenas había coches, se podía beber el agua de riegos y acequias, o al menos mis amigos y yo la bebíamos, y, afortunadamente, mis padres no tenían la actual obsesión por la limpieza extrema, lo que nos permitía a mí y a mis hermanos, tocar todo el día tierra, barro y cualquier otra cosa que se nos pusiera por medio y que, por supuesto, nos ponía perdidos.

Claro que tuvimos un televisor en blanco y negro durante mucho tiempo, cuando ya en la ciudad mis compañeros de escuela tenían uno de color; que no escuchábamos más música que la que sonaba por la radio, ya que el primer tocadiscos tardó bastante en llegar; que con 12 años todavía iba con pantalones cortos cuando mis amigos llevaban vaqueros y que merendábamos pan con vino y azúcar, o pan con aceite, que, por otra parte, estaban bien ricos. Lo cierto es que nada de esto me importaba ni disminuía un ápice mi sentimiento de libertad y felicidad.

Abundancia en la niñez

Tal vez mis padres se sintieran más preocupados por la falta de recursos, pero en lo que a mí respecta, tenía todo lo que necesitaba para vivir bien y ser feliz. Aún es más, todo lo que necesitaba se daba abundantemente: había abundantes niños con los que jugar, abundantes campos, acequias, árboles, en los que perderse, esconderse o recoger sus frutos, abundante agua para beber o darse un chapuzón —toda el agua era bebible o disfrutable, incluida el agua de lluvia—, abundante aire limpio, abundante ropa que se pasaba de una familia a otra, abundantes fresas en el campo del vecino… Para mí, en mi inocencia infantil, todo era como un regalo, todo estaba ahí al alcance de la mano. Al menos todo lo que en aquella época consideraba importante.

Con los años mis necesidades cambiaron y descubrí que resultaba más complicado de lo que creía satisfacer mis nuevos “vicios”. Vivir en la ciudad como chico independiente significaba pagar un alquiler, comprar toda la comida, disponer algo de ropa nueva… Para escuchar mi música favorita tenía que comprarme un reproductor, para estar a la última en cotilleos sociales, necesitaba una televisión. Tenía que pagar además para ir al cine, al teatro o de bares con los amigos. Y lo peor porque era lo más caro, para salir de la ciudad y darme un garbeo con la novia o los amigos, “necesitaba” un coche, una de esas máquinas de tragar dinero —en reparaciones, seguros, gasolina y mantenimiento—.

¿Lo que necesitamos los seres humanos, es escaso?

Mi conclusión tras aquellos primeros años de adaptación social era similar a la de todo el mundo: para conseguir algo es necesario esforzarse mucho, pues vivimos en un mundo en el que no se nos da nada hecho, en el que los recursos son escasos y hemos de trabajar duro para pagar lo que necesitamos. Este sentimiento de escasez y penuria se apoderó de mí, como se apodera de la mayor parte de la gente.

Perdida la capacidad de satisfacer nuestras necesidades básicas por nuestros propios medios, y con la carga añadida de un sinfín de necesidades tan nuevas como superfluas, somos fácil presa del miedo y caemos en la trampa de aceptar sin cuestionar lo que se nos presenta como inevitable. Se nos dice, entre otras cosas, que el pastel de la riqueza es más bien pequeño y mal repartido, que si queremos un trozo hemos de tragar las condiciones: aceptar los malos sueldos, la inestabilidad en el trabajo, las enfermedades laborales, etc.

Si quieres un lugar para vivir, no te queda más remedio que pagar un alquiler o una hipoteca de por vida para disponer de un espacio minúsculo, en el que, eso sí, todo es tuyo, no has de compartir nada con nadie. Así mismo, si tienes algún problema de salud, solo cabe recurrir a la medicina convencional, y en algunos casos, pagar por ello. Si te preocupa la educación de tus hijos, la única opción es la escuela privada y de pago, porque para la pública no llegan los recursos. Y así con todo. La idea subyacente es que todo lo bueno, todo lo que necesitamos los seres humanos, es escaso y solo es posible conseguirlo con un gran esfuerzo.

Compartir

Los años siguieron pasando y poco a poco descubrí, primero, que muchas de las cosas que me parecían necesarias resultan ser más bien superfluas, que no son más que necesidades creadas y que podía prescindir de ellas. 

Aprendí que compartir una gran casa con mucha gente resulta más barato e interesante que vivir solo o con tu pareja, que incluso es posible comprar un pequeño terreno y construir tu propia casa, o mejor aún, que puedes ponerte de acuerdo con otras personas para comprar el terreno y construir entre todas viviendas simples, sanas y eficientes, con grandes espacios comunes.

Aprendí que no es necesario pagar por todo lo que comemos, que es posible llevar un huerto y obtener parte de los alimentos que necesitamos de nuestro propio huerto. O mejor aún, se podría compartir el huerto con otras personas, e incluso hacerse miembro de una red de productores y consumidores con la que satisfacer nuestra necesidad de alimentos sanos.


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Más cosas que aprendí

Aprendí que la salud es lo normal cuando se lleva un estilo de vida sano y que, en cualquier caso, la enfermedad no es algo que temer, sino algo de lo que podemos aprender y en última instancia tratar con medios naturales.

Aprendí a trabajar menos horas, pues menor es el dinero que necesito, y a dedicar más tiempo a las cosas que me gustan, a favorecer nuevas relaciones y a crear redes con otras personas interesadas en mis ideas e iniciativas. O mejor aún, aprendí que es posible crear nuestro propio trabajo, solos o en cooperativa, como un servicio que ofrecer a la comunidad, a esa creciente red de amigos y conocidos. Poco a poco he ido aprendiendo muchas cosas para simplificar mi vida y hacerla menos dependiente. Y entonces descubrí que aquello que realmente es importante para vivir no solo no es escaso, sino que se da con una increíble abundancia. 

Las cosas simples

Descubrí cosas simples y abundantes como respirar, el agua como fuente de vida, los grandes espacios abiertos, los colores de la tierra, las estrellas del firmamento, el calor de las relaciones humanas, el maravilloso mundo de los sentimientos y afectos, la diversidad de seres y formas de vida, ¡tantas cosas buenas y abundantes!

Solo nuestra forma de vida hace que parezca escaso lo que tenemos y lo que la Tierra nos ofrece. Solo nuestra forma de vida convierte en escaso el aire limpio que respiramos, el agua pura y cristalina que bebemos, los alimentos sanos que necesitamos, el cobijo en el que nos recogemos. Y solo para perpetuar esa forma de vida que apenas favorece a unos pocos, se niega la idea de un mundo de abundancia donde caben todos los seres sin excepción y se difunde a la fuerza la idea de escasez y con ella, el miedo de perder lo que tenemos. 

El miedo nos atenaza y nos lleva, por una parte, a acumular más de lo que necesitamos —¡no sea que algún día nos falte!, nos decimos presas del miedo—, y por otra, a proteger lo que tenemos para que no nos lo quite nadie. Y para ello invertimos ingentes sumas de dinero en seguridad, en ejércitos, en policías, en servicios de inteligencia, en armas, en bancos y cajas fuertes…, siempre temerosos de perder a nivel individual y colectivo aquello que consideramos escaso y tan importante, que llegamos a asumir como una necesidad vital, cuando en realidad no necesitamos casi nada, no más que aire, agua limpia, un poco de comida y cobijo, y sobre todo, gente, cariño, afecto, amistad, amor… Todo ello abundante y al alcance de cualquiera que sepa donde buscar.

Lo que necesitamos para vivir existe en abundancia

Resulta paradójico que todo el tiempo, energía y esfuerzo que los seres humanos dedicamos a reforzar nuestra seguridad individual y colectiva solo están sirviendo para construir un mundo cada vez más inseguro, un mundo en el que la gente vive cada vez con más miedo, un mundo en el que la vida apenas tiene valor. Y todo porque se nos hace creer y creemos que la riqueza es escasa, que podemos perder lo que tenemos y morir de hambre, de frío o abandonados en la miseria.

Si todo ese ingente esfuerzo humano dedicado a la seguridad y la destrucción del enemigo se hubiera concentrado en aprender de la naturaleza, imitando su funcionamiento y desarrollando sistemas eficientes para el uso del agua y de la energía, para producir alimentos adecuados a las características de cada lugar, para construir viviendas de bajo impacto en pequeñas comunidades humanas que usan eficientemente sus recursos…

Si aprendiéramos a vivir de manera sencilla, a dedicar menos tiempo a la producción y más tiempo a las relaciones y el juego, a la creatividad y el arte, al conocimiento de nosotros mismos y de nuestro ser colectivo…

Entonces descubriríamos que no necesitamos muchas de las cosas que hoy nos parecen imprescindibles, que podemos compartir lo que tenemos convirtiendo lo escaso en abundante, que no necesitamos proteger lo que es de todos y que, sobre todo, podemos perder el miedo, porque aquello que más necesitamos para vivir en este planeta es increíblemente abundante, está siempre ahí, es la diversidad y riqueza de la naturaleza, es la diversidad y riqueza de seres humanos.


Artículo publicado en el n.º 9 de la revista EcoHabitar en primavera de 2006


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